miércoles, 5 de enero de 2011

De cómo el Edifício São Vito se convirtió en una favela vertical

Tiembla, pero no cae”, así acabó siendo conocido en los 80 el Edifício São Vito, cuando, después de años de degradación, acabó convertido en un foco de delincuencia, prostitución y narcotráfico en pleno centro de São Paulo. Algunas de las familias modestas que vivían en él acabaron marchando, pero otras, sin otro lugar mejor donde ir, tuvieron que quedarse y convivir con los nuevos “vecinos”. Lejos quedaban los años en los que en el auditorio de la azotea se celebraban fiestas y conciertos.

El São Vito en 2006 | Wikipedia

La construcción de este gigantesco edificio concluyó en el 1959, cinco años después de haber comenzado. Su arquitecto, Aron Kogan, escogió el estilo moderno predominante de los 50 para este edificio de 112 metros de altura y 27 plantas. La estructura era de hormigón armado y su fachada estaba dotada de parasoles para proteger los apartamentos del sol.

Construido sobre un solar de 784 metros cuadrados, el São Vito tenía 624 apartamentos, 24 por planta. Se trataba de apartamentos muy pequeños, que en sólo 28 metros cuadrados incluían un salón con cocina-americana, un dormitorio y un pequeño baño. Un tipo de apartamento que en Brasil es conocido como quitinete.

Los pasillos de las plantas que permitían el acceso a los estudios tenían una amplitud de 80cm. El acceso a las plantas se podía hacer a través de unas escaleras o de tres ascensores que paraban entre ellas, de manera que una única parada daba servicio a dos plantas, con lo que se minimizaba el número de paradas. Tanto los pasillos como las escaleras no contaban con ventilación ni luz natural. La planta baja y la del entresuelo estaban reservadas para locales comerciales y en la azotea había un auditorio que se había usado en la década de los 60 para la organización de eventos y en los últimos años de ocupación del edificio como iglesia evangélica.

Pegado al São Vito se encuentra el Mercúrio, aunque desde fuera parecen una única unidad constructiva, se trata de un condominio diferente. La construcción del Mercúrio concluyó el mismo año en el que comenzó la del São Vito. El Mercúrio también tenía quitinetes pequeños, un total de 48 de 32 metros cuadrados, pero, además, contaba con 96 apartamentos de dos habitaciones y 48 metros cuadrados.

Las maravillosas vistas desde el São Vito | Revista Época SP

Cuando fueron edificados los dos edificios, la ciudad de São Paulo estaba inmersa en un período de expansión demográfica y económica. En ese contexto, los dos edificios se construyeron con la intención de ofrecer viviendas populares a una parte de toda esa gente que acudía a la ciudad proveniente de otras regiones del país. La esperanza era que en ambos edificios conviviera un grupo de gente heterogéneo, personas no sólo de clase baja, sino también de clase media. En un principio, parece que la idea funcionó y en el São Vito vivía gente muy dispar, no sólo inmigrantes recién venidos del campo, sino también profesionales liberales o vendedores ambulantes del cercano mercado municipal.

Aunque el centro de São Paulo fue poco a poco perdiendo brillo, en los 70, el São Vito aún era una sitio chic para vivir, aunque fuera en un quitinete pequeño, según recordaba Norvina Honorata dos Santos, una de sus vecinas, en una entrevista para la revista Época de São Paulo. En aquella época, los tres ascensores del edificio aún funcionaban y el edificio tenía un conserje y unos vecinos respetuosos y cívicos. Así que en 1978, Norvina decidió invertir sus ahorros y, por el equivalente a unos 700 euros, compró un apartamento en el condominio.

Pero, al poco de la compra, la cosa comenzó a cambiar. Como sucedió con otros muchos edificios del centro de São Paulo, el mantenimiento del São Vito fue bastante escaso y a comienzos de los 80 el edificio comenzó a deteriorarse. Una de las causas de su decadencia fue la homogeneidad de sus moradores, en su mayoría gente con bajos sueldos, situación que no se daba en otros condominios paulistas similares al São Vito, como el Edifício Copan o el vecino Mercúrio.
Edíficio Copan | Wikipedia

La diferente evolución del Edifício Copan ayuda, en parte, a entender la decadencia del São Vito. El Copan es otro edificio enorme del centro de São Paulo compuesto por varios bloques que suman un total de 1.160 apartamentos y en el que hoy en día conviven más de 2.000 residentes de diferentes estratos sociales y con profesiones muy diversas.

Sin embargo, a finales de esta década, la decadencia del centro de São Paulo también afectó al Copan y el edificio comenzó a deteriorarse y a ganarse una reputación de bloque conflictivo, hasta el punto que alguno de sus bloques comenzaron a ser considerados “cortiços”  (algo así como un “bloque favela”) y llegaron a dar mala fama a todo el condominio.

Uno los motivos que evitó la decadencia total y definitiva del Copan, y que permitió su recuperación, fue que en el condominio, aparte de quitinetes, había otros apartamentos más grandes. De hecho, fue en el bloque de apartamentos de una sola habitación, los ocupados por la gente más humilde, en los que la degradación se acentuó. Siendo notorias en los 80 las diferencias de conservación entre ese bloque y el bloque de apartamentos de tres habitaciones, que estaba ocupado por personas de un poder adquisitivo mucho mayor.

Afortunadamente para el Copan, a comienzos de los 90 comenzó su recuperación al mismo tiempo que el centro de São Paulo también se recuperaba y las familias de clase media comenzaban a regresar a él aprovechando la oferta de vivienda de calidad y bien situada. En el caso del Copan, también ayudó que la administración del edificio pasase de las manos de una inmobiliaria a las de los propios vecinos, que tuvieron más cautela a la hora de aceptar vecinos de “comportamiento dudoso”.

El São Vito y el Mercúrio | São Paulo Antiga

 
Planta tipo | São Paulo Antiga

Sin embargo, en el São Vito no se daba la diversidad de apartamentos y clases sociales del Copan, y, por si fuera poco, la situación aún se agravaría más en los 80 cuando algunos quitinetes se comenzaron a dividir en dos y algunos de sus vecinos que trabajaban de día comenzaron a alquilar sus pisos a gente que trabajan de noche para que durmieran cuando ellos no estaban. Al mismo tiempo, muchos vecinos comienzan a obtener la electricidad mediante “gatos” (nombre con el que se conocen en Brasil a las conexiones eléctricas ilegales). Un proceder que, poco a poco, se irá generalizando hasta alcanzar al 80% de los apartamentos en 2002. Los “gatos” constituyen una práctica peligrosa por el riesgo de incendios que suponen. De hecho, se recuerda algún que otro incendio en esta época en el São Vito que de haber llegado a mayores podría haber causado una autentica tragedia al tratarse de un edificio alto, sin escalera de incendios y con todos sus sistemas antiincendios en un estado de mantenimiento pésimo.

Otro factor que acentuó la degradación del edificio fue la supresión del servicio de recogida de basuras en las plantas, lo que provocó que sus habitantes comenzaran a deshacerse de ella arrojándola por las ventanas. Especialmente, cuando aparecía la policía, algunos vecinos arrojaban no sólo bolsas de basura, sino cualquier otra cosa que tuvieran a mano, desde sanitarios hasta bombonas de gas, para dificultar que los agentes pudieran acceder al edificio. Llegó a ser tan habitual ver caer cosas desde las ventanas que la gente se acostumbró a acelerar el paso cuando pasaba por del São Vito.

Mientras, la imagen del edificio comienza asociarse con las drogas y la prostitución. Comienzan a instalarse fugitivos de la justicia, ex-presidiarios o criminales que se refugian de la policía justo después de haber cometido algún delito. Pero, pese a la llegada de estos nuevos vecinos, el São Vito sigue siendo el hogar de muchas personas y de trabajadores de escasos recursos que se continúan instalándose en el edificio, a pesar de su fama, atraídos por el precio.

Interior de un quitinete | Revista Época SP

Vistas de los pasillos y escaleras en 2009 | Revista Época SP

Algunos de los vecinos del São Vito, recuerdan como con el tiempo se iban acostumbrando a vivir allí y la convivencia entre los nuevos y los antiguos vecinos parece ser que no es del todo mala, algunos recuerdan como dejaban a sus hijos jugar y correr por los pasillos de su planta sin ningún problema, o incluso dejar sus hijos al cuidado de algún vecino que se acabaría convirtiendo en un criminal famoso. Recuerdan que veían a gente pelearse o incluso matar por un teléfono móvil, pero como no se metían con ellos, no les pasaba nada.

Otros como Dona no tuvieron tanta suerte. Esta mujer aún recuerda el día que un traficante la agredió y la amenazó de muerte en las escaleras del inmueble. A partir de aquel día, “entraba y salía deprisa, no conversaba con nadie, me cerraba y dormía un sueño intranquilo”.

Pero la de Dona no es la única agresión. Sino que los robos, los tiroteos y los ajustes de cuentas entre bandas se convirtieron en algo bastante habitual. Aún se recuerda la muerte de un niño que fue asesinado en el ascensor o cuando una niña de 9 años fue violada y después arrojada por una ventana desde el piso 23. La existencia de estos crímenes y las dificultades que tiene la policía para entrar en el edificio hacen que en 1983 se baraje por primera vez la posibilidad de demolerlo.

A la degradación del vecindario se suma la del propio edificio, acentuada por su mala administración y escaso mantenimiento. En 2002, ya sólo funcionaba uno de los tres ascensores, y el que lo hacía sólo llegaba hasta la planta 15, lo que producía colas de hasta hora y media en hora punta y verdaderos dramas para la gente mayor que vivía en apartamentos altos. La iluminación de las escaleras había sido cortada y un niño, conocido como el “ángel guardián”, se dedicaba a guiar a las personas con una linterna por los pasillos hasta que fue asesinado por los traficantes.

Muchos propietarios acabaron huyendo a causa de la violencia, por lo que unos 150 apartamentos estaban abandonados. En otros casos, podría haber influido que el único ascensor que funcionaba sólo lo hiciera hasta la planta 15, ya que la mayoría de quitinetes abandonados se encontraban en pisos superiores. Además, un 65% de los quitinetes presenta pagos pendientes. Al año siguiente, en 2003, cuando se comenzaron a correr rumores de una posible demolición, aún más propietarios dejaron de pagar los recibos.

El colorido proyecto de reforma de Roberto Loeb | Revista Época SP

Finalmente, en 2004 el ayuntamiento de São Paulo decide actuar y expropia el edificio, aunque no para demolerlo, sino para reformarlo. A mediados de ese mismo año los vecinos comenzaron a abandonarlo y las últimas 140 familias marcharon el día 25 de junio. El objetivo en aquel entonces era reformar el edificio y después ofrecer a las familias que se habían marchado la posibilidad de recomprar su antiguo apartamento. Como compensación, se ofreció a estas personas una paga mensual de unos 120 euros durante los próximos 3 años, el tiempo que debía durar la reforma. Sin embargo, no todos ellos pudieron optar a estas ayudas. Unos por carecer de una escritura o de cualquier otro tipo de documento que permitiera probar que eran los propietarios de los apartamentos en los que vivían y otros simplemente porque eran “ocupas”.

Mientras, el vecino Edifício Mercúrio continuó siendo habitado al presentar un estado de conservación mejor y se pensó que podría reformarse, con o sin aporte de dinero público, sin necesidad de desalojar a sus vecinos.

Para evitar los problemas del pasado, los nuevos apartamentos del São Vito serían más grandes que los originales, con superficies que iban desde los 30 hasta los 60 metros cuadrados. De la misma manera, se reduciría el número de apartamentos por planta, que pasaría de 24 a tan sólo 15. Para reducir los problemas de administración, el edificio se dividiría en 2 condominios independientes, cada uno con sus propios accesos, escalera y dos ascensores, que pararían en todas las plantas. También se propuso la puesta en práctica de programas de reinserción laboral y social de los antiguos moradores.

Sin embargo, en 2005, después del estudio de la viabilidad económica de la recuperación, se decidió abandonar la reforma ya que el precio de los apartamentos resultantes, unos 36.000 euros, excedería el del precio máximo estipulado para una vivienda de interés social. Se barajaron otras opciones, como la de convertir el São Vito en sede de varias oficinas municipales o en un hotel, pero finalmente todas fueron descartadas y en 2006 se vuelve al plan inicial, su demolición, aunque en vez de utilizar explosivos, para no afectar al tráfico se decidió hacerlo manualmente de arriba hacia abajo.

El edificio a día 18/11/2010 | São Paulo Antiga

Además, los administradores de la ciudad deciden expropiar también el Mercúrio para demolerlo, pese a ser un edificio bastante bien administrado y a presentar un estado de conservación y convivencia mucho mejor que el del São Vito. Sus vecinos, además, tenían un nivel de renta superior, como atestigua un estudio del 2003, según el cual un 61.5% de las familillas del São Vito contaba como máximo con una renta de 3 veces el salario mínimo, mientras que en el Mercúrio un 73.9% de sus vecinos tenía unos ingresos de más de 3 veces ese salario. Las diferencias también se notan en el precio de los alquileres medios, muy distintos, situándose los del Mercúrio un 50% por encima de los del São Vito.

Sin embargo, la demolición se encontró con la oposición de 59 de los antiguos propietarios que interpusieron un recurso ante la justicia. Estos propietarios se quejaban de que fueron desalojados del São Vito con la esperanza de volver a él una vez la reforma estuviera acabada y ahora se encontraban que no iba a ser así. Además, para muchos de ellos, aunque en un estado lamentablemente, el São Vito era su única casa. “Todo el mundo decía que el São Vito era una favela, un lugar pésimo, pero era mucho mejor que vivir en la calle”, en palabras de una antigua moradora en una entrevista en el O Globo  en 2006.

La decisión de la demolición también fue criticada por parte de la ciudadanía que consideraba el derribo un derroche que una ciudad con los problemas de vivienda que tenía São Paulo no se podía permitir.

Por su parte, el Mercúrio comenzó a ser desalojado en diciembre de 2008 y quedó completamente vacío en febrero del año siguiente cuando fueron desalojadas las últimas 32 familias que resistían, siendo sus entradas tapiadas para evitar que los sin techo no lo volvieran a ocupar.

Finalmente, pese a todos estos contratiempos y recursos legales, el 8 de septiembre del 2010 comenzó la definitiva demolición del São Vito y del Mercúrio , que se prevé que finalice en marzo del 2011. Una vez concluida, el plan es construir una plaza de 5.400 metros cuadrados donde hoy se encuentra el edificio. Aunque también, aprovechando la proximidad del Mercado Municipal, se baraja la opción de construir un aparcamiento. Con la evacuación de las personas que vivían en él su fachada se ha llenado de grafitis y cristales rotos.

PS: Dona Norvina, hoy retirada, aprovechó la ayuda dada por la Prefectura para mudarse a una habitación en un edificio donde poder vivir más tranquila.

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+info:
- Edifício São Vito in en.wikipedia.org
- Os edifícios São Vito e Mercúrio: uma história que nao se conta (PDF) por Clara Passaro
- Edifício São Vito (1959-2009) en Época – São Paulo
- Marlene, Maria da Paixao, Nadier e Angélica – quatro destinos com o fim do São Vito en O Globo
- Moradores de rua invadem os edificios São Vio e Mercúrio en Folha.com
- Operacao São Vito: uma demolicao que é um crime contra São Paulo en Uniao.org
- Processo de intervencao urbanística: rqualifacaçao do edificio São Vito por Maria Cecília Levy Piza Fontes en vitruvius
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jueves, 23 de diciembre de 2010

Los lugares de este MMX

Ahora que está a punto de acabarse el 2010, un pequeño recorrido por los lugares que esta bitácora ha visitado durante este año. En algunos de ellos, en otros tiempos, se celebró la Navidad, en otros quizás nunca se haya celebrado y en algunos aún se sigue celebrando, aunque sea en fechas distintas a las nuestras.

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¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo!
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domingo, 19 de diciembre de 2010

Rafael Guastavino, el arquitecto valenciano que conquistó los techos de Nueva York

Cuando Guastavino puso rumbo a Nueva York, es difícil que pudiera imaginarse el éxito que allí le esperaba. En Estados Unidos, llegaría a colaborar con algunos de los más conocidos arquitectos de la época en la construcción de no menos de 1.000 edificios, desde capitolios, pasando por bibliotecas, catedrales o estaciones de metro. Todos ellos incorporarían alguna de sus bóvedas o cúpulas tabicadas. Una técnica popular en Cataluña, pero totalmente desconocida en Estados Unidos hasta su llegada.

Rafael Guastavino Moreno (1842-1908)

Nacido en Valencia en 1842, hasta los 16 años es educado en las artes, pero a esa edad comienza a interesarse por la arquitectura y en 1861 se muda a Barcelona para inscribirse en su Escuela Especial de Maestro de Obras. En 1868, tres años después de haber finalizado sus estudios, plantea el primero de sus grandes proyectos, la Fábrica Textil Batlló, en Barcelona. Una vez construida, la espectacularidad de la sala de telares con sus bóvedas tabicadas, o catalanas, apoyadas sobre columnas metálicas causa gran sensación.

Esas bóvedas acabarán convirtiéndose en la base de lo que más tarde sería conocido como la construcción cohesiva” de Guastavino. Un tipo de construcción que al requerir menos material y no necesitar encofrados durante su construcción resultaba económico y, además, era resistente al fuego, por lo que resulta muy adecuado para una Cataluña que se encuentra inmersa en una vorágine constructora de fábricas.

Tras el éxito de la Fábrica Batlló, son varios los empresarios que se interesaran por el arquitecto valenciano y le encargaran otras construcciones. Aunque no menos importante es el impacto que tiene entre sus compañeros de profesión, siendo muchos los que, a raíz de la construcción de la Fábrica Batlló, cambian la visión que tenían sobre la bóveda tabicada.

Se trata de una técnica centenaria para la construcción bóvedas mediante la colocación sucesiva de varias capas de ladrillos, unas encima de las otras. Los ladrillos de las diferentes capas se colocan por la cara de mayor superficie orientada hacia el espacio a cubrir y cuando se concluye una capa, mediante mortero se coloca la siguiente con un cierto esviaje respecto de la anterior, de manera que sus juntas no coincidan y así la estructura tenga una mayor resistencia. Una sola capa no aguantaría el peso, pero es la unión de varias de ellas, 2 o 3 en función de la envergadura de la bóveda o cúpula, lo que confiere a la estructura la resistencia necesaria, aun manteniendo su ligereza.

Teatro La Massa, Vilassar de Dalt (Barcelona)

Durante la construcción, en función de la amplitud del espacio a cubrir, era necesaria una cimbra deslizable de madera sobre la que colocar la primera capa de la bóveda y que, a su vez, servía para controlar la geometría, pero, en ocasiones, debido al rápido fraguado del mortero de cal o yeso, y la ligereza de los ladrillos, ni tan siquiera eso, lo que aún permitía construir con mayor rapidez, siempre que la habilidad de los albañiles lo permitiera.

La técnica parece haber llegado a la Península desde Italia durante el Renacimiento, y llegó a alcanzar gran popularidad en Madrid, donde durante el siglo XVIII comenzó a caer en desuso porque su delgadez hizo que comenzaran a ser vistas como inseguras. En Cataluña, sin embargo, donde la técnica se había utilizado para cubrir los techos de las plantas bajas de masías y también en algunos tipos de casa más urbanos, su popularidad se había mantenido.

Guastavino de pie sobre uno de sus arcos de ladrillo colocado sólo unos días antes | Boston Public Library

Bóvedas de la Biblioteca de Boston durante su construcción | Boston Public Library

En 1876, el éxito alcanzado en Barcelona, empuja a Guastavino a presentar un estudio sobre la “Mejora de la salubridad de las ciudades industriales” en la Exposición del Centenario de Filadelfia en el que destaca ampliamente las bondades de su sistema resistente al fuego para los procesos de rápido crecimiento propios de las ciudades industriales. El estudio de Guastavino recibe una cálida acogida y recibe la “Medalla al Mérito”.

Muy probablemente, este éxito es el que le anima a que cinco años más tarde, con 39 años de edad a arriesgarlo todo, abandonando su acomodada y prestigiosa posición en Barcelona y se muda a Nueva York. Ese mismo año, se inaugura otra de sus grandes obras, el Teatro La Massa en Vilassar de Dalt (Barcelona), que destaca por su impresionante bóveda de 17 metros de diámetro, 3.5 metros de flecha y un óculo central de 4 metros de diámetro.

Aunque el éxito en la Exposición de Filadelfia parece que no fue la única motivación. La posibilidad de tener acceso a materiales de mayor calidad que podrían contribuir al perfeccionamiento de su técnica, como el cemento Portland parece que tuvo un peso importante. Si bien, una vez llegado a Estados Unidos, descubrirá que allí lo que le resulta difícil de encontrar son ladrillos adecuados para sus bóvedas por lo que se verá obligado a importarlos de España hasta que él mismo los comienza a producir en su propia fábrica en Massachusetts.

Prueba de carga

Patente de una escalera resistente al fuego (1886)

Patente de una cúpula tabicada (1910)

Por último, tampoco se pueden descartar motivaciones personales ya que su mujer y sus hijos hacía unos años que habían emigrado a Argentina, por lo que Rafael se muda a Nueva York con su hijo, de 9 años, y su ama de llaves.

La situación que vive la ciudad de Nueva York es ideal para su método constructivo. Una ciudad que está inmersa en un proceso de sustitución de antiguas técnicas de construcción basadas en la combustible madera por otras que emplean nuevos materiales. También resulta decisivo la creciente aceptación del corrienteBeaux Arts impulsado por la Escuela de Chicago, un estilo arquitectónico que encajaba a la perfección con sus bóvedas catalanas.

Sin embargo, los comienzos para Guastavino no resultan fáciles. Llega con poco dinero, carece de contactos y su dominio del inglés no es el suficiente, por lo que su primera idea de forjarse una carrera como arquitecto se complica. Pese a todo, gana algunos concursos arquitectónicos y construye algunos edificios de viviendas en los que ya aplica la técnica de la bóveda catalana.

Rafael Guastavino Esposito (1872-1950)

Pero, pese a todo, Guastavino comienza a proteger con las primeras patentes de su sistema constructivo en las que remarca su “resistencia al fuego”, en un claro intento de capitalizar la preocupación existente en el país por los incendios en las grandes ciudades, no en vano el del Gran Incendio de Chicago de 1871 estaba aún demasiado presente en la memoria colectiva. En 1885, patenta su método para la “Construcción de edificios resistentes al fuego” y más tarde, ese mismo año, el “Sistema de arco de azulejo”, una técnica para construir arcos y bóvedas mediante el uso de azulejos y ladrillos entrelazados. Un año más tarde, patenta una escalera “a prueba de incendios” basada en la tradicional escalera abovedada catalana.

A estas primeras patentes le seguirán muchas otras y con el tiempo entre él y su hijo llegarán a acumular más de 24 patentes distintas, sobre materiales, morteros, refuerzos metálicos y los propios procesos constructivos que van desde la construcción de bóvedas tabicadas a las bovedillas para forjados.

Pero, ¿era realmente un método propio de los Guastavino o, simplemente, se limitaron a patentar en Estados Unidos un método constructivo que era de sobras conocido en España?

El propio Guastavino en su manual sobre construcción cohesiva trata de responder a esta cuestión y, si bien reconocía que el arco tabicado “no es totalmente nuevo”, lamentaba que su uso se había ido desvaneciendo gradualmente durante el siglo XIX y ya no era usado habitualmente en España. Sin embargo, parece que esta afirmación no es del todo cierta, y las bóvedas tabicadas eran bastante conocidas en Barcelona, más de lo que el propio Guastavino gustaba reconocer.

Oyster Bar, Grand Central Station, NYC | Low-tech Magazine

Bóvedas del Bridgemarket debajo del Queensboro Bridge, Nueva York


Por un lado, los términos “bóveda catalana” o “bóveda tabicada” aparecen habitualmente en los periódicos barceloneses de la época, por lo cual parece fácil creer que se trataba de un concepto ampliamente conocido. Por otro, Ramon Gumà en su tesis doctoral sobre fábricas textiles en Cataluña, demuestra que en la década de 1840, mucho antes de la construcción de la Fábrica Batlló, algunas de ellas ya incorporan bóvedas catalanas.

Sin embargo, parece fuera de toda duda que Guastavino, padre e hijo, llevaron la bóveda catalana hasta un nivel de desarrollo al que no había llegado antes, y esto fue posible, en parte gracias a las mejoras que ellos mismos habían incluido. Mejoras que pasaban por la incorporación de nuevos materiales, innovaciones estructurales y nuevas técnicas de construcción.

Entre las innovaciones estructurales destaca la incorporación de refuerzos metálicos entre las diferentes capas de ladrillo. La bóveda así construida es más resistente que la tradicional, pero mantiene aún la ventaja de no requerir de encofrados para su construcción, como sí sucede con las de hormigón armado. En cuanto a los nuevos materiales, muchos expertos consideran crítico para el éxito de Guastavino la sustitución del tradicional mortero de cal por el cemento Portland, mucho más resistente.

Con las escaleras sucede algo parecido a lo que ocurre con las bóvedas. Desde hace bastante tiempo la mayoría de escaleras de los edificios que se construyen en la ciudad de Barcelona siguen el modelo de escalera tabicada, en la que se basa la escalera “a prueba de incendios” de Guastavino, pero el arquitecto valenciano particulariza esta técnica incorporando varias piezas metálicas en su construcción para reforzar el arco y detalla cómo deben der ser las uniones de los ladrillos para mejorar la cohesión de la estructura.

Biblioteca del edificio New York State Education en Albany

Bóveda de la Union Station en Pittsburg

Por lo demás, la técnica de construcción de los Guastavino no difería en exceso de la tradicional a excepción de estas particularidades y mejoras. Guastavino empleaba ladrillos de terracota de tamaño estándar con un grosor de algo menos de una pulgada (2.54cm) y una base de 15cm por 30cm. Los ladrillos eran moldeados en grupos de 6, de acuerdo con un método patentado por los Guastavino que facilitaba su separación después de la cocción. En función del proyecto, podían o no tener un acabado vidriado. Los no vidriados eran ásperos, lo que les confería un aspecto más basto, pero esa aspereza también les permitía ofrecer una mayor adherencia.

En el caso de las cúpulas, los ladrillos se colocaban formando círculos concéntricos. El número de capas venía determinado por su envergadura, pero rara vez superaba las seis en los tramos más exteriores y las tres en su corona. El proceso Guastavino era sencillo; pero los resultados, espectaculares. En la bóvedas, el primer tramo de ladrillo se colocaba con ayuda de una guía de madera y mortero. Después de colocar la primera capa se colocaban las siguientes sobre la anterior poniendo una capa de cemento Portland, formando sus juntas un ángulo de 45 grados con las de la capa inferior.

Pero Guastavino era consciente que aparte de patentes, para triunfar, tenía que ganarse la confianza de los arquitectos y para ello era necesario demostrar la seguridad de aquellas bóvedas y arcos extremadamente delgados. La primera oportunidad le llegó en 1885, cuando participó en el concurso para la construcción del edificio del Arion Club. Guastavino no ganó, pero el ganador utilizó el sistema bóvedas tabicadas que el arquitecto español había propuesto. Lo mismo sucede con la construcción de la Biblioteca Pública de Boston en 1889.

La intención del arquitecto que ganó el concurso, Charles McKim, era emplear perfiles de hierro. De hecho, los perfiles ya estaban comprados, cuando Guastavino le ofreció construir los techos del edificio empleando su sistema y sin coste alguno. El arquitecto valenciano convirtió la biblioteca en un privilegiado escaparate para su obra y decidió usar siete modelos diferentes de bóveda en su construcción.

Hall de la Recepción de Ellis Island (1917), de 17 metros de altura, fueron necesarios 28.8832 ladrillos para su construcción | Matthew J. Kirby

Algunas de las cúpulas construidas por la Guastavino Co

La Biblioteca de Boston supuso el definitivo despegue de Guastavino y de la bóveda catalana en los Estados Unidos. Como prueba de ello y a raíz de su construcción, Guastavino ofreció dos conferencias en las Sociedad de las Artes del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Un par de años antes, un profesor del mismo instituto había llevado a cabo una prueba de carga y hecho una tabla de cálculos de la misma. También, resultó decisivo el apoyo que Guastavino recibe de McKim, el arquitecto de la biblioteca, en el que muestra su “entera confianza en el sistema Guastavino”.

En 1889, no habían pasado todavía 10 años de su llegada a Estados Unidos, aprovechando que el sistema de bóveda tabicada ya se encuentra totalmente asentado, Guastavino funda la Guastavino Fireproof Construction Company. Guastavino tuvo la suerte de encontrar el socio ideal, William E. Blodgett, que se encargaría de la gestión de la empresa mientras Guastavino se centraría en los aspectos técnicos y de marketing.

A partir de ese momento, Guastavino abandona su faceta como arquitecto y pasa a centrarse en la contratista de obras, especialmente de bóvedas y cúpulas. Su hijo, Rafael, comienza a trabajar en la empresa y va adquiriendo poco a poco los conocimientos de su padre con el que colaborará activamente en la introducción de nuevas mejoras del sistema.

En Nueva York, los Guastavino llegarán a participar en la construcción de unos 360 edificios. Entre los que destacan la estación Grand Central o la espectacular cúpula de la Catedral de Saint John the Divine. Sus 30 metros de diámetro y 40 metros de altura la convertirían en la mayor de todas las cúpulas que los Guastavino habían construido y construirían, por lo que, sin duda, esta obra supuso todo un desafío para su sistema. Para hacerse con el proyecto resultó decisivo el precio que la Guastavino Company ofertó. Al no necesitar de encofrados durante la construcción, su precio fue muy inferior al del resto de ofertas. Sin olvidar, la elegante estación de metro de City Hall construida en 1900 y que tenía que convertirse en la joya de la red de metro de la ciudad.

Lejos de la Gran Manzana, destacar la bóveda de la Union Station en Pittburgh o su colaboración en la construcción de una bóveda en el Capitolio de Nebraska.

Los Guastavino utilizaban como tarjeta de presentación sus obras ya construidas y los estudios académicos, pero también acostumbraban a publicitar su sistema de construcción con numerosos artículos y anuncios en la prensa.




Estación abandonada del Metro de Nueva York, City Hall | John-Paul Palescandolo y Eric Kazmirek en HuffingtonPost.com |Más info sobre la estación en OvejasEléctricas.es

Con el tiempo, los Guastavino también exploraron las posibilidades que las bóvedas podían ofrecer en cuanto a ornamentación, como los acabados policromos o la cerámica vidriada, y sus propiedades acústicas. En este sentido, en 1911 idearon un nuevo tipo de ladrillo “Akoustolith”  que presentaba una gran capacidad de absorción del sonido. Más tarde, Guastavino hijo patentó varios tipos de yeso y consiguió otras 7 patentes relacionadas con la mejora acústica de sus construcciones, una de las cuales sobre el empleo de de bóvedas porticadas para evitar que los ruidos de un apartamento fueran transmitidos a los superiores.

Guastavino padre murió en 1908, pero la sociedad continuó de la mano de su hijo y del hijo Blodgett, que parece que se entendían tan bien como los padres, de hecho, es durante esta época que la compañía construirá algunas de sus obras más espectaculares.

Finalmente, en 1943, Guastavino hijo vende su parte de la empresa al hijo de Blodgett y se desvincula de ella. La empresa continuará casi 20 años más, hasta la muerte de Blodgett hijo en 1962, 12 años después de la de Guastavino hijo. La Guastavino Fireproof Construction Company, que había conseguido resistir la Gran Depresión, no pudo resistir el cambio de gustos estéticos ni la llegada de los nuevos materiales. Y el hormigón y el acero se acabaron imponiendo a la centenaria bóveda catalana. Entre Rafael padre y Rafael hijo, habían construido bóvedas tabicadas en más de un millar de edificios de Estados Unidos entre 1880 y 1940.

PS: El término “bóveda catalana” lo popularizo un madrileño en el siglo XVII, Fray Lorenzo de San Nicolás, maestro de obras en la Corte, en reconocimiento al buen oficio de los albañiles y maestros de obra catalanes que trabajaban en la capital.

Enlace permanente a Rafael Guastavino, el arquitecto valenciano que conquistó los techos de Nueva York

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+info:
- Los Guastavino y la bóveda tabicada en Norteamérica (PDF) por John Ochsendorf 8
- Rafael Guastavino in en.wikipedia.org y es.wikipedia.org
- Las bóvedas tabicadas de Guastavino: forma y construcción (PDF) por Javier García-Gutiérrez Mosteiro
- Guastavino tile construction: an analysis of a modern cohesive construction technique (1992) by Ann Katharine Milkovich
- Bóveda catalana en es.wikipedia.org y ca.wikipedia.org
- Tiles as substitute for steel: the art of the timbrel vault in Low-tech Magazine
- Rafael Guastavino and the Boston Public Library (PDF) by Lisa J. Mroszczyk
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martes, 30 de noviembre de 2010

III

Hoy hace tres años que este blog echó a andar. Ha sido un año con menos historias, pero con la misma dedicación y entusiasmo. 32 posts con los que espero que hayáis disfrutado tanto como yo. De estos 32, unos 8 han sido gracias a vuestros “chivatazos”. ¡Muchas gracias! Las sugerencias son siempre bienvenidas, al igual que lo son los comentarios o los re-tweets.

Sin duda, una de las sorpresas de este año fue el correo que recibí de Xavier Jufre, correo que luego acabó en una entrevista en la que nos dio más detalles de su modelo para el Artificio de Juanelo.

En Las Vegas, asombrado comprobando que el número de subscriptores había subido a 5.486. Fue un problema técnico de feedburner. Lástima ;-) Más fotos

Durante estos últimos 365 días, el BlogRoll ha continuado creciendo con Recuerdos de Pandora, Sentados Frente al Mundo y En la trébede. Sin olvidar a Amazings.es, ese blog de blogs en el que tuve la oportunidad de colaborar hace unas semanas.

Antes de pasar a las frías estadísticas, daros la gracias a todos los que os habéis pasado por aquí este año y espero que lo sigáis haciendo muchos más. ¡Un abrazo!

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Los posts más leídos de este año:
- Jill Price, la mujer que no puede olvidar
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- El misterioso zumbador de la UVB-76
- El fotógrafo que se quedó tirado en medio de la nada en Alaska
- Los limpiaparabrisas intermitentes, el invento que todos los fabricantes de coches quisieron utilizar y ninguna pagar
- Y las islas Saint Kilda se quedaron solas

Aunque con menos visitas, otro de mis posts favoritos del año ha sido el de “La fortaleza natural de Monemvasia”, un lugar imprescindible de Grecia, por el que tuve la suerte de pasar en 2009.
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martes, 23 de noviembre de 2010

Y la Revolución Soviética llegó al calendario

La mayoría de la Europa Católica había adoptado el calendario gregoriano en 1582. Algunos países protestantes habían tardado bastante más, pero habían acabado haciendo el cambio. Sin embargo, en Rusia, la oposición de la Iglesia Ortodoxa había conseguido que en 1918 el país aún siguiera el desfasado calendario juliano. Las cosas cambiarían con la llegada de Lenin al poder, quien en su empeño por crear una nueva sociedad, una de sus primeras medidas fue la de abolir el calendario juliano y decretar la adopción del gregoriano “con el objetivo de instalar a Rusia en el mismo sistema de medida del tiempo que casi la totalidad de naciones avanzadas ya usaban”.

Calendario Soviético del 1930 que conserva meses irregulares y semanas de 7 días

Sin embargo, en aquel tiempo, Rusia estaba inmersa en la guerra civil que enfrentaba a bolcheviques y el denominadoMovimiento Blanco, que agrupaba a partidarios del Zar y a otros grupos contrarrevolucionarios, por lo que su decreto sólo fue aplicado en la parte del país bajo control bolchevique. Mientras, la Rusia “blanca” continuaba siguiendo el anterior calendario, llegándose a dar la situación de que si un territorio cambiaba de manos, cambiaba de fecha.

Como sucedió en otros países cuando hicieron esta misma transición, para corregir el desfase producido por el paso de los años, los días que van del 1 al 13 de febrero nunca existieron para los bolcheviques, y al 31 de enero le siguió el 14 de febrero.

A finales de la década de los 30, acabada la guerra y establecido el régimen comunista, ya hace mucho, los soviéticos volvieron a poner los ojos en el calendario y se comienzan a discutir otras maneras de organizar la semana productiva que pudieran mejorar la productividad del país. Yuri Larin fue el primero en proponer la idea de una semana de trabajo continua, sin fines de semana. Fue en mayo de 1929 durante la celebración del Quinto Congreso de los Trabajadores, Soldados y Campesinos Soviéticos. La idea parece que pasó bastante desapercibida, por lo que no aparece ni mencionada en el discurso de clausura de dicho congreso.

Sin embargo, en junio de ese mismo año, Larin consigue el apoyo de Stalin para su idea y las cosas cambian. Inmediatamente, se dan órdenes expresas para que la prensa comience a ensalzar la idea y en unos días el Consejo Económico Supremo pide a sus expertos que propongan un plan para la implantación de la semana productiva continua en tan sólo dos semanas. Las cosas se mueven deprisa y a mediados del mismo mes de junio, Larin, muy probablemente hinchando la cifra, ya afirma que el 15% de la industria ya estaba funcionando en modo continuo.

Calendario Soviético del 1930 con un día de descanso cada 5, pero con los días organizados según las antiguas semanas de 7 días

Una vez el gran líder se había pronunciado en favor del nuevo sistema, a la semana continua no paraban de lloverle partidarios. A finales de agosto es el Consejo de Ministros el que declaraba esencial que se prepare la transición al nuevo sistema en empresas e instituciones durante el año económico 1929-1930. La duración de la semana continua aún no se especifica.

No queda claro, pero parece ser que el primer día de aplicación de la nueva semana fue el 1 de octubre, a comienzos del nuevo año económico. En un primer momento, se fija su duración en 5 días. Aunque más tarde, se especifica una semana de 6 días para la construcción y para otros trabajos de carácter estacional. Mientras que para las fábricas que paraban su producción una vez al mes, se adopta una semana continua de 6 o incluso 7 días. Los días de la semana pierden su nombre y cada día es asignado un color o un número romano (del I al V). A cada trabajador se le asigna un color o número, el color de su día de descanso.

Con el nuevo calendario soviético, que tenía que ser eterno, el año quedaba dividido en 72 semanas de 5 días. Tres de las cuales tenían alguno de los cinco días de fiesta nacionales intercalados. Estos días de fiesta, que fueron cambiando a lo largo del tiempo, en 1929 eran el 22 de enero (aniversario de El Domingo Sangriento  y día de Lenin), 1 y 2 de mayo (día internacional de los trabajadores) y el 7 y 8 de noviembre (conmemoración de la Revolución de Octubre). Estos días, no formaban parte de ninguna semana, sino que quedaban fuera del sistema de colores y eran, en teoría, festivos para todos los trabajadores.

Calendario Soviético del 1931 con las semanas de 5 días y días numerados del I al V

Según algunas fuentes, el nuevo calendario no sólo modificaría la duración de las semanas, sino que también racionalizaría la duración de los meses, que pasaron a ser todos de 30 días o lo que es lo mismo, tener 6 semanas de 5 días. Los 5 días que faltaban para llegar a los 365, serían los anteriores 5 festivos nacionales, que se consideraría que no pertenecían a ningún mes, sino que se situaban intercalados entre ellos.

Sin embargo, no queda del todo claro hasta qué punto se llegó a aplicar, si es que se llegó, esta modificación de la duración de los meses. Por ejemplo, el periódico oficial del partido, el Pravda, siguió usando las fechas del calendario gregoriano. Existen ejemplares con fecha del 31 de junio, julio, agosto, octubre y diciembre, pero en todo este tiempo no hay ningún ejemplar de ningún 30 de febrero. Incluso, pese al ferviente ateísmo del régimen, el Pravda sigue usando “Resurrección” y “Sabbath” para referirse a sábado y domingo. También parece que la mayoría de los calendarios de bolsillo conservados de esta época siguen mostrando los irregulares meses del calendario gregoriano y, además, organizados en filas o columnas de 7 días, que comienzan por el domingo. Se conserva alguno que muestra las semanas de 5 días y los días etiquetados con los números del I al V, pero son los menos.

Este nuevo sistema tenía como objetivo incrementar la productividad y hacer un uso más eficiente de los recursos, al permitir que las fábricas permanecieran abiertas y funcionando todos los días del año. En un día de trabajo cualquiera, el 100% maquinaría de la fábrica podía estar funcionando, con sólo un 80% de su plantilla.

Pero, aparte de ser un intento de aumentar la producción industrial, la adopción de un nuevo calendario carente de connotaciones religiosas era un paso más de la estrategia de acoso y persecución de la religión por parte del gobierno. Por un lado, la substitución de las festividades tradicionales ortodoxas por otras de carácter patriótico o ideológico dificultaba la preparación y celebración de las festividades antiguas. Por otro, la adopción de una semana de laboral de 5 días, en la que el día de descanso no tenía por qué coincidir con el domingo, hacía más difícil guardar y asistir a los oficios religiosos del “día del Señor” o de cualquier otra festividad que tradicionalmente se celebrara en domingo.

“Año 25 de la Revolución Socialista. Diciembre 1937. 12, sexto día de la semana de seis días”

En cuanto al descanso de los trabajadores, si comparamos esta nueva semana de 5 días con sólo un día de descanso con la de 5 días laborales y un fin de semana de 2 días. En un período de 35 días, es decir, 5 semanas de 7 días o 7 de 5 días, con la semana actual se trabajan sólo 25 días, mientras que con la “soviética”, 28. Viendo estos números se puede considerar que la implantación de la nueva semana implicaba una reducción del número de días de descanso de los trabajadores. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los fines de semana de 2 días eran un lujo que en aquel tiempo sólo se podían permitir algunas industrias y en algunos países.

Por ejemplo, en Estados Unidos, Henry Ford comenzó en 1926 a cerrar sus fábricas los sábados y los domingos, aunque, la implantación generalizada en todo el país de los fines de semana de 2 días no llegaría hasta 1940.

Sin embargo, la situación de la Unión Soviética era muy distinta. En aquel tiempo, era un país que se estaba industrializando y antes de la reforma del calendario sólo había un único día de descanso a la semana, por lo que con la nueva semana de sólo 5 días los trabajadores ganaban ligeramente en cuando a días de descanso. En la comparación anterior, en 35 días, pasarían de 30 días de trabajo a sólo 28.

Pero no todo eran ventajas, el hecho de que el día de descanso no fuera el mismo para todos hizo que, en las parejas en las que el marido “era” de un color y la mujer de otro, la vida familiar se resintiera. Lo mismo sucedió con la vida social, al resultar mucho más difícil mantener el contacto con las amistades de otro color. Pero, aparte de estos problemas, la productividad tampoco subió todo lo esperado. Con el nuevo ritmo de trabajo, la maquinaría se estropeaba más a menudo. La máquinas no estaban preparadas para funcionar de manera continua, 24 horas al día, los 5 días de la nueva semana, y, además, al no haber paradas semanales se dificultaba llevar a cabo su correcto mantenimiento. Tampoco ayudaba que el nuevo sistema obligara a que las máquinas tuvieran que ser manejadas por obreros menos familiarizados con su funcionamiento particular.

Calendario Soviético del 1937 con las semanas de 6 días

Sólo en los primeros meses, parece que ya existían más de 50 implementaciones distintas de la semana continua en toda la Unión Soviética. La más larga de ellas de 37 días, 30 días seguidos de trabajo y luego 7 días de descanso. Pero aunque no existía unanimidad, la implantación de la nueva semana no se detenía. Si los planes no fallaban en abril de 1930 el 43% de los trabajadores de la industria tenía que seguirla, y en octubre el porcentaje tenía que llegar hasta el 67%.

Mientras nuevas empresas adoptaban la nueva semana, durante mayo de 1930 comienzan a aparecer las primeras empresas la abandonan y deciden volver a la antigua semana de producción interrumpida. Pese a ello, es durante el mes de octubre de este año cuando se alcanza el mayor nivel de implantación de la semana continua y llega al 72.9% de toda la industria. Un número que muy probablemente estuviera inflado por los políticos y por las propias empresas, ya que muchas decían adoptar la nueva semana, pero en realidad continuaban con la anterior. Durante este tiempo, la semana continua también se aplicó en el comercio o entre el funcionariado, aunque no se hicieron públicas cifras de su adopción.

La impopularidad de la nueva semana entre los trabajadores unida al resto de problemas llevan a que Stalin en junio de 1931 condene la semana continua tal y como se estaba implantando, y ordena una adopción temporal de la semana de 6 días interrumpida. No se cumplen por tanto los planes según los cuales durante ese el año económico, el 1930-1931, todos los sectores industriales, a excepción del textil, tendrían que estar trabajando de forma continua.

Calendario Soviético del 1939 con las semanas de 6 días

Con la nueva semana se recupera el día de descanso semanal común para todos los trabajadores. Se hace coincidir el primer día de cada mes con el primer día de la semana, de manera que los días 6, 12, 18, 24 y 30 de cada mes son de descanso. El último día de los meses que tenían 31 era siempre un día de trabajo extra en la industria que junto con los cinco primeros días del mes siguiente hacía que acabaran trabajando 6 días seguidos. Más afortunados eran algunos funcionarios y trabajadores comerciales para los que los 31 eran siempre festivos.

Finalmente, en noviembre se decreta el abandono definitivo de la semana continua, quedando restringido su uso a empresas que producían de manera continua, como fundiciones, hospitales y otras instituciones sociales y culturales. El 1 de diciembre de 1931 es considerado el día en que se abandona la continua y se vuelve a una forma de semana interrumpida. Unos años después, en 1935, tan sólo el 25.8% de los trabajadores sigue alguna forma de semana continua. Y el 27 de junio 1940, se elimina el único vestigio de las reformas que aún quedaba en el calendario. Se abandona la semana de 6 días y se vuelve la de 7 días, con el domingo como día de descanso común para todos los trabajadores

Enlace permanente a Y la Revolución Soviética llegó al calendario

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- Cuando las semanas eran de 10 días y los días de sólo 10 horas
- El Edificio Narkomfin, la utopía de la vida colectiva
- El misterioso zumbador de la UVB-76
- El pozo más profundo de la Tierra
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+info:
- Calendario revolucionario soviético en es.wikipedia.org y en.wikipedia.org
- Soviet Calendars and the Quest for Industrial Efficiency by Thomas Gangale
- The book of calendars by Frank Parise in Google books
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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Mario Capecchi, el niño de la calle que llegó a Premio Nobel

No queda claro si las experiencias de mi infancia ha contribuido a mis éxitos o si estos logros han sido obtenidos a pesar de ellas”, respondió Capecchi en 1996 en Japón al recoger el premio Kyoto en Ciencia Básica.

Capecchi trabajando en su laboratorio

Capecchi vino al mundo un 6 de octubre de 1937 en la ciudad italiana de Verona. Su padre Luciano era un aviador. Su madre, Lucy Ramberg, era una poetisa norteamericana perteneciente a una familia de artistas que, tras conocer, a Luciano se mudó a Italia. Allí pasó a formar parte de un grupo de artistas llamado “Los Bohemios”. Viajaba mucho y había dado clases en la universidad de la Sorbona en París.

En un comienzo, la pareja llevaba una vida tranquila, pero la cosa cambiaría después de la aprobación de las “Leyes Raciales. La madre, que hasta entonces no se había implicado en política, comenzó a escribir y repartir panfletos antifascistas y contra los alemanes. Paralelamente, el padre fue llamado a filas y partió hacia África, donde se integraría en una unidad de artillería antiaérea.

Antes de partir para África, el padre de Mario, consciente que era más que probable que el espíritu rebelde de su mujer le acabara trayendo problemas con las autoridades, acordó con una familia de campesinos de Bolzano que, a cambio de una cantidad de dinero, si su mujer era detenida, ellos se hicieran cargo del hijo de ambos. En otras versiones de la historia es la propia Lucy, la que decide vender todo lo que tiene y con el dinero que obtiene hace un trato con la familia.

En cualquier caso, los temores se vieron cumplidos un día de 1941, cuando Lucy fue arrestada por agentes de la Gestapo y, a los pocos días, deportada al campo de concentración de Dachau. Mario tenía entonces sólo tres años y medio.

Afortunadamente, gracias a la previsión de su padre, o de su madre, el pequeño Mario no se quedó tirado en la calle. Tal como habían acordado con su padre, la familia de Bolzano se hizo cargo de él. Todo fue bien durante el primer año, pero entonces lo echaron de casa. Capecchi no entiende ni recuerda lo que fue lo que sucedió, tampoco ha sobrevivido nadie que pueda aclararlo. Tal vez, se les acabara el dinero, tal vez, fueran otros los motivos, pero con apenas cuatro años y medio, Mario tuvo que buscarse la vida por su cuenta. Su padre, estaba desaparecido en combate, y su madre, en el mejor de los casos, en el campo de Dachau.

Comenzó vagando por la carretera que unía Bolzano con Verona y acabó uniéndose a varias pandillas de niños que estaban en su misma situación. Sin adultos que cuidaran de ellos, el grupo se las arreglaba para comer de lo que iban pillando en los caseríos y en las ciudades por las que pasaban. El propio Mario no lo oculta, eran una banda de ladronzuelos, tampoco es que tuvieran otra salida. Iban de un lugar para otro y se escondían donde podían para evitar ser atrapados. Su única preocupación era la de sobrevivir un día más. Cuando no estaba en las calles estaba en orfanatos.

Pero las cosas se pusieron aún más feas para el pequeño Mario cuando comenzó a sentirse mal. Mario no recuerda muy bien lo que pasó, pero de repente un día de 1945 se encontraba en el pasillo del hospital de la ciudad de Reggio Emilia. Afortunadamente, parecía que algún buen samaritano lo había recogido de la calle y lo había llevado hasta allí. Padecía tifus y habría muerto de no haber sido tratado a tiempo por los médicos del hospital.

Su salud mejoraba, pero, sin padres, su futuro continuaba siendo incierto. Reconoce que varías veces se le pasó por la cabeza escaparse del hospital, como antes lo había hecho de los orfanatos por los que había ido pasando. Afortunadamente para Mario, esta vez la debilidad y las fiebres se lo impidieron. Desde luego que fue una suerte, porque en la habitación de aquel hospital recibiría la visita de una persona, que él creía muerta, que cambiaría su vida.

Fue un día de 1946 cuando Capecchi había cumplido ya los 9 años. Una mujer entró en su habitación con un traje típico tirolés para él. Era su madre. La sorpresa fue mayúscula para ambos.

Tropas americanas hacen guardia en la entrada del Campo de Dachau, justo después de su liberación. | Wikipedia

Aunque el pequeño Mario no tenía ni idea, su madre había conseguido sobrevivir a Dachau y después de la liberación del campo por parte de los norteamericanos había regresado a Italia y había comenzado a buscarle de manera incansable. Como si se tratara de un milagro, después de más de 5 años separados, su madre había conseguido dar con él.

Después del asombroso reencuentro, se mudaron a Roma y desde allí prepararon su marcha a los Estados Unidos. Gracias al dinero que les envió el hermano de su madre, Henry, pudieron hacerse con unos pasajes de barco para Estados Unidos. Al cabo de unos días partían del puerto de Nápoles rumbo a Nueva York.

Capecchi recuerda como a las pocas horas de su llegada a Ellis Island, ya estaban subidos a un tren con su tío Edward con dirección a Princeton, donde vivía la familia, y al día siguiente ya estaba asistiendo a clase, aunque no tenía ni idea de inglés. Más tarde madre e hijo, se mudarían con la familia de su hermano a Ben Gweled, una pequeña comunidad “colaborativa” de Pennsylvania, algo así como una comuna cuáquera, de la que su tío había sido cofundador, en la que viviría hasta cumplir los 18. Capecchi valora la experiencia como positiva y cree que le ayudó a adquirir una cierta consciencia social difícil de encontrar en un tiempo en el que en Estados Unidos el imperaba en el individualismo.

Su madre, sin embargo, nunca se recuperó del todo de su paso por Dachau, nunca volvió a ser la misma. Según Capecchi, vivió toda su vida alejada de la realidad en su “mundo de imaginación”, y es por ello que tuvieron que ser su tío Edward y su mujer los que se hicieran cargo de él.

A partir de aquí, la vida de Mario Capecchi podría haber sido similar a la vida de cualquier otro Premio Nobel. Pero no fue así, la vida aún le tenía reservada una sorpresa más. En 2007, después de serle concedido el Premio Nobel en Medicina y de que su nombre saliera en periódicos y televisiones de medio mundo, una mujer de Carintia (Austria) llamada Marlene Bonelli reconoció su apellido y reconoció en aquel investigador italoamericano a su hermanastro del que no sabía nada desde hacía casi 60 años.

Era cierto. Aunque su madre, ya muerta, jamás le había hablado de ella, Mario tenía una hermanastra. Sucedió dos años después de la desaparición de su padre, cuando Lucy conoció a un brasileño de origen alemán. Esta vez, sí que queda claro que fue ella la que se encargó de asegurarse que en caso de problemas Marlene estuviera a salvo y la que confió a unos amigos, Max Bonelli y Luise Linder, su hija.

 Mostrando la portada del Dolomiten con la noticia del reencuentro con su hermanastra. | DayLife

Marlene tuvo una infancia más fácil que la de Mario. Fue adoptada por los amigos de su madre y, con el tiempo, gracias a que sus padres adoptivos no le ocultaron sus orígenes, pudo conocer a su padre biológico. Marlene sabía que había tenido un hermanastro y que su madre había sido deportada, pero tanto ella como su entorno creían que ambos habrían muerto durante la guerra. La consulta de los papeles de su adopción durante un viaje a Trento tampoco le ayudó a saber mucho más.

Por su parte, los esfuerzos de Capecchi de averiguar algo más sobre su pasado tampoco habían dado resultado. En 2002, durante un congreso científico celebrado en la ciudad de Verona, pasó un día en los archivos municipales, pero no encontró ninguna pista.

Después de que Marlene se pusiera en contacto con el periódico italiano Dolomiten, este se encargó de hacerle llegar al Premio Nobel unas fotos de su supuesta hermanastra. Sólo con las fotos, y gracias al enorme parecido que guardaba con su madre, Capecchi ya estaba casi totalmente convencido de que era su hermanastra. Tuvieron que pasar unos meses hasta que el mismo periódico organizara el reencuentro de los dos hermanastros en mayo del 2008. Mario tenía 71 y Marlene, 69.

Aunque de pequeños apenas habían coincidido unos meses, fue un momento más que emotivo para ambos. Tampoco fue un obstáculo que, al no hablar Marlene inglés ni Capecchi, alemán, que necesitaran un traductor. Después de los abrazos, pasaron un buen rato hablando y compartiendo las fotos de sus vidas separadas. Al acabar Capecchi afirmó que su hermana era “una persona muy agradable, como debería ser cualquier hermana”.

Este artículo ha sido mi primera colaboración en amazings.es, donde apareció publicado este lunes.

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+info:
- Mario Capecchi en es.wikipedia.org y en.wikipedia.org
- Era un niño de la calle, me salvó mi madre en ElPaís.com
- Mario Capecchi: The man who changed our world in The Independent
- El Nobel de la Calle en ElPaís.com
- La hermanastra perdida del Nobel en BBCMundo.com
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