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jueves, 10 de noviembre de 2011

Rhyolite, la ciudad que tenía que convertirse en la Chicago de Nevada, pero acabó abandonada

En 1907, Rhyolite contaba con luz eléctrica, agua potable y teléfono, varios periódicos locales, un hospital, una pequeña ópera y su propia bolsa de valores. Todo esto en una ciudad de poco más de 5.000 habitantes, pero que florecía gracias a las minas de oro de sus alrededores. Dos años antes, era sólo un trozo de desierto, pero en aquel momento su futuro se antojaba prometedor.

Panorámica de Rhyolite en 1908 | www.rhyolitenevada.com

El 9 de agosto de 1904, dos buscadores de oro llamados Ed Cross y Frank “Shorty” Harris  encontraron una roca del mismo color y tamaño que una rana toro con trozos de un metal dorado incrustados. El metal era oro y la rana toro (bullfrog en inglés) acabaría dando nombre a aquella montaña y a todo el distrito.

Rápidamente, Cross y “Shorty” delimitaron con estacas la que se convertiría en su concesión, tal como exigía la Ley de la Minería Americana del 1872, una ley que permitía a cualquiera que encontrara oro, plata, cobre u otro yacimiento de valor en terreno público reclamar la concesión de los derechos mineros de una parcela de cómo máximo 457 metros de ancho por 183 de largo alrededor de la zona del hallazgo a cambio de entre 2.5 y 5 dólares por acre.

Lo siguiente fue llevar las muestras a examinar a la ciudad de Goldfield, situada a más de 100 kilómetros al norte, para poder registrar su concesión. De la roca que tenía forma de rana se podrían obtener unos 665 dólares de oro por tonelada, pero de otras que llevaron se podría sacar mucho más, hasta unos 3.000 dólares (el equivalente a unos 70.000 actuales). No había duda, la mena presentaba una alta concentración en oro.

Shorty Harris en el Death Valley, con él empezó todo | US National Park Service

La noticia del hallazgo corrió como la pólvora y no tardó en llegar hasta la vecina Tonopah. Había comenzado la fiebre del oro de Bullfrog. Mineros y especuladores acudieron rápidamente de todo el país y, en poco tiempo, 2.000 concesiones mineras se repartían todo el terreno en 30 millas a la redonda. Los mineros se asentaban en campo abierto, unos con sus tiendas, otros con poco más que un carro y otros dormían al raso. Tampoco se necesitaba mucho para montar un bar, un tablón sobre un par de bidones bastaban para montar barra sobre la que servir whisky.

Día a día, Ed Cross y “Shorty” veían como surgía una pequeña ciudad alrededor de su concesión que, en apenas dos semanas, ya contaba con 1.200 habitantes. La ciudad sería bautizada como Rhyolite, el nombre en inglés de la riolita, una roca ígnea que abundaba en zona. Aunque en el distrito de Bullfrog, el de Rhyolite no era el único campamento minero que se convertía en ciudad. A unas cuantas millas, surgía Gold Center y, también cerca, el antiguo rancho del viejo Montillus Murray Beatty se convertía en toda una ciudad.

“Shorty” no esperaría demasiado para vender su parte de la concesión. Lo hizo por 25.000 dólares (según otras versiones de la historia, fue por tan sólo 1.000), después de seis días de juerga, que culminaron con una monumental borrachera. Una cantidad que al día después, sereno, no le convenció, pero poco pudo hacer por cambiar, su firma y la de 7 testigos estaban estampadas en un documento sellado por un notario. Cross, por el contrario, vendió su parte sin estar bajo la influencia del alcohol, por lo que no es de extrañar que la vendiera por cinco veces más que su socio.

La mina Montgomery-Shoshone | Wikipedia
 
Cross cogió el dinero y se marchó al condado de San Diego, donde compró un rancho, se casó y llevó una vida acomodada. Shorty, por el contrario, prefirió celebrar su venta por todo lo alto en los salones de la ciudad con mujeres y alcohol. Según él mismo reconoció, de no ser por la aparición de un antiguo amigo que le hizo ver el mal camino que llevaba, se hubiera dilapidado todo el dinero en unas pocas semanas. Paró a tiempo y pudo conservar unos 8.000 dólares.

Mientras, Rhyolite seguía creciendo, aunque el hallazgo “más grande hecho en el desierto” estaba aún por llegar. El honor recaería en Bob Montgomery, un minero que había sido uno de los primeros en llegar a Rhyolite al comienzo de la fiebre del oro, pero que no había tenido demasiada suerte. Sin embargo, todo cambiaría un día de noviembre de 1904, cuando “Hungry Johny”, un indio shoshón que trabajaba para él, descubrió oro en una de sus concesiones. Las primeras muestras de mineral presentaban una concentración de oro excepcional, unos 16.000 dólares (390.000 actuales) por tonelada de mena. “Hungry Johny” había descubierto una mina “más rica que las del Rey Salomón”, aseguraban algunos, que calculaban que se podrían extraer millones de dólares en oro y plata, la mina más rentable del distrito.

La Montgomery-Shoshone, como sería conocida la mina, se convirtió en toda una sensación a nivel nacional. El distrito de Bullfrog pasó a ser conocido en todo el país y Rhyolite, el asentamiento más próximo a la mina, se convirtió en su capital. La palabra “bullfrog” pasó a ser sinónimo de oro y más de 200 compañías mineras del distrito la incluían en su nombre. La mayoría de ellas vendían sus acciones por correo a través de dudosas agencias de inversión de todo el país que describían el distrito como “el mayor descubrimiento de oro de los tiempos modernos” y llegaban a asegurar, en algunos casos, beneficios de hasta el 800% en tan sólo 4 meses.

Como resultado de este boom, el crecimiento Rhyolite no cesaba y en junio de 1905, casi un año después de que Cross y Shorty encontraran oro, la ciudad ya contaba con una población de 2.500 personas que se divertía en sus 50 salones con sus 35 mesas de apuestas, comían en sus 16 restaurantes y podían leer su semanario local. Varias canalizaciones proveían de agua potable a la ciudad, que desde hacía un tiempo ya no tenía que pagar 5 dólares por los barriles de agua con regusto a whisky que antes se traía a lomos de burros.

Charles Michael Schwab en 1901 | Wikipedia

Se organizaban torneos de beisbol, de tenis, alguna carrera de caballo, los domingos se exhibían películas y los espectáculos de variedades eran habituales en la Arcade Opera House. Cuatro diligencias cubrían el trayecto entre Rhyolite y Goldfield en 2 días por 18 dólares, y para aquellos que se lo podían permitir existían varias líneas de automóviles que empleaban White Steamers de vapor y Pope-Toledos de gasolina, que por 25 dólares hacían el mismo trayecto en tan sólo 5 horas, con la posibilidad de alagarlo hasta la estación de tren de Las Vegas.

Pero, el gran boom para Rhyolite se produciría cuando el magnate del acero Charles M. Schwab ofreció un millón y medio de dólares por el 51% de las acciones de la mina de Montgomery. Un precio muy alto, pero que parecía bastante razonable, si tal como a Montgomery le gustaba jactarse, se podían obtener unos 10.000 dólares diarios en oro de ella.

Las exigencias extras de la mujer de Montgomery, que quería un millón más para ella, y la denuncia de otros dos mineros que afirmaban que cuando “Hungry Johnny” encontró oro por primera vez en la mina estaba trabajando para ellos y no para Montgomery, alagaron el proceso de la venta, que no se cerraría hasta febrero de 1906. Montgomery recibió un millón de dólares en efectivo, mientras conservaba una quinta parte de sus acciones, que, de haberlas vendido al precio de mercado de ese momento, podrían haberle supuesto otro par de millones más. En total, entre unos 40 y 60 millones actuales.

Con el dinero de Schwab, la Shoshone Consolidated Mining Company, y de rebote Rhyolite, se situaron a otro nivel. La alta rentabilidad que parecía tener el yacimiento animó al magnate a llevar a cabo importantes inversiones. Una de ellas, la construcción de un ramal en la línea de ferrocarril que se estaba construyendo entre Las Vegas y Tonopah desde Rhyolite hasta su mina para facilitar el transporte la maquinaría pesada que necesitaba para la construcción de la planta de procesado de mineral y que después usaría para el transporte de la mena.

Plano de Rhyolite en 1908 | Department of the Interior General Land Office (PDF) 

El 14 de diciembre, la línea entró en funcionamiento y Rhyolite quedó conectada por tren con la ciudad de Las Vegas, situada a más de 200km al sur. El edificio de la estación había costado más de 130.000 dólares de la época, el equivalente a unos 3 millones actuales. En menos de medio año, una nueva línea de ferrocarril llegaría a Rhyolite, la Bullfrog Goldfield, esta vez para unir la ciudad con el norte. Con el tiempo Rhyolite llegaría a contar con otra más y se declararía una guerra de precios entre ellas por hacerse con el transporte de la mena de mayor calidad hasta las fundiciones de Salt Lake City.

Al año siguiente, 1907, sólo dos años después de su fundación, Rhyolite, con entre 4.000 y 5.000 residentes, se convierte en la cuarta ciudad con más habitantes de Nevada. Además, la ciudad contaba con comodidades más propias de ciudades mucho mayores. Hasta ella llegaban varias líneas de telégrafo y teléfono, tenía su propio departamento de bomberos y policía, sus aceras eran de hormigón y contaba con una piscina pública, dos iglesias y dos escuelas. La ciudad incluso contaba con un barrio de “luces rojas” al que llegaban para buscarse la vida mujeres desde ciudades tan alejadas como San Francisco.

A otras ciudades mineras del distrito, sin embargo, no les iba tan bien. Gold Center o Bullfrog habían quedado abandonadas y una parte de sus ciudadanos se habían mudado a Rhyolite, a medida que los depósitos superficiales se agotaban y se descubría que a mayor profundidad tampoco había nada. De tanto en tanto, aparecía algún otro campamento minero a la sombra de algún nuevo descubrimiento de oro, pero todos acababan muriendo al mismo ritmo que el oro se acababa. Solo el campamento de Pioneer, surgido a la sombra de la mina Mayflower y que alcanzaría una población de 2.500 personas en 1908, parecía poder hacer competencia a Rhyolite.



La sede del John S. Cook and Co. Bank en 1908 y 2009 | Alfreda Holloway

Mientras, la actividad no cesaba en la mina Montgomery-Shoshone. En marzo de 1907 entró en funcionamiento el ramal de tren hasta ella y comenzó la construcción de unas gigantescas instalaciones para procesar más de 300 toneladas de mineral al día. En agosto ya estaba todo listo y en sólo unas semanas la electricidad llegó hasta la mina, unos meses antes lo había hecho hasta la ciudad. Otra vez, Schwab era el responsable.

El magnate del acero contrató a la Nevada-California Power Company para que tendiera una línea eléctrica de más de 160 kilómetros desde Bishop Creek, en California, hasta la ciudad minera para dar servicio a su mina. De rebote, se beneficiaron Rhyolite y las demás minas de la ciudad y del distrito, que hasta entonces habían usado generadores eléctricos de gasolina. Schwab también había hecho traer agua hasta su mina gracias a la compra por unos 150.000 dólares de una canalización de 20 kilómetros desde Gross Springs.

Durante el 1907 llegaría a la Rhyolite otro de los grandes culpables de su burbuja, el “doctor” William S. Phillips. Como Schwab estaba muy ocupado con su negocio minero, cedió los derechos de promoción urbanística de la ciudad a Philips, que pretendía convertir Rhyolite en la “Chicago del Oeste”. Según aseguraba, pretendía invertir 100.000 dólares en la construcción de un gran hotel, además de construir un hospital, un ayuntamiento, cosas más propias de una gran ciudad que de una del tamaño de Rhyolite, pero el futuro de la ciudad continuaba siendo más que prometedor.

Lamentablemente, estos edificios no llegaron a existir más allá de en los cárteles que el “doctor” colocó en varios solares de la ciudad como gancho para vender el resto a precios inflados. Phillips consiguió grandes beneficios, pero pasado un tiempo desapareció con ellos dejando a deber una gran cantidad de dinero a la ciudad y al mismísimo Schwab. Un año después, acabaría siendo condenado a 3 años de cárcel en Los Angeles, por fraude postal, mientras se dedicaba a vender parcelas en la prometedora ciudad de Velma, situada en los ricos campos petrolíferos de Amargosa. Lugares, ambos, que sólo existían en sus folletos.

El edificio de la estación en 2006 | Wikipedia
 
Por su parte, Rhyolite apuraba sus últimos días de gloria a la sombra de la mina Montgomery-Shosone. En su recién creada bolsa de valores, cotizaban unas 74 compañías mineras de la región y operaban 125 brokers llegados desde Nueva York, Los Angeles y otras grandes ciudades. Aunque se trataba de una bolsa pequeña, sólo en su primer día de funcionamiento, el 25 de marzo de 1907, 60.000 acciones cambiaron de mano, y un total de 750.000 lo harían durante las dos semanas siguientes. Pero lo que se movía era papel y no dinero, puesto que la mayoría de las empresas que cotizaban todavía no habían producido ni tan siquiera un lingote de oro, aunque eso no evitaba que su cotización estuviera disparada.

Además de esta bolsa, Rhyolite contaba desde hace tiempo con, como mínimo, tres bancos. Uno de ellos era el John S. Cook and Co Bank, fundado en 1905, que había construido una lujosa sede en Golden Street con paredes de hormigón reforzado y un grosor de entre 66 y 91 centímetros. El edificio tenía zócalos de caoba hondureña y una escalinata de mármol traído desde Italia, desde donde se habían traído los vidrios tintados de sus ventanas. Con estos lujos, no es de extrañar que su construcción costara el equivalente a unos 2.200.000 dólares actuales. El edificio se abrió al público en enero de 1908, poco antes de que comenzara el declive de Rhyolite y de la que había sido su mina más rentable, la Montgomery-Shosone.

Aunque durante los primeros tres años la mina de Schwab había producido lingotes de oro por un valor equivalente a unos 24 millones de dólares actuales, algunos accionistas minoritarios de la compañía comenzaron a sospechar que la mina estaba sobrevalorada y no se creyeron las predicciones de uno de los directivos que aseguraba que en el subsuelo de ella aún quedaban otros 5 millones esperando ser extraídos. Para salir de dudas, los accionistas hicieron venir en febrero de 1908 a un reputado ingeniero de minas británico.

En aquel entonces, las acciones de la compañía cotizaban a 3 dólares, muy lejos de los 23 a los que lo habían llegado a hacer cuando Schwab se hizo con el control de ella. Las conclusiones de estudio del ingeniero se filtraron antes de hacerse públicas, haciendo que el valor de las acciones de la mina se hundiera bruscamente hasta los 75 centavos. El primer decepcionado fue el propio Schwab al comprobar que lo que había comprado como una mina con una mena con alta concentración en oro se limitaba sólo a unas cuantas capas superficiales de ella.

La mina, sin embargo, continuaba siendo rentable, aunque a partir de 1909 no se encontró más oro y la mena que se extraía era cada vez de peor calidad, con lo que la producción comenzó a bajar hasta que, al año siguiente, la mina entró en pérdidas, por lo que dejaría de funcionar el 14 de marzo de 1911. Para entonces, la acción, que ya cotizaba a tan sólo 10 centavos, bajó hasta los 4 y finalmente fue retirada del mercado.

Mina abandonada | www.rhyolitenevada.com

La mina había producido oro por un valor de 1.418.000 dólares, pero los accionistas no habían visto, ni verían, un solo centavo. Al poco de entrar en el accionariado, Schwab había vendido todas sus acciones a la propia empresa, a la que había prestado su propio dinero justamente para que pudiera comprárselas. De esta manera, Schwab se convirtió en el principal acreedor de la Shoshone Consolidated Mining Company con lo que seguía reteniendo el control de la compañía y además se aseguraba que cualquier beneficio que la empresa generara en el futuro iría en primer lugar a pagar su deuda, antes que a retribuir a accionistas o a saldar otras deudas menores. Oficialmente, sin embargo, el préstamo fue publicitado como una muestra de la gran fe que Schwab tenía en la mina.

Esta treta financiera, que Schwab había aprendido en otros negocios fallidos del pasado, le funcionó muy bien y todo el beneficio que la empresa generó fue a su bolsillo, incluido el de la venta de la maquinaría cuando se liquidó la compañía. El cierre de la mina suponía el fin para Rhyolite, aunque la decadencia del distrito había comenzado ya unos años antes. Algunos lo sitúan en 1906, coincidiendo con el terremoto de San Francisco.

La consecuencia más inmediata del terremoto fue la interrupción del servicio ferroviario entre el distrito y California, pero la más importante sería el parón inversor que llegaría después. A causa del terremoto, muchas compañías de la ciudad perdieron sus oficinas y con ellas sus archivos y contabilidad, con lo que la bolsa de la ciudad y muchos bancos tuvieron que permanecer cerrados durante un par de meses. El dinero de San Francisco dejó de llegar al distrito y, para cuando la ciudad recuperó la actividad, gran parte de ese dinero se desvió a la propia California.

Calle principal de Rhyolite en la actualidad. En primer plano el edificio HD & LD Porter del 1906 | emblems.esty.com

Rhyolite Mercantile, antiguo comercio | Robert Paul Young

El pánico financiero del año siguiente tampoco ayudó, pero la razón más importante del declive de Rhyolite fue una promesa incumplida. La ciudad había surgido a la sombra de sus minas, pero, a excepción de la Montgomery-Shoshone y alguna otra, la mayoría resultaron un auténtico fracaso en la que sólo algunos especuladores consiguieron hacer dinero. Muchas de ellas comenzaron a cerrar a medida que se agotaba la mena de mayor calidad y dejaban de ser rentables, fue entonces cuando Rhyolite comenzó a apagarse, se redujeron las inversiones y los mineros desempleados comenzaron a abandonar la ciudad en busca de un nuevo dorado.

El declive de Rhyolite fue tan rápido como lo había sido su auge. En 1910, sólo quedaban 611 residentes en la ciudad, todos sus bancos habían cerrado y el alumbrado público había dejado de funcionar. En junio de 1912 cerraría el último de sus periódicos. En noviembre de 1913, lo haría su oficina postal y en julio de 1914, la estación vio marchar el último tren. En 1918 la Bullfrog District Telephone Company cortó la línea al par o tres de abonados que le quedaban en Beatty y Rhyolite. Dos años antes, la Nevada-California Power Company había desmantelado su línea eléctrica y la ciudad se había quedado a oscuras.

Panorámica de las ruinas de Rhyolite | www.rhyolitenevada.com

En 1920, sólo quedaban 14 habitantes y, en 1924, sólo un anciano de 92 años de edad. La otrora boyante Rhyolite se convirtió en un almacén de materiales de construcción a buen precio para otras ciudades del distrito. De hecho, algunos edificios se trasladaron enteros hasta Beatty o Pioneer.

Hoy en día, la “Bottle House”  es de lo poco que queda en la ciudad. Una curiosa casa construida en febrero de 1906 con 50.000 botellas de cerveza y licores por un minero llamado Tom T. Kelly que la Paramount restauró en 1925 para filmar una película muda. La casa volvería en otra película en 1964 y en 2004 en “La Isla”, con Ewan McGregor y Scarlett Johansson.

Enlace permanente a Rhyolite, la ciudad que tenía que convertirse en la Chicago de Nevada, pero acabó abandonada 

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+info:
- Rhyolite, Nevada in en.wikipedia.org
- Death Valley and the Amargosa: A Land of Illusion by Richar E. Lingenfelter in Google books
- Rhyolite Ghost Town in National Park Service
- Rhyolite Nevada and the Bullfrog Mining District by Alfreda Holloway
- Beatty, Nevada History by Beatty Museum & Historical Society in Beatty
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martes, 20 de octubre de 2009

El tesoro de Beale, 30 millones por una clave

En 1885 un tal J. B. Ward publicó un folleto en el que hablaba de un tesoro enterrado entre 1819 y 1821 cerca del condado de Bedford, Virginia, y que nunca había sido recuperado. Toda la información necesaria para encontrar un tesoro valorado en 30 millones de dólares actuales por tan sólo de 50 centavos que costaba el folleto. Sólo había una pequeña pega, antes de ir a buscarlo había que descifrar el texto en el que se describía el lugar donde se había enterrado.

Cincuenta centavos a cambio de un tesoro.

Aparentemente, la historia comienza un día de enero de 1820, cuando tres extraños llegaron a la ciudad de Lynchburg, Virginia, y se hospedaron en el hotel Washington regentado por Robert Morriss. A los pocos días, dos de ellos continuaron su viaje hacia Richmond, de donde decían ser, pero el otro se quedó. El que se quedó se llamaba Thomas Jefferson Beale y, según Morriss, tenía apariencia de persona honesta y educada, debía medir un metro ochenta, tenía ojos y cabello negros, y era de complexión fuerte. El rasgo que más le distinguía era su tez morena, muy morena, como si hubiera pasado toda su vida al sol.

Beale pasó el resto de aquel invierno en Lynchburg y se convirtió en una persona bastante conocida en la ciudad, especialmente entre las damas. Entonces, un día de finales de marzo, tal como vino se fue. Ni Morriss, ni nadie, sabían nada de su procedencia, ni de cual había sido el motivo de su estancia. Beale jamás lo contó y Morriss jamás se lo preguntó.

Dos años más tarde, en 1822, Beale volvió a aparecer por Lynchburg. Igual que la primera vez, pasó el invierno en la ciudad y cuando llegó la primavera se volvió a marchar. Esta vez, sin embargo, dejó a Morriss una caja de metal cerrada que, según le dijo, contenía “papeles importantes de valor” y que le pidió que guardara hasta que fuera necesario.

Poco más tarde, en mayo, Morriss recibió una carta de Beale desde San Luis. En ella Beale reconocía que estaba en medio de una empresa peligrosa. La caja contenía papeles de vital importancia para su propia fortuna y la de muchos otros. En caso de muerte, la pérdida de la caja podría ser irreparable, por lo que pedía a Beale que guardara la caja en lugar seguro. En la carta, Beale daba instrucciones a Morriss para que si en diez años ni él, ni nadie en su nombre acudían a buscarla, abriera la caja. En ella encontraría una carta con más instrucciones para él, junto con otros papeles ininteligibles sin la ayuda de una clave. Según aseguraba Beale en la carta, la clave la había dejado en manos de un amigo suyo de San Luis en un sobre sellado y dirigido a Morriss, con ordenes de que se la enviara en junio de 1832.

The Locality of the Vault. Original.

Los años pasaron y Morriss no tenía noticias de Beale. Ni él, ni nadie en su nombre aparecieron por la caja. Aunque a partir de 1832 debía abrir la caja, Morriss prefirió seguir esperando. Finalmente, en 1845 Morriss creyó que los “indios” habrían matado a Beale y sus compañeros, y decidió abrir la misteriosa caja, había esperado 23 años. Con poca destreza, forzó el candado para descubrir cuatro hojas de papel. Una de ellas estaba escrita en inglés, las otras contenían una colección de números, aparentemente sin sentido.

Morriss empezó a leer la única hoja que entendía, en la que Beale explicaba su historia:

En abril de 1817, un grupo de 30 amigos amantes de la aventura y el peligro, entre los que estaba Beale, salió de Virginia con destino a las Grandes Llanuras del oeste. Su único objetivo era el de pasar una buena temporada cazando búfalos y osos. En diciembre, después de un largo viaje cruzando el país, llegaron a la ciudad de Santa Fe. Los meses de invierno se hacían largos y un día para matar el rato un grupo de ellos decidió salir de excursión para explorar la zona y matar el gusanillo de la caza.

La excursión que tenía que durar sólo unos días se alargó varias semanas. Cuando los que se habían quedado en Santa Fe comenzaron a preocuparse, uno de los se habían marchado volvió con noticias de una gran hallazgo que cambiaría sus planes y sus vidas. Según contaba, llevaban varios días detrás de una manada de búfalos, cuando una noche, uno de los hombres mientras estaban preparando la cena descubrió en una grieta entre unas rocas algo que brillaba, era oro y había mucho. El grupo celebró el hallazgo y los que se habían quedado en Santa Fe al conocer la noticia también. En seguida partieron para reunirse con ellos cargados con suministros y provisiones para un tiempo indefinido.

Durante 18 meses, Beale y sus compañeros acumularon todo el oro y la plata que pudieron extraer. Fue entonces cuando, según la nota, todos acordaron que sería conveniente llevar todo ese oro y plata a un lugar más seguro. Después de barajar varias opciones decidieron llevarlo hasta Virginia y esconderlo allí en algún lugar secreto. Para reducir el peso de la carga, Beale cambió oro y plata por joyas y en 1820 emprendió su viaje a Lynchburg, la primera visita al hotel de Morriss, en búsqueda del lugar más apropiado para enterrar el tesoro, lo encontró y allí lo enterró. Al acabar el invierno Beale regresó para reunirse con sus compañeros.

Dieciocho meses después, su segunda visita, Beale regresó a Lynchburg con más oro y plata. Pero este segundo viaje tenía además otro objetivo. Beale y sus compañeros estaban preocupados que de pasarles algo a ellos, sus fortunas no llegaran a sus familiares. Así que Beale esta vez tenía como misión encontrar a una persona de fiar a la que confiar sus deseos, Beale escogió a Morriss.

Como para que Morriss estuviera leyendo la nota deberían haber pasado ya los diez años de espera, Beale pedía Morriss que fuera al escondite donde estaba enterrado el oro y la plata y dividiera todo en 31 partes iguales. Morriss debería quedarse por una como pago por los servicios prestados, las otras treinta debería repartirlas entre las personas cuyo nombre y dirección figuraban en otro de los papeles. Así acababa la nota.

El juzgado del condado de Bedford, un lugar como cualquier otro para comenzar la búsqueda.

Beale acertó con Morriss, honrado como él lo creyó, su primera preocupación al leer la carta fue la de encontrar el tesoro y encontrar a los herederos de aquellos hombres que debían para entonces estar ya muertos. Pero había un problema: la localización y la descripción del tesoro estaban cifradas, en las otras tres hojas que contenían números y más números. La clave para descifrarlos, que Beale le había dicho que alguien le enviaría por correo, no había llegado. Así que Morriss tuvo que intentarlo por su cuenta. Dedicó 20 años, pero no lo consiguió y en 1862 cuando llegó a los 84 años de edad temeroso de morir sin haber cumplido su misión, decidió confiar su secreto a un amigo, tal como Beale le había pedido. Este amigo, del que se desconoce la identidad, consiguió parte de lo que Morriss no había conseguido en 20 años: descifrar uno de los textos, el marcado como número “2”.

El amigo de Morriss tuvo la intuición de que cada número representaba una letra, pero como había más números que letras en el alfabeto, dedujo que varios números deberían corresponder con la misma letra. Fue entonces cuando se le ocurrió usar la Declaración de la Independencia para descifrarlo. Cada uno de los números se tenía que sustituir por la primera letra de la palabra que ocupaba la posición del número dentro de la declaración. Siguiendo este proceso se podía leer:

He depositado en el condado de Bedford, a cuatro millas de Buford, en un sótano o una excavación, a 6 pies (1.80m) bajo tierra, los siguientes artículos que pertenecen a las partes cuyos nombres figuran en el número 3:

El primer depósito, en noviembre de 1819, está compuesto por 1.014 libras de oro y 3.812 de plata. El segundo, en diciembre de 1821, consistía en 1.907 libras de oro y 1288 de plata, además de joyas, obtenidas a cambio de plata para facilitar el transporte y valoradas en 13.000 dólares.

Todo lo antes mencionado está empaquetado de forma segura en recipientes de hierro, con tapas de hierro. La cámara está más o menos revestida de piedras, y los recipientes descansan y están cubiertos por piedras. El papel número uno describe la localización exacta de la bóveda, para que no haya dificultad alguna en encontrarla.

La Declaración de Independencia, que tan útil había sido para descifrar el primer texto, no sirvió para los otros dos. Tristemente para los familiares de los treinta, o tal vez para él, el amigo de Morriss no consiguió descifrar la hoja en la que describía el lugar donde estaba enterrado el tesoro, ni la que supuestamente contenía el nombre de esos familiares y su lugar de residencia. Así que en 1885, frustrado por haber dedicado los mejores veinte años de su vida a intentar descifrar el resto de papeles sin éxito, habiendo abandonado ya cualquier esperanza de hacerlo, decidió publicar en un folleto todo lo que sabía.

Según decía, lo hacía movido por la esperanza de que otros se pudieran beneficiar de lo que él había sido incapaz. Tal vez, incluso alguno de los familiares de la gente de Beale lo leyera y reparara que sin saberlo todo este tiempo había tenido en su poder una valiosa clave. Aunque advertía que nadie cometiera el error de dedicarle tanto tiempo como hizo él, pues para él lo que al principio parecía un regalo se acabó convirtiendo en una pesada condena.

El folleto explicaba la historia de Beale, los textos cifrados y todo lo que le había contado Morriss. El misterioso amigo, pese a hacer públicos los textos, prefirió mantenerse en el anonimato por miedo a ser acosado por los buscadores de tesoros y fue su agente, un tal James B. Ward, el encargado de publicarlos.

Names and Residences. Original.

Desgraciadamente, un fuego en el almacén en el que estaban guardados los folletos destruyó la mayoría de ellos. Sin embargo, los que se salvaron despertaron un inmediato interés y un debate sobre si la historia era cierta o sólo una invención de Ward para ganar dinero.

Una de las primeras cuestiones a resolver era si, por lo menos, los protagonistas de la historia habían existido. En el censo americano de 1810 se encuentran registradas dos personas llamadas Thomas Beale, una en Connecticut y otra en New Hampshire. En el de 1820, se encuentran otras tres personas con ese nombre, esta vez en Luisiana, Tennessee y Virginia (de donde parecer ser era el Beale del tesoro). Ward es otro personaje obscuro y el único rastro que se encuentra de él es una referencia en la edición del 21 de mayo de 1865 del Lynchburg Virginian, en la que se le identifica como el propietario de la casa en la que murió Sarah Morriss, la mujer de Robert. Aunque él insiste en que no es el amigo al que Morriss confió su secreto, quizás sí que lo era. En cualquier caso, poco más se sabe de todos ellos.

Si se analiza la historia, parece tener aspectos razonables, pero otros que no lo son tanto. Parece lógico que Beale y sus compañeros decidieran llevarse su tesoro a un lugar seguro. Santa Fe en aquel tiempo era una ciudad mexicana, ellos eran norteamericanos. También parece una buena idea preparar un plan de contingencia por si les ocurría algo a todos ellos. Sin embargo, parece poco lógica la idea de llevar el oro hasta Virginia. Era un largo camino de varios miles kilómetros, no exento de riesgos, a través de territorio casi salvaje, para, además, esconderlo de una manera que podía hacer imposible su recuperación. ¿No hubiera sido mejor guardar el dinero en alguno de los bancos de la ciudad San Luis? Mucho más cerca y sin riesgos de que alguien lo encontrara y lo perdieran todo.

Hay otras cuestiones que tampoco quedan claras. ¿Quién o quiénes ayudaron a Beale a llevar el oro hasta Bedford? En ambas ocasiones, se trataba de una gran cantidad de carga, por lo que habría necesitado un gran número de mulas, burros o carros, y bastantes ayudantes. Tal vez, demasiada gente para guardar un secreto.

Tampoco ayuda que al parecer el texto publicado en el folleto contiene palabras del inglés, como “stampede” y “improvise”, que no aparecieron escritas hasta la década de 1840. Aunque no se puede descartar que antes ya fueran palabras habituales en Virginia o el Oeste.

Por otro lado, para los que continúen decididos a buscar el tesoro, conviene tener en cuenta que aún siendo cierta la historia, no se puede descartar que el tesoro ya no esté allí. Aunque Beale hubiera muerto sin recuperar el tesoro, alguno de sus compañeros, que sería lógico que conocieran el emplazamiento del escondite, podría haberlo recuperado. Y, ya fuera por desconocimiento o por precaución, no hubiera pasado a decir nada a Morriss, que se habría quedado con su caja y su enigma.

Lynchburg en 1919. En algún lugar puede que esté el hotel de Morriss. Ver panorámica completa.

Además son muchos los que ya lo han probado. Inmediatamente después de la publicación del folleto, muchos intentaron descifrar los documentos y encontrar el tesoro. Entre ellos varios famosos buscadores de tesoros. A principios del siglo XX, los hermanos Hart lo intentaron durante décadas. Otros como Hiram Herbert Jr. dedicó casi 50 años para también acabar abandonando en la década de los 70.

Con la misma poca suerte, lo han intentado expertos en criptografía. Algunos de los cuales después de analizar los dos textos que quedan usando métodos estadísticos cifrados han sugerido que no puede tratarse de textos escritos en inglés. También resulta sospechosa la escasa longitud del texto en el que teóricamente aparecen los nombres de los familiares más próximos. De usar la misma técnica de codificación que el ya descifrado, serían 618 números/letras para 30 o 60 nombres junto con su dirección.

Pero pese a todos estos indicios que parecen indicar que todo es un fraude, durante más de cien años, multitud de gente ha sido detenida por entrar y excavar sin permiso en fincas del condado de Bedford. Se cuenta que en 1983 una mujer excavó en el cementerio de Mountain View porque estaba convencida que el tesoro de Beale se encontraba allí.

Por cierto, existe una leyenda Cheyenne datada en torno al 1820, sobre una gran cantidad de oro y plata llevada desde el Oeste hasta las montañas del este para enterrarlo allí. Otras tribus, las de los Pawnee y los Crowe, hablaron muy bien de un grupo de unos 35 hombres blancos, a Jacob Fowler, un americano que exploró el sudoeste del país durante los años 1820 y 1821.

Enlace permanente a El tesoro de Beale, 30 millones por una clave

+posts:
- 1835, cuando se descubrió vida en la Luna
- William H. Mumler, el fotógrafo de los espíritus
- El mensaje de la Pioneer para los extraterrestres
- El Ajedrecista Turco, la primera máquina que derrotó al hombre

+info:
- Beale Ciphers in en.wikipedia.org
- Treasure by numbers in guardian.co.uk
- The Legendary “Beale Treasure” by Richard E. Joltes
- The Beale Papers by J. B. Ward otra reimpresión de The Beale Papers
- A Basic Probe of the Beale Cipher (PDF), by Louis Kruh in Cryptologia
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martes, 15 de enero de 2008

Jesse James, muerte y nacimiento de una leyenda

Jesse James, fue primero un guerrillero sudista que más tarde se convirtió en un bandolero. En vida ya consiguió gran notoriedad por la espectacularidad de los robos que dio con su banda, combinado con su implicación política. Pero fue a su muerte asesinado por dos miembros de su banda, cuando se convirtió en una auténtica leyenda.

Jesse nació en Missouri el 1847 y murió asesinado en 1882. Su vida dio un giro, cuando en 1863 unos soldados de la Unión visitaron su granja en busca de información sobre guerrilleros confederados, para ello golpearon e intentaron colgar a su padrastro, esta acción motivó que el joven Jesse se uniera una de las guerrillas sudistas más crueles, la de Quantrill Raiders, que combatió durante la Guerra Civil americana, y fue resonsable de algunas de las peores atrocidades que se cometieron durante la guerra contra la población civil. Tras la guerra civil, Jesse como otros soldados confederados se negaron a dejar las armas tras el incumplimiento de los acuerdos de rendición, y es aquí cuando empezó su carrera como ladrón de bancos.

Missouri después de la guerra era un caos, los confederados se vieron excluidos de la vida pública y el control fue tomado por los unionistas, lo cual generó un gran resentimiento entre los confederados. En este entorno Jesse y su banda centraron sus acciones contra bancos dirigidos o que habían dado su apoyo a unionistas lo cual despertó la simpatías de muchos antiguos confederados, uno de ellos era el editor del Kansas City Times, que publicó las cartas de Jesse y lo convirtió en un símbolo de la resistencia confederada de Missouri. También colaboró en la creación de la leyenda la brutalidad de sus perseguidores, que en un intento de captura incendiaron la granja familiar de los James, causando la muerte de uno de sus hermanos. A parte de símbolo político también se convirtió en una especie de Robin Hood pues a parte de robar bancos, en los asaltos a trenes se centraba en la caja fuerte del vagón de equipajes y rara vez robaba a los pasajeros.

Durante su vida delictiva robó mas de 12 bancos, 7 trenes, 4 diligencias y al menos 11 ciudadanos murieron en sus acciones. Pero el intento fallido de asalto de un banco en Minnesota, donde gran parte de la banda cayó, significo el principio de la decadencia de la banda. Jesse refundó la banda más tarde, pero esta vez los veteranos guerrilleros confederados tuvieron que ser substituidos por delincuentes comunes. Esto unido al hecho que el gobernador de Missouri se tomó la captura de Jesse como su principal prioridad llegando y ofreció una recompensa por su captura de 10,000 dólares (proporcionada por las compañías ferroviarias y de diligencias) provocó que dos miembros de su banda lo asesinaran por la recompensa, pese a que sólo llegaron a cobrar un parte de ella.

La escena del asesinato es un poco rocambolesca, lo cual sólo acrecienta el misterio sobre su muerte: Jesse estaba en su casa con dos miembros de su banda, los hermanos Ford, después del desayuno, y se quitó sus pistolas, y dijo que iba a limpiar una cuadro que tenía polvo, cuando daba la espalda a los dos hermanos Ford, estos le dispararon en su cabeza causándole la muerte.

Como ocurre con las leyendas, al poco de morir, surgió la teoría que no era el auténtico Jesse el que había muerto, y los testimonios de personas que afirmaban haberlo visto empezaron a proliferar en los periódicos. Y empezaron a surgir las teorías conspirativas, unos que afirmaban que el muerto era otra persona y que había sido una treta para desaparecer para Jesse James, otras que había sido una especie de suicidio pues veía que el fin se avecinaba.

Durante unos años un tal J. Frank Dalton (muerto en Texas en 1951) afirmó que él era Jesse James. Finalmente en 1995 unos test de ADN probaron que la persona entrerrada bajo la inscripción "En la memoria de mi amado hijo, asesinado por un traidor y un cobarde cuyo nombre no merece la pena que aparezca aquí" era el auténtico Jesse James, aunque cabe decir que algunos escépticos cuestionan la manera en que se realizaron estos tests, pues dicen que las muestras de ADN fueron tomadas de un diente encontrado en la casa, no del cuerpo enterrado.

Sin embargo un misterio aún queda por aclarar, donde fue a parar el "tesoro" de Jesse James, pues se calcula que el montante de todos sus robos ascendería a más de 20 millones de dólares actuales..... (hablaremos de ello en otro futuro post)

otras biografías en cabovolo:
- Rasputin, santo o demonio?
- Blas de Lezo, el almirante que derrotó a Inglaterra

+info:
http://es.wikipedia.org/wiki/Jesse_James (En castellano)
http://en.wikipedia.org/wiki/Jesse_james (In English)
http://www.spartacus.schoolnet.co.uk/WWjamesJ.htm (In English)
http://www.shout.net/~bigred/JesJames.htm (In English) Leer más »