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jueves, 21 de julio de 2011

La profeta sudafricana que quiso liberar a su pueblo y casi lo acaba exterminando

Un día de abril en 1856, los espíritus de tres de sus antepasados se le aparecieron a la joven Nongqawuse. Los espectros le pidieron que dijera a su pueblo, los xhosa, que tenían que arrasar sus cosechas y exterminar su ganado porque había sido criado por las manos contaminadas de los que había estando practicando brujería. A cambio, los que habían muerto regresarían de sus tumbas y barrerían a los ingleses hasta el mar. La profecía no tardó en llegar a oídos del Gran Jefe xhosa, Sarhili, que se convenció y sacrificó sus animales.

La joven Nongqawuse con su compañera de movimiento Nonkosi | Wikipedia

Desde la llegada de los colonos blancos a las tierras de los xhosa, los enfrentamientos con ellos habían sido casi constantes. En 1850 ya se contabilizaban 8 guerras, la última había concluido en 1853 y, como en todas las anteriores, lo había hecho con la derrota y pérdida de tierras para los xhosa. Todas estas derrotas habían acabando dividiendo al pueblo xhosa y minando su moral colectiva. La situación de incertidumbre en la que vivían, siempre con el temor de verse obligados a abandonar las tierras en las que habían nacido, sólo agravaba esta situación.

Los primeros colonos blancos habían llegado a la región durante la segunda mitad del siglo XVIII. En su mayoría eran bóers provenientes de la colonia de la Ciudad del Cabo. Los xhosa y los bóers tenían una economía muy similar, basada en la agricultura y la ganadería, y no tardó en desatarse entre ellos una feroz competencia por las tierras de cultivo y los pastos. Los robos de ganado de unos a otros eran muy comunes y las acciones de represalia se convirtieron en una práctica habitual que, en muchos casos acabó en guerra. Sólo durante la siembra o la cosecha, cuando unos y otros tenían que encargarse de las tareas del campo, la intensidad de los conflictos parecía bajar.

En esta lucha, los colonos contaban con sus caballos, que les proporcionaban una mayor movilidad, y la superioridad tecnológica de sus armas. Los xhosa, por su parte, tenían a su favor la experiencia de sus guerreros que se habían enfrentado antes a los zulú y a otros pueblos vecinos y su mejor movilidad en terrenos accidentados. Cuando los xhosa se hicieron con armas de fuego y caballos, las cosas se igualaron un poco más, pero no fue suficiente para equilibrar la situación.

En 1814, cuando la Colonia del Cabo pasó a manos británicas, la situación no hizo sino empeorar para los xhosa. Hasta entonces la población de la colonia era sólo de unas 60.000 personas, 27.000 de las cuales eran blancos, pero con el cambio de poder llegó también la primera gran oleada de colonos británicos y la llegada de un ejército profesional a la región, mejor equipado y preparado que las milicias bóer y cuyos soldados no tenían granjas a su cargo que limitaran el alcance y duración de sus acciones de castigo.

Visión idealizada de la llegada de los holandeses a Sudáfrica en 1652 | Wikipedia


Pero con el cambio de manos de la colonia, el clima social se fue enrareciendo. El aumento de población produjo que las tierras disponibles comenzaran a escasear. Tampoco fueron fáciles las relaciones entre el nuevo gobierno colonial inglés y los antiguos colonos de origen holandés. Muchas veces, los bóers se sentían abandonados por el nuevo gobierno, que mostraba una cierta indiferencia hacia sus problemas con los nativos.

Finalmente, la abolición de la esclavitud y las escasas compensaciones económicas que recibieron los que poseían esclavos acabaron acentuando el resentimiento de los bóer. Un resentimiento que sería uno de los motivos del Gran Trek, la marcha de unos 7.000 bóers que en 1835 decidieron abandonar sus tierras en la Colonia del Cabo y aventurarse más allá de lo conocido en búsqueda de nuevas tierras en las que poder asentarse fuera del control colonial británico.

Aunque otros historiadores consideran que el Trek fue también una huida de la conflictiva frontera oriental de la colonia y de los continuos enfrentamientos con los xhosa. De hecho, para los que se quedaron, la situación en la frontera no mejoró demasiado, continuando las disputas entre colonos y nativos, con un gobierno colonial que, o bien era incapaz, o continuaba sin mostrar demasiado interés por poner orden en la región.

Sin embargo, estos enfrentamientos armados no eran el único problema al que tenían que hacer frente los xhosa en tiempos de la profecía de Nongqawuse. Desde hacía un par de años, una enfermedad pulmonar, la perineumonía contagiosa bovina, había comenzado a cebarse con su ganado. Una enfermedad que además provocaba una muerte bastante angustiosa a los animales. Se trataba de enfermedad que habían traído los animales de los colonos blancos, pero muchos xhosa creían que las muertes eran producto de la brujería.

La muerte de los animales representaba un drama en una sociedad en el que uno de los pilares en los que basaba su supervivencia era la ganadería. Así que los xhosa desesperados probaban lo que fuera con tal de intentar proteger sus rebaños: llevarlos a zonas más aisladas, quemar los pastos alrededor de sus corrales,… pero todas estas medidas parecían servir de poco, lo que acrecentaba el sentimiento de desesperanza, de que poco podían hacer para evitar la muerte de sus animales, de que tarde o temprano la enfermedad acabaría con todos ellos.

Escena de la Octava Guerra Xhosa | Wikipedia

Fue, precisamente, en medio de este clima de desesperación cuando los antepasados hablaron a Nongqawuse. Un clima que los estudiosos coinciden en señalar como un factor necesario, aunque no suficiente, para todo lo que sucedería después.

En un principio, fueron pocos los que creyeron a Nongqawuse, así que los espíritus, pasado un tiempo, le pidieron que la próxima vez acudiera acompañada de su tío Mhalakaza, que con el tiempo se acabaría convirtiendo en el mensajero “oficial” del movimiento. Cuando este acudió, los espíritus le pidieron que transmitiera la profecía al Gran Jefe Sarhili.

Sarhili era un rey justo, respetado y amado por su pueblo. Aunque, al parecer, desde pequeño había estado bajo la influencia de hechiceros y adivinos, quizás, por eso, fue más fácil para Mhalakaza convencerlo. Cuando el Gran Jefe decidió sacrificar sus reses (aunque parece que no tocó sus campos de cultivo), fueron muchos los que siguieron su ejemplo.

Pasado un tiempo, Nongqawuse volvió a regresar al río donde los espíritus le habían hablado la primera vez y volvió a escuchar escuchó uno ruidos que parecían venir del más allá. La joven los interpretó como una señal de que las matanzas debían continuar y así fue.

Según la visión de Nongqawuse, los antepasados muertos, entre los que había grandes líderes xhosa, volverían el 16 de agosto de 1856. Ese día no sólo ayudarían a sus descendientes a expulsar a los blancos, sino que además traerían consigo nuevos y mejores rebaños de ganado para reemplazar a los que habían sido sacrificados. De repente, del suelo aparecerían nuevos campos de maíz listos para ser cosechados, los viejos se volverían jóvenes y, los problemas y enfermedades desaparecerían, así como también lo harían los que no habían creído.

Los antepasados traerían consigo animales sanos, más y mejores, por eso era necesario matar los que habían sido criados por manos impuras, por manos que habían practicado la brujería, para evitar que los contaminaran. Por eso era también necesario arrasar los campos, para evitar que los nuevos animales se contaminaran comiendo piensos y forrajes contaminados. Pero todo esto no sería posible si no se abandonaba la brujería. Es decir, las matanzas de animales serían más un ritual de purificación que un sacrificio en honor de los antepasados.

Pero Nongqawuse no estaba sola, según el historiador J. B. Peires, autor del libro “The Dead Will Arise: Nongqawuse and the Great Xhosa Cattle-Killing Movement of 1856-7”, había, por lo menos, otros cinco profetas en activo en los tiempos de la perineumonía bovina en el territorio xhosa. Algunos de ellos defendiendo que los rusos estaban ganando a los ingleses en la Guerra de Crimea con la ayuda de los espíritus de los guerreros xhosa muertos en las guerras pasadas. De hecho, algunos afirmaban que Rusia era una nación negra y que, una vez acabaran con los ingleses en Crimea, expulsarían a los ingleses de Sudáfrica para devolver a los Xhosa las tierras de sus antepasados.

Mapa de la Colonia del Cabo en 1809 | Wikipedia 

La muerte en la Guerra de Crimea en 1854 de George Cathcart, que había sido gobernador de la Colonia del Cabo entre 1852 y 1853, fue interpretada como una obra de los espíritus de los guerreros. Con el tiempo, parece algunos acabaron identificado aquellos espíritus que habían hablado con Nongqawuse con los fantasmas de los “rusos negros” que luchaban contra los ingleses muy lejos de Sudáfrica. Muchos creían que la guerra parecía inminente.

No obstante, Nongqawuse y los demás profetas tampoco eran los primeros en hacer extrañas profecías sobre una expulsión sobrenatural de los ingleses. Durante la Quinta Guerra Xhosa, un profeta llamado Makana aconsejó al jefe Ndlambe atacar a la guarnición inglesa acuartelada en Grahamstown sin miedo, porque los dioses estaban de su parte y las balas inglesas se convertirían en agua.

Fueron muchos los que creyeron a Makana y finalmente el jefe Ndlambe decidió atacar la ciudad a plena luz del día. Los xhosa eran unos 6.000 y los ingleses apenas unos 350. Sin embargo, y pese a su inferioridad numérica, los ingleses consiguieron resistir hasta la llegada de más refuerzos. Pese a que la victoria estuvo cerca para los xhosa, el asalto acabó en fracaso y acabaron perdiendo un número muy grande de hombres. Después de la derrota Makana se entregó a los ingleses, que lo encerraron en la prisión de Robben Island. Como resultado de la derrota, los ingleses volvieron a mover la frontera de la colonia un poco más hacía el este y las nuevas tierras fueron ocupadas por 5.000 colonos traídos desde las Islas Británicas.

Durante la octava guerra (1850-1853), volvió a repetirse una historia casi idéntica. Esta vez fue un profeta llamado Mlanjeni el que aseguró que los xhosa serían invulnerables a las balas británicas. Estas profecías causaron una cierta agitación entre el pueblo y acabaron desembocando en una nueva guerra. Después de unas primeras victorias, la llegada de refuerzos desde Ciudad del Cabo acabó decantando la situación en favor de los ingleses. Los xhosa, una vez más, acabaron derrotados.

En el caso de Nongqawuse, no todos llegaron a creer su profecía, aunque fueron muchos los que acabaron sacrificando su ganado por una mera cuestión de obediencia. Para otros, los que no tenían ganado, fue mucho más fácil creer y además se convertían en grupo de presión sobre los que no la querían seguir y sí que tenían animales. También hubo los que se opusieron e intentaron poner fin a las matanzas, algunos de los cuales aún tenían muy presente anteriores profecías, pero su éxito fue escaso. Las zonas donde hubo menos seguimiento, fueron a las que la perineumonía llegó más tarde.

Mientras, los meses pasaban y la excitación iba creciendo a medida que se acercaba el 16 de agosto, el día de la “resurrección en el que tantas cosas tenían que pasar,… pero, ese día, el Sol salió del mismo color que siempre, no rojo como Nongqawuse había dicho. Fue un día de tensa espera durante el cual cualquier ruido se asociaba como una posible señal de la llegada de los “rusos negros o de la de los espíritus de los antepasados, pero nada sucedió.

Después de la decepción inicial, se comenzaron a proponer nuevas fechas. Se culpó a los que habían vendido sus animales, en vez de matarlos. Era necesario que los sacrificaran para que la profecía se cumpliera. Así que, las matanzas de ganado tenían que continuar. Pero volvió a llegar el nuevo día “señalado”, el 18 de febrero del 1857, y otra vez nada pasó. Para entonces, el mal ya estaba hecho y, aunque el jefe Sarhili definitivamente perdió la fe en la profecía y ordenó al resto de jefes que prohibieran las matanzas de ganado, ya era demasiado tarde.

Las consecuencias habían sido terribles. El 85% de los xhosa había matado sus animales, unas 400.000 cabezas de ganado. La población en la región de Kaffraria había pasado de unas 105.000 personas a tan sólo unos 25.000. Según el historiador J. B. Peires, de los 80.000 que faltaban, la mitad habían muerto víctimas de la hambruna y la otra mitad había decidido emigrar a la Colonia del Cabo en busca de alimentos y ayuda. Testimonios de la época dejaron constancia de aquellos “esqueletos andantes” que deambulaban por la colonia. Según parece, en algunos casos, la situación llegó a ser tan crítica que se recurrió al canibalismo. Aunque el gobernador prohibió a los colonos que los ayudaran no ser que los xhosa aceptaran contratos laborales con ellos.

Sir George Gray (14 de Abril 1812 – 19 de Setiembre 1898), cuando era gobernador de la Colonia del Cabo | Wikipedia

Las tierras que quedaron abandonadas después del conflicto acabaron siendo ocupadas por los legionarios alemanes que habían combatido al lado de los británicos en Crimea y otros 2.000 más provenientes del norte de Alemania.

Si bien, en un principio, los seguidores de Nongqawuse culparon a los que no habían seguido sus mandatos, con el tiempo, se acabaron volviendo contra ella. Nongqawuse sobrevivió, pero acabó siendo arrestada por los ingleses que la encerraron en la prisión de Robben Island. Con el tiempo, fue liberada y vivió hasta su muerte en 1898 en una granja en lo que hoy es la Provincia Oriental del Cabo. Su tío, Mhalakaza, parece que murió de hambre.

El Gobernador Grey culpó del desastre al Gran Jefe xhosa Sarhili. Grey defendía que todo había sido una treta de este para llevar a su pueblo a un nivel de desesperación tal que fuera más fácil levantarlo contra los ingleses. Muchos estudiosos defienden esta teoría y aseguran que muchos jefes xhosa estaban preparándose para la guerra con los europeos y tenían planeado lanzar a toda la nación xhosa en armas contra la colonia. Aunque son menos, otros estudiosos, y la mayoría de xhosa actuales, defienden precisamente lo contrario y acusan a Grey de ser haber utilizado a Nongqawuse en su propio beneficio para debilitar a la nación Xhosa, como acabó, de hecho, acabó sucediendo.

Mhalakaza, el tío de Nongqawuse, también es un personaje muy cuestionado, al que algunos consideran el auténtico instigador del movimiento. Un manipulador que con sus tretas consiguió convencer a Sarhili y a otros muchos jefes xhosa que acudieron a “ver los espíritus” que se le aparecían a su sobrina. Aunque los más afortunados, como mucho, llegaron a ver unas sombras negras sobre el agua, porque Mhalakaza nunca permitió a los visitantes acercarse, y otros se tuvieron que conformar con ver a Nongqawuse conversando con los espíritus.

J. B. Peires sostiene que el movimiento se basó principalmente en creencias ancestrales xhosa pero con influencias cristianas que habían sido introducidas por los misioneros. Para los xhosa los antepasados nunca acababan de “irse” del mundo de los vivos, más bien pasaban a una posición “superior” de él, donde se convertían en los responsables de la buena salud y la prosperidad de los vivos. O de castigar a los que tenían un comportamiento incorrecto.

Del Cristianismo, parece que tomaron prestada la idea de la resurrección. El regreso de los muertos a la vida parece que ya era una idea presente entre los xhosa, pero los misioneros ayudaron a darle más credibilidad y consistencia. No en vano, la resurrección había sido una de las ideas cristianas que había despertado más interés entres los xhosa.

También, resulta evidente el carácter milenarista del movimiento: el anuncio de la intervención de una gran fuerza que corregirá todos los males de una sociedad en crisis. Una sociedad que tenía que hacer frente a una catástrofe natural, como fue la perineumonía bovina, a la que sus élites eran incapaces de dar una solución. Un pueblo derrotado una y otra vez por los ingleses.

La profecía de Nongqawuse ofrecía una solución religiosa después de que la militar hubiera fracasado una y otra vez. De hecho, los xhosa aún volverían a ir a la guerra con los británicos una última vez en 1877. Pero esta vez, el resultado era aún más predecible, si cabe, que en anteriores ocasiones. Después de las hambrunas que habían seguido a las matanzas de ganado, la nación xhosa se encontraba más debilitada y dividida que nunca. La guerra acabó en derrota para los xhosa, como las ocho anteriores y, como consecuencia de ella, finalmente, todas las tierras de los xhosa pasaron a formar parte de la colonia.

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+info:
- Nongqawuse in en.wikipedia.org
- Xhosa cattle-killing movement and famine in en.wikipedia.org
- Xhosa Wars in en.wikipedia.org
- The Central Beliefs of the Xhosa Cattle-Killing (PDF) by J. B. Peires
- The National Suicide of the Xhosa in Christian Action Magazine
- New Country, New Race, New Men: War, Gender and Millenarism in Xhosaland, 1855-1857 (PDF) by Helen Bradford
- The Dead Will Arise: Nongqawuse and the Great Xhosa Cattle-Killing Movement of 1856-7 in Google Books
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martes, 3 de agosto de 2010

Y las islas Saint Kilda se quedaron solas

Después de cómo mínimo dos milenios, el 29 de agosto de 1930, fueron evacuados los últimos 36 habitantes de Saint Kilda, una de las comunidades más aisladas del Reino Unido, que hasta mediados del siglo XIX había vivido casi sin contacto con el mundo exterior. Finalmente, las influencias externas habían acabado arruinando su modo de vida propio marcado por la autosuficiencia.


The Street en 1886

No se conoce de la existencia de ningún santo con el nombre de Kilda, por lo que existen diferentes teorías que intentan explicar el nombre del archipiélago, que aparece escrito por primera vez en un mapa holandés de 1666. Una de las que cuenta con más adeptos sostiene que el nombre proviene por degeneración de “sunt kelda”, pozo de agua dulce en nórdico antiguo.

El archipiélago está formado por varias islas. La más grande, de unas 670 hectáreas, se llama Hirta y es donde se encuentra el punto más alto de todo el archipiélago, Conachair, de 430 metros. La siguen Soay, de apenas 100, y Boreray, de 86. El archipiélago forma parte de las Hébridas Exteriores aunque está situado a 64 kilómetros del resto de islas de ese archipiélago.

Es precisamente este aislamiento el que ha permitido a Saint Kilda ser el hogar de dos subespecies endémicas, el chochín y el ratón de campo de Saint Kilda. En el pasado había una tercera, el ratón doméstico, pero después de la evacuación de la población humana acabó desapareciendo.

Este aislamiento ha sido también el responsable de la escasa biodiversidad de las islas. La vida vegetal está fuertemente influenciada por la sal del mar del ambiente, los fuertes vientos y la acidez del suelo. No hay árboles en ninguna de las islas, aunque sí unas 130 especies distintas de plantas.

Dún, situado en una de las puntas de Village Bay y de 178 metros de altura. Foto Lyonheart

Los primeros humanos parece que llegaron a la isla durante la Edad de Bronce, aunque, recientemente, se han encontrado restos de un posible asentamiento neolítico anterior, por lo que podrían haber estado habitadas ya hace cinco mil años. En cualquier caso, la primera referencia documental que tenemos de ellas es la de un clérigo islandés que en 1202 dice haberse refugiado en una isla llamada “Hirtir”. De esta época, se han encontrado broches, espadas de hierro y monedas danesas que indican una presencia vikinga más o menos constante en Hirta, aunque no queda ningún otro resto arqueológico de esa presencia.

Históricamente, las islas formaron parte de los dominios clan de los MacLeod de Harris. Los MacLeod las gestionaban a distancia y era su administrador el que solía pasar una temporada en ellas durante el verano. En ocasiones, acudía acompañado de hasta una cincuentena de personas, algunas de ellas pobres y a las que se esperaba que los habitantes de St Kilda les ofrecieran su hospitalidad.

El administrador era el encargado del cobro de las rentas y otros derechos. Hasta el siglo XIX, no se introdujo el dinero en la isla, por lo que estos pagos se hacían en especie. El administrador recibía cebada, avena, pescado, productos de la ganadería y especialmente de las aves marinas, como plumas y aceites, que luego vendía para obtener dinero. Después, destinaba una parte de ese dinero para la compra de productos “importados” para la población.

A los pies de los acantilados (1898)


Cazando frailecillos (1898)

Los propietarios obtenían un beneficio económico, pero también asumían una responsabilidad para con los isleños y era habitual que durante periodos de escasez renunciaran a parte de la renta y les enviaran suministros y comida. En parte era por interés propio, pues le interesaba que los habitantes tuvieran un nivel de vida aceptable y siguieran allí para generar la próxima renta anual.

Algunos consideran que el modelo de organización social de las islas se podría resumir como un comunismo feudal. A pesar de tener un administrador y un “señor”, la mayor parte del año la comunidad se sentía libre, pudiendo vivir a su manera. De acuerdo con este enfoque “comunista”, las tierras se repartían siguiendo un sistema de rotación. Cada arrendatario tenía parcelas repartidas por toda la zona cultivable y cada año cambiaban.

La única isla habitada era Hirta y nunca contó con una gran población. Se calcula que en su punto máximo, a finales del siglo XVII, vivían en ella unas 27 familias, lo que suponía un total de 180 personas. Esta población fue fluctuando en función de la emigración y de las enfermedades. Así, en 1727, una epidemia de viruela la redujo a tan sólo 30 personas. Los propietarios de la isla se apresuraron a repoblarla con gentes de otras islas, a las que atrajeron mediante la oferta de tierras a cambio de una renta razonable y de un estándar de vida aceptable para la época.

Las gentes de Saint Kilda eran sencillas y pobres, según la descripción del clérigo escocés Donald Monro que visitó las islas en 1549. Según este clérigo, contaban con escasos conocimientos de ninguna religión y esto a pesar de que el administrador de los MacLeod durante su visita veraniega a la isla hacía venir un capellán, que, entre otras cosas, bautizaba a los niños.

Reparto de los fulmares cazados. Foto de George Washinton Wilson

En opinión de algunos, el aislamiento y la dependencia de la naturaleza para su supervivencia hacía que muchos de los habitantes de St Kilda tuvieran unas ideas más próximas a las de los antiguos druidas que a las cristianas. Algunas fuentes sostienen que existían hasta cinco altares druídicos hasta poco antes de la llegada en 1822 del reverendo John MacDonald.

MacDonald se tomó su misión muy en serio y durante ocho años realizó visitas periódicas a la isla. Pese a que algunos lo critican por tener escasos conocimientos religiosos, MacDonald consiguió despertar un gran entusiasmo entre la población que lloró amargamente cuando se marchó por última vez ocho años después.

Su sucesor fue el reverendo Neil Mackenzie, que llegó el 3 de julio de 1830. Durante su estancia mejoró enormemente las condiciones de la vida en Saint Kilda. Reorganizó su agricultura de manera que cada arrendatario tenía su propia parcela, mayor que las anteriores y fija, y, además, fue el responsable de la creación de una escuela dominical para la educación religiosa y de la primera escuela de asistencia diaria en la que se enseñaba a leer, escribir y aritmética básica.

Finlay McQueen y su hija trabajando sus campos en 1910

Niños en la escuela

El papel del nuevo reverendo resultó igualmente decisivo para la construcción del nuevo pueblo. El pueblo antiguo estaba formado por unas 30 casas bajas en Village Bay (había otro asentamiento secundario usado solamente durante los veranos en Gleann Bay). En Village Bay, había un poco de todo, desde las típicas casas negras de las Hébridas, hasta otras más peculiares que tenían forma de colmena. Estas últimas eran unas construcciones en piedra seca abovedadas y que, en vez de una cubierta de paja, estaban cubiertas por una capa de césped que las protegía de los vientos y del agua de la lluvia. En algunos casos, las camas estaban construidas en los muros de las casas para dejar espacio para el ganado que se guardaba en primavera e invierno dentro de las casas.

Aparte de las casas del pueblo, Hirta estaba llena de cleits, otro tipo de construcción en piedra seca y que era utilizado como almacén, aunque alguna vez podría haber sido usado como refugio temporal. Los había en forma de colmena o más cuadrados cubiertos con losas alargadas de piedra.

Los cleits, al igual que las casas, también solían estar cubiertos por una capa de césped, pero no así sus paredes laterales. De esta manera, el agua no podía entrar, pero sí el aire, un aire marino impregnado de sal que resultaba ideal para la conservación de la carne de las aves, de sus huevos, del grano, patatas, estiércol o césped seco para el fuego. Según algunos expertos, la entrada solía estar bloqueada por media docena de piedras apiladas unas encima de otras, sólo los más grandes y mejor construidos contaban con una puerta de madera. En total, se calcula que en Hirta había unas 1.200 de estas estructuras y otras 200 repartidas por el resto de islas y stacks.

El edificio más antiguo de las islas, sin embargo, se descubrió en 1844. Se trataba de un subterráneo de aproximadamente 2.000 años de antigüedad y que los isleños supusieron que habría servido como refugio o escondite, aunque hoy en día se cree más posible que se trate de un pozo de hielo.

Acuarela de David Quine que muestra pueblo en 1831 en la que se pueden ver varias black houses cubiertas con techos de paja.

El pueblo en 1886.

The street en 1886

Como en Saint Kilda no crecía ningún árbol, toda la madera que se utilizaba en la construcción venía del exterior, ya fuera arrastrada por las mareas o en barcos. Así no era de extrañar que como pasaba en otras islas, en muchas ocasiones, las vigas de madera del tejado se convertían en la parte más cara de la casa.

El nuevo pueblo se construyó gracias a una donación hecha por Sir Thomas Dyke Ackland. En total se construyeron 30 casas organizadas en torno a una calle en forma de media luna. Las casas eran las típicas casas negras de la Hébridas con una sola habitación que en invierno las familias compartían con su ganado. Fue una mejora importante, las nuevas casas con muros de piedra dobles y con una capa de barro en el interior resultaban mucho más confortables que las antiguas, que no dejaban de ser un “cleit” de mayor tamaño. En 1860, después de que un vendaval dañara seriamente las casas construidas en 1830, se construyeron otras, esta vez de dos habitaciones y con un pequeño recibidor en la entrada y las construidas en 1830 pasaron a dedicarse en exclusiva para cobijar el ganado. Las nuevas casas eran mucho más higiénicas y luminosas que las anteriores. Sin embargo, tenían unas paredes y un tejado de menor grosor que las anteriores, lo que hacía más difíciles de calentar sin el carbón que se llegaba desde tierra firme.

La estancia del sucesor de Mackenzie, John Mackay, sin embargo, no fue tan positiva para la isla y sus gentes. De hecho, muchos consideran a MacKay uno de los mayores responsables de la destrucción del modo de vida tradicional de Saint Kilda. Este reverendo introdujo tres servicios religiosos de 2 a 3 horas de duración cada domingo y que eran de asistencia obligatoria, además de varias reuniones durante la semana. No es de extrañar que todo este tiempo que los isleños tenían que dedicar obligatoriamente a las prácticas religiosas y a su preparación comenzó a afectar al que dedicaban a sus tareas cotidianas.

El rigor de MacKay era tal que en una ocasión, cuando la isla estaba pasando por una temporada de escasez, llegó un barco “al rescate” con víveres un sábado. Pese a la gravedad de la situación, el reverendo consideró que los parroquianos tenían que dedicar lo que quedaba del día a prepararse para el domingo y les prohibió acudir a su descarga. No quedó otra opción que esperar hasta el lunes para que el barco fuera descargado.

Foto de Kyle Christie


Cleits, foto de Steve Goldthorp

Los veinte años que Mackay permaneció en la isla fueron malos para Saint Kilda, pero no fue mejor el efecto del turismo. El siglo XIX trajo consigo el fin del aislamiento secular del archipiélago y los vapores cargados de turistas comenzaron a visitar Saint Kilda durante los meses de verano. Los ingleses de la época victoriana quedaron fascinados por aquellos compatriotas suyos que hablaban gaélico y comían frailecillos cocidos con gachas de avena y que vivían en estructuras de piedras con forma de colmena.

Unas gentes que cada mañana se reunían en su “parlamento” para decidir cómo se repartían las tareas comunitarias. Una reunión que no era liderada por nadie y en la que todos tenían el derecho de tomar la palabra. A menudo las discusiones creaban discordia, pero ninguna lo suficientemente para dividir de forma permanente a la comunidad. Aunque no era una sociedad tan utópica como se pudiera pensar, lo cierto es que no se tiene constancia de que se cometiera ningún crimen en las islas ni de que ninguno de sus habitantes luchara en ninguna guerra durante cuatro siglos de historia.

La vida en Saint Kilda era sencilla, como la dieta de sus habitantes. Un dieta basada en la agricultura de subsistencia y que se complementaba con los huevos y la carne fresca o curada de las aves marinas que anidaban en la isla durante la época de cría, durante la cual se calcula que pasaban casi un millón de aves por ella. Los isleños trepaban y se descolgaban con gran habilidad por los acantilados y los stacks marinos sujetos por cuerdas para recoger los huevos y los polluelos de alcatraz, fulmar o frailecillo. Era una actividad arriesgada y se producían accidentes, pero no tantos como se pudiera pensar.

Las plumas se vendían para hacer colchones y el aceite del estómago de los fulmares era un producto muy preciado por sus propiedades medicinales. Los isleños mataban una cantidad de aves marinas nada desdeñable. Según algunas estimaciones que parecen bastante razonables, en la década de 1830, podían rondar los 4.000 alcatraces y los 12.000 fulmares. Aunque por la cuenta que les traía, en ningún momento parece que estas cacerías llegaran a diezmar la población de aves marinas de las islas.

St. Kilda, Its People and Birds (1908). Filmación en la que se puede ver a los isleños descendiendo por los acantilados para cazar fulmares. Ver en youtube.com

Los isleños también se alimentaban de carne de oveja, ternera, cereales y productos frescos, todos productos locales. La leche de oveja se utilizaba además para hacer queso. En varias ocasiones, intentaron, aunque con diferente éxito, cultivar patatas, coles o nabos para complementar la dieta. Sin embargo, la pesca, en parte por no contar con un muelle adecuado hasta 1901 y por lo peligroso e impredecible de las aguas que rodeaban las islas, no fue nunca una fuente principal de alimento. En cualquier caso, el modo de vida de los habitantes de Saint Kilda difería en poco del de cualquier otra isla del Atlántico Norte.

En un principio, el turismo tuvo un efecto positivo al proporcionar a los isleños la posibilidad de obtener unos ingresos extra vendiendo tweeds (tejidos tradicionales), calcetines, guantes, huevos de los pájaros y otros productos ornitológicos a los turistas. Sin embargo, el precio a pagar acabó resultando demasiado alto. Por un lado, la auto-estima de la comunidad se vio extremadamente resentida al sentirse como unas meras curiosidades, pero aún fue peor el efecto que tuvieron las enfermedades que los barcos traían.

El "parliament"

Durante el siglo XIX, parece que la salud de los habitantes de Saint Kilda era mejor que la del resto de habitantes de las Hébridas. Sin embargo, ahora se trataba de enfermedades nuevas, hasta entonces desconocidas en la isla, como, por ejemplo, el tétanos infantil, una enfermedad que supuso un incremento del 80% de la mortalidad infantil en Hirta.

Además, poco a poco, la isla comenzó a perder su autosuficiencia, pasando a depender cada vez más de la comida, el combustible y los materiales de construcción que venían de fuera. En 1852, 36 de sus habitantes emigraron a Australia, aunque muchos murieron en el camino. Con esta marcha comenzó la lenta decadencia de la isla. A medida que la población comenzó a disminuir, se hizo más evidente el sentimiento de aislamiento, especialmente al no contar con un medio de comunicación que les conectara con tierra firme. Sólo les quedaba la opción de enviar una especie de mensajes en una botella. El primero de ellos en 1876, durante un período de escasez. Dentro de una caja estanca de madera con forma de bote atada a una vejiga de oveja que hacía de flotador, enviaron una carta pidiendo ayuda. Fueron muchos los mensajes que arrastrados por las corrientes llegaron hasta Escandinavia y Escocia.

The Street en la actualidad. Foto de Rob Sutton

Vista de Village Bay en la actualidad. Foto de weychan

A principios del siglo XX, sin embargo, la isla y su población parecían volver a recuperar el optimismo. Atrás quedaban los primeros planes de evacuación de Hirta del 1875. Se creó la primera escuela “formal en la isla, donde los niños comenzaron a aprender inglés aparte de su lengua materna, el gaélico. La enfermera residente y el nuevo ministro introdujeron mejoras sanitarias que redujeron la incidencia del tétanos infantil. A pesar de algunos periodos de escasez y una epidemia de gripe en 1913, la población se mantenía estable en torno a las 80 personas.

Después llegaría la Gran Guerra, cuando la Royal Navy instaló una emisora en Hirta y por primera vez la isla estuvo conectada con la tierra firme. La instalación duró poco porque el 15 de mayo de 1918 un submarino bombardeó la isla y la destruyó. 77 proyectiles cayeron sobre Hirta, varias edificaciones sufrieron daños, pero afortunadamente no hubo pérdidas humanas. Como protección para posibles ataques futuros, se instaló una batería de artillería, aunque nunca hizo falta dispararla. Durante esta época comenzó también el desarrollo de una economía basada en el dinero, que hacía la vida más fácil, pero más dependiente del exterior.

Stac Lee. Foto de Iancowe

La llegada de los militares, produjo un efecto similar al que años antes había producido la llegada de los primeros turistas, al hacer más evidente a ojos de los habitantes las privaciones que padecían en su vida diaria. A pesar de la construcción en 1902 de un pequeño espigón, las islas seguían estando incomunicadas durante los períodos de mal tiempo. Después de la guerra, la mayoría de los hombres jóvenes emigraron y la población pasó de las 73 personas que había en 1920 a tan sólo 37 en 1928.

Al marcharse la mayoría de jóvenes, se hizo mucho más complicado continuar con el antiguo esquema de reparto de las tareas cotidianas según el cual los más capacitados se encargaban de conseguir el alimento para aquellos que no podían valerse por sí mismos, ya fuera porque eran personas mayores o por estar enfermos. De esta manera, las condiciones de vida de los quedaron se resintieron.

Posteriormente, en 1926, murieron cuatro hombres de los que se habían quedado de gripe. Todo esto coincidiendo con una serie de malas cosechas. Sin embargo, la gota que colmó el vaso fue la muerte por apendicitis de una chica embarazada en 1930. Los isleños hicieron señales a un barco que pasaba por la zona para que acudiera a ayudar a la joven, pero las olas hicieron imposible enviar un bote en su búsqueda. Tuvieron más suerte unos días más tarde, esta vez otro barco que pasaba sí que pudo enviar un bote para recogerla, sin embargo, para cuando la joven llegó al hospital de Glasgow era ya demasiado tarde para salvarla a ella o al bebé.

Embarcando para quizás no volver jamás a Saint Kilda

Finalmente, el 10 de mayo de 1930 la comunidad decidió enviar una carta colectiva a William Adamson, el Secretario de Estado para Escocia, solicitando su evacuación. En ese momento la isla pertenecía a Sir Reginald MacLeod, quien afirmó, con algo de tristeza, que aquellas familias que se marchaban habían sido arrendatarias de su familia durante mil años. Su afirmación no se puede verificar, pero es probable que tenga algo de cierto.

Los habitantes de las islas fueron realojados en Argyll. El gobierno se encargó de proporcionarles casa y trabajo. Los hombres pasaron a trabajar para el servicio forestal. Era la primera vez que tenían un jefe y era, además, un curioso trabajo para alguien que había vivido toda su vida en una isla en la que no crecían los árboles.

La adaptación no fue fácil. Los isleños no estaban habituados a una economía basada en el dinero. En las islas todo se repartía a partes iguales y todos se ayudaban entre sí. Sin embargo, en tierra firme todo era muy distinto. El sueldo no era suficiente, pero tampoco contaban con ahorros ni pensiones. Además, su resistencia a las enfermedades era menor que la de las gentes del lugar. Varios niños murieron de tuberculosis en los años siguientes a la evacuación. No es de extrañar que los isleños no tardaran en sentirse desilusionados. La evacuación no había resultado ser la solución a todos sus problemas, como ellos esperaban.

St Kilda Britain’s Lonliest Isle 1928, documental que muestra la visita del primer barco, después de 9 meses de aislamiento. Ver en youtube.com

Con el paso del tiempo y los esfuerzos del gobierno, los más jóvenes se fueron adaptando y pudieron optar a una vida mejor, sin importarles, aparentemente, que esto supusiera la desaparición de un modo de vida único y ancestral.

Por su parte, el antiguo señor, Reginald Macleod, vendió las islas a Lord Dumfries un año después de la evacuación. Durante los años siguientes, las islas permanecieron en soledad durante la mayor parte del año. Sólo en verano, con el regreso de alguna de las antiguas familias, la vida parecía volver a la isla. Aunque poco a poco, las visitas fueron disminuyendo y en 1939 los tejados de las casas comenzaron a hundirse. Hasta 1957, las islas no volverían a estar habitadas. Unos años antes, el gobierno británico incorporó Saint Kilda a su sistema de seguimiento de misiles, para lo que se construyeron una serie de instalaciones militares.

Una de las casas durante el invierno. Foto de jonesor

Hoy en día, aunque no cuenta con residentes permanentes, Hirta continúa habitada durante todo el año por un pequeño número de civiles que trabajan en la base militar. La población aumenta en verano con la llegada de científicos y equipos de voluntarios que colaboran en los trabajos de conservación de las casas y muros que aún quedan en la isla. De los habitantes que vivían en la isla antes de la evacuación, en 2009 sólo quedaban vivos dos.

Enlace permanente a Y las islas Saint Kilda se quedaron solas

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+info:
- St Kilda, Scotland in en.wikipedia.org
- St Kilda, a World unto Itself (PDF) by Nick Atiken in stonexus
- St Kilda in Abandoned Communities
- St Kilda by The National Trust for Scotland
- St Kilda: the edge of the world in guardian.co.uk
- The Cleitean of the St. Kilda Archipelago in the Outer Hebrides by Chistrian Lassure
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martes, 5 de enero de 2010

Erzsébet Báthory, la condesa sanguinaria

Erzsébet Báthory era miembro de una de las familias más poderosas de la Hungría del siglo XVI, pero acabó sus días emparedada en unas cuantas habitaciones de su castillo de Catchtice. Era su castigo por haber matado y torturado a, por lo menos, 80 chicas. Erzsébet ha pasado a la historia como una mujer cruel, obsesionada por la belleza y la sangre de sus víctimas, aunque para otros fue simplemente la víctima de una conspiración para acabar con su enorme poder.

Erzsébet con 25 años. Copia de un retrato original de 1585.

Erzsébet había nacido en 1560 en el seno de una de las más poderosas familias de la Hungría de la época, los Báthory. Por parte de madre, era sobrina del rey de Polonia; por parte de padre, prima del Gran Príncipe de Transilvania. En una época en la que la mayoría de los nobles eran iletrados, Erzsébet era una persona educada, conocía el latín, el alemán y muy probablemente el griego.

Aunque se sabe muy poco de su infancia, en un intento de encontrar una explicación a su crueldad, algunos han sugerido que podría haber sufrido algún tipo de trastorno mental desde bien pequeña. Se dice que de niña Erzsébet sufría ataques que venían acompañados de espasmos y pérdida de control. Podría tratarse de ataques epilépticos, posiblemente propiciados por la endogamia propia de su familia.

El entorno en que creció también podría haber influido en su manera de actuar. Se trataba de una época en que la violencia y el castigo corporal estaban a la orden del día. En muchos casos, el castigo físico era visto como una forma de educar. Las ofensas más triviales eran castigadas de forma desproporcionada. Es probable que durante su infancia Erzsébet se hubiera acostumbrado a los castigos brutales, viendo como trataban los oficiales de su familia a los siervos en sus fincas. Con el tiempo, Erzsébet podría haber llegado a insensibilizarse ante este sufrimiento y dolor ajeno.

Con sólo once años, algo habitual en la época, se prometió con Ferenc Nádasdy y se mudó al castillo de su familia en Sarvar. Los Nádasdys tenían fama de ser unos señores severos y algunos creen que pudo ser su futuro marido el que la inició en el pasatiempos” de torturar sirvientas. Con 14 años, según algunas fuentes, quedó embarazada de un joven campesino. Para evitar el escándalo fue recluida en unos de los castillos de la familia hasta que dio a luz, del niño y del campesino, jamás se supo nada.

Finalmente, en 1575 contrajo matrimonio con Ferenc. A la boda asistieron unos 4.500 invitados. Erzsébet conservó su apellido porque su familia era más poderosa que la de su esposo. Muy probablemente el matrimonio fue un acuerdo político entre las dos familias.

Hungría en torno al 1550

Como regalo de bodas, recibió el que se convertiría en su hogar, y más tarde su prisión: el castillo de Cachtice, situado en los Cárpatos. Junto con el castillo recibió tierras y 17 pueblos cercanos. Sólo 3 años después de la boda, en 1578, Ferenc fue nombrado comandante en jefe de los ejércitos húngaros en su permanente guerra contra los turcos.

Con su marido en la guerra, la joven Erzsébet pasaba la mayor parte de su tiempo sola ocupándose de las propiedades y negocios de la familia. Como otros nobles de la época, también se ocupaba del cuidado y protección de sus siervos, a los que en casos de necesidad les proporcionaba ayuda médica o comida. También era habitual que los hijos de los siervos que mostraban más capacidades fueran educados por la nobleza. La nobleza se beneficiaba del trabajo de los siervos y por ello tenía un cierto interés en su bienestar. Aunque la buena voluntad hacia los sirvientes dependía de cada caso en particular. Había aristócratas que se consideraban “humanistas”, pero otros se mostraban crueles con los que eran vistos como “seres inferiores”.

En 1585, Erzsébet tuvo su primera hija de Ferenc, Ana. Más tarde tendría otra niña y un niño, Ursula y András, aunque los dos morirían a edad temprana. En 1598, tendría dos hijos más, Katherine y Pál.

Era una época especialmente complicada y violenta de la historia de Hungría. Después de la victoria otomana en la decisiva de batalla de Mohács del 1526, el país había quedado partido en dos, una gran parte de Hungría, incluyendo la parte sur de la actual Eslovaquia, había quedado bajo el control turco. Pero las fronteras no eran fijas, sino que se movían en función de los éxitos militares de las dos partes. Los turcos continuaron su expansión hasta el 1556.

Incluso durante los períodos de supuesta paz la violencia no desaparecía. Las incursiones turcas continuaban, gracias a los botines que obtenían de sus saqueos se reducía el esfuerzo que suponía para el Imperio mantener su ejército. La confiscación de suministros y las cosechas perdidas causaban interminables hambrunas y epidemias.

Entre 1593 y 1606 estalló la Guerra Larga” contra los turcos. Prácticamente toda la nobleza húngara participó. Entre ellos, el marido de Erzsébet y el futuro palatino de Hungría, Janos Thurzó. Erzsébet, mientras, tenía que defender las propiedades de la familia que estaban en el camino a Viena. Un emplazamiento peligroso como se había demostrado en ocasiones pasadas cuando los turcos habían saqueado el pueblo Cachtice. Las posesiones cercar de Sarvar, situado próximo a la frontera entre la Hungría otomana y cristiana, corrían un riesgo aún mayor.

Ruinas del castillo de Cachtice Foto original slovakia.com

De estos años existen testimonios de situaciones en los que Erzsébet mostró una actitud muy diferente de por la que pasaría a la historia. Varios casos en los que intercedió en favor de mujeres indigentes y un par en el que lo hizo por una mujer cuyo marido había sido capturado por los turcos y otra cuya hija había sido violada.

No obstante, otras fuentes (aunque bien podría formar parte sólo de su leyenda) dan una imagen más banal de Erzsébet. Según estas fuentes, la condesa era una narcisista que vivía obsesionada por la belleza. Acostumbraba a cambiarse de vestido cinco o seis veces al día y pasaba largas horas ante el espejo contemplando su belleza. Además, usaba todo tipo de ungüentos y aceites para conservar la blancura de su piel.

El marido de Erzsébet moriría antes de que acabara la guerra, en 1604, a la edad de 47 años. No está clara cuál fue la causa de su muerte, pero podría ser una herida en el campo de batalla o el cansancio y la tensión acumulados durante los años de guerra. Erzsébet, viuda como estaba, quedó en una situación delicada. Tenía grandes posesiones, pero no disponía de un ejército con el que defenderlas. El propio marido de Erzsébet, consciente de la situación en que quedaría su mujer si a él le sucedía algo, había pedido a la familia amiga de los Batthyányi y al propio Thurzó (aunque no eran grandes amigos, tal vez al predecir su futuro ascenso) que cuidaran de Erzsébet si él moría.

Antes de la muerte de Ferenc, ya habían comenzado a circular por la región rumores de que algo siniestro estaba sucediendo en el castillo de Cachtice. Aunque es probable, según algunos estudiosos, que su obsesión por la disciplina y los castigos creciera como respuesta a la situación de vulnerabilidad en la que se encontraba como viuda.

El ministro luterano István Magyari fue el primero que se quejó públicamente y después ante la corte de Viena sobre los asesinatos y torturas que estaban ocurriendo en el castillo. Sin embargo, las autoridades tardaron varios años en actuar. No fue hasta 1610 cuando el rey Matías II pidió al Palatino de Hungría, Janos Thurzó, que investigara el caso. Debido al enorme poder de Erzsébet y la gravedad de la acusación, la investigación tuvo que ser llevada con la máxima discreción.

Thurzó envió a dos notarios a la zona para reunir pruebas en marzo de 1610. Incluso antes de obtener ningún resultado, Thurzó intentó llegar a un acuerdo con el hijo de Erzsébet, Pál, y con sus dos yernos. Un juicio y una ejecución habrían causado un escándalo público y habrían arruinado la reputación de una familia noble e influyente que en aquel tiempo gobernaba sobre Transilvania. Además, las propiedades de los Báthory hubieran sido incautadas por la corona. El acuerdo inicial era encerrar, secretamente, a Erzsébet en un convento de monjas.

Cartel de la película “The Countess” (2009)

Sin embargo, todo cambió cuando se comenzó a sospechar que entre las víctimas de Erzsébet no sólo había jóvenes sirvientas y campesinas, sino que también había hijas de pequeños nobles. En ese momento se decidió que Erzsébet tenía que ser puesta bajo arresto domiciliario, aunque su castigo no pasaría a más.

El 30 de diciembre de 1610, Thurzó acudió al castillo de Cachtice y arrestó a Erzsébet y a cuatro de sus sirvientes, acusado de cómplices. Según se cuenta, los hombres de Thurzó encontraron una chica muerta y otra agonizando. Otra más estaba herida y eran varías las que estaban encerradas en los subterráneos del castillo.

Los notarios interrogaron a más de 300 testigos. El acta del juicio recoge el de los cuatro cómplices y trece testigos. Además de nobles y sacerdotes, también se interrogó al personal del castillo de Cachtice. Según todos estos testimonios, las primeras víctimas habían sido chicas campesinas locales, a las que Erzsébet atrajo al castillo con trabajos de sirvienta muy bien pagados. Fue más tarde cuando comenzó a asesinar a hijas de la pequeña aristocracia que habían sido enviadas a ella por sus padres para aprender etiqueta y protocolo.

Según muchos estudiosos, este fue su gran error, las hijas de los siervos no interesaban a nadie. De hecho, la única perjudicada era ella, pues eran “su” propiedad. Pero el rey y la nobleza no podían permitir que mataran a hijas de los suyos.

Después de enterarse que también había jóvenes nobles entre sus víctimas, y aunque habían acordado que Erzsébet quedaría bajo arresto domiciliario, el rey pidió que fuera condenada a muerte. Aunque bien pudiera ser que detrás de este interés del rey por hacer justicia, sólo se escondiera un intento para evitar pagar la gran deuda que había contraído con el marido de Erzsébet, y de paso hacerse con las tierras de la familia. Sin embargo, Thurzó, muy probablemente ayudado por las influencias de la familia Bathory, pudo convencer al rey que la ejecución de Erzsébet afectaría al prestigio de toda la nobleza, por lo que el juicio fue pospuesto indefinidamente.

No corrieron la misma suerte sus cómplices, que no eran nobles, que fueron llevados a juicio el 7 de enero de 1611. Los procesados fueron acusados de brujería y prácticas paganas. Como era habitual en la época, el testimonio de los acusados y de muchos de los que testificaron en su contra fue obtenido mediante torturas e intimidaciones, y en muchos casos la descripción de las torturas era de oídas. Las atrocidades que se describieron durante la vista incluían largas sesiones de azotes; quemaduras o mutilaciones de manos, o incluso de la cara o los genitales; obligar a las víctimas a comer su propia carne arrancada de brazos o de otras partes; causar la congelación de las víctimas hasta su muerte; matarlas de hambre o abusos sexuales.

En muchos casos, las víctimas sufrían semanas de torturas antes de morir. Según Raymond McNally, autor del libro “Dracula was a woman”. Erzsébet y sus cómplices seleccionaban como víctimas las chicas que tenían pinta de estar más sanas, porque eran las que más tiempo aguantarían.

Según sus cómplices, Erzsébet no sólo había cometido sus crímenes en el castillo de Cachtice, sino también en otras de las propiedades de la familia en Sarvar, Sopronkeresztur y Viena. Además de sus cómplices directos, otras personas se encargaban de proporcionar las jóvenes, que en algunos casos eran secuestradas. Algunos de los padres de las víctimas afirmaron en el juicio haber visto indicios de torturas en los cadáveres de sus hijas. Erzsébet y sus cómplices solían atribuir las muertes de sus sirvientas a causas naturales o accidentes y las chicas tenían un entierro cristiano. En otras ocasiones, sin embargo, parece ser que optaban por enterrarlas a escondidas en sitios sin marcar cada vez más y más lejos del castillo.

Como pena, a Dorottya Szentes y Ilona Jó les fueron arrancadas las uñas y después las arrojaron al fuego. Fickó, al considerarse que su grado de culpabilidad era menor, fue decapitado antes de enviarlo, también, a las llamas. Katarína Benická fue sentenciada a cadena perpetua, al considerarse que sólo había actuado así por la presión que las otras mujeres habían ejercido sobre ella.

Se rumoreaba que existía un quinto cómplice, una mujer de la que poco se sabe llamada Anna Darvulia. Según parece, podría haber ejercido una gran influencia sobre los gustos sádicos de Erzsébet. En cualquier caso, Anna murió mucho antes del juicio.

Posible reconstrucción del castillo de Cachtice. Foto original de Ceska Televize

Durante el juicio, Erzsébet había sido confinada en unas cuantas habitaciones de su castillo cuyas ventanas y entradas habían sido totalmente tapiadas, a excepción de una pequeña apertura a través de la cual le hacían llegar la comida y otras para que entrara el aire. Su reclusión sin ver la luz del sol duraría más de 3 años, el 21 de agosto de 1614, sus guardianes la encontraron muerta. Había varios platos de comida sin tocar, por lo que probablemente hubiera muerto unos días antes.

Quisieron enterrarla en el cementerio de Csejte, aunque ante la oposición de los aldeanos que no querían tenerla en su cementerio, fue enterrada en su lugar de nacimiento, que era el de procedencia de su familia, Nagyecsed. Antes de su muerte, de acuerdo con su testamento, la fortuna de Erzsébet había sido repartida entre sus hijos.

La estimación del número de víctimas de Erzsébet difiere entre unas fuentes y otras. El número más alto que se da es de 650, aunque parece poco probable que un número tan alto de mujeres pudiera haber desaparecido sin dejar rastro, especialmente, en un tiempo en el que país estaba bastante despoblado. Durante el juicio, dos de sus cómplices, Szentes y Fickó, dijeron haber ayudado a torturar durante sus años de servicio a unas 35 mujeres cada uno. Los demás dieron un número aproximado de 50 o más. Y varios sirvientes estimaron que habían sacado del castillo entre 100 y 200 cadáveres.

Fue otro testigo el que testificó que eran 650 las víctimas listadas en el diario secreto de Erzsébet. Este es el número que ha pasado a figurar en la leyenda de Erzsébet. Se dice, aunque parece poco probable, que los diarios se conservan en los archivos del estado de Hungría. En cualquier caso, de ser cierto que los diarios existen y aún se conservan, ninguno de los gobiernos húngaros ha creído conveniente hacerlos públicos.

Uno de los aspectos que más ha trascendido de la leyenda de Erzsébet es su obsesión por la sangre. Fue por casualidad, un día al dar una bofetada a una sirvienta que unas gotas de la sangre de la chica fueron a parar a su piel. Después de secarse la sangre, se dio cuenta que las partes de la piel sobre las que había ido a parar la sangre habían rejuvenecido. Fue entonces cuando Erzsébet descubrió el secreto de la eterna juventud y empezó a bañarse en la sangre de sus víctimas.


Countess Elizabeth Bathory: one of the most evil women in history – Discovery Channel in YouTube

Aunque presente en casi todas las leyendas, este aspecto no fue mencionado por ninguno de los testigos del juicio. Parece ser que fue Laszlo Turoczi en su “Tragica Historia” de 1729 el primero en indicarlo y, por tanto, el creador de la leyenda de la eterna juventud de la condesa. Hoy en día, los estudiosos creen poco probable que Erzsébet matara por vanidad o por su belleza. Atribuyen esa motivación a los prejuicios hacia las mujeres de su época. Una explicación más probable es que sus crímenes tuvieran una motivación sádica.

Además de con los baños de sangre, la leyenda de la condesa sanguinaria se suele adornar con su afición por los rituales de brujería, una corte de consejeros que incluía alquimistas y hechiceros, rituales ocultistas en los que habría tomado parte con su marido, y una especial obsesión por las jóvenes vírgenes, cuya sangre usaba en otros rituales sanguinarios además de en los baños.

Frente a la versión aceptada por la mayoría de los historiadores y la aún más terrible propuesta por la leyenda, el historiador Lászlo Nagy propone una versión muy diferente. Según este historiador, Erzsébet Báthory no fue una sádica asesina, sino la víctima de una orquestada conspiración. Aunque Nagy no aporta pruebas, su teoría encajaría con la situación general del país. Erzsébet era protestante y poderosa en un tiempo en que Hungría dividida entre protestantes y católicos. Entre los católicos se contaba el rey Matías de casa de los Habsburgo.

PS: Sus crímenes convierten a Erzsébet Bathory, muy probablemente, en la asesina en serie más prolífica de la historia.

Enlace permanente a Erzsébet Báthory, la condesa sanguinaria

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+info:
- Elizabeth Báthory in en.wikipedia.org
- Erzsébet Báthory en es.wikipedia.org
- The Historians View on Bathory in Ceska Televize
- Elizabeth Bathory – the Blood Countess in h2g2/BBC
- Lady of Blood: Countess Bathory in Crime Library in trutv
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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Las tormentas de arena que arrasaron las Grandes Llanuras durante casi una década

En 1931 la lluvia paró y comenzaron las “ventiscas negras”. Potentes tormentas de polvo que arrastraban millones de toneladas de polvo negro que convertían el día en noche en las llanuras del sur de Estados Unidos. La parte superficial del suelo, que estaba seca, era levantada y arrastrada por el viento en cuestión de minutos. Las nubes eran tan densas que, en ocasiones, los gallos se iban a dormir durante el día, pensándose que era de noche. Era sólo el comienzo de la “Dust Bowl” (cuenca de polvo), los “sucios años 30”.

“Dust Storm”, Artist Herschel (1938), original

Los primeros europeos en llegar a las Grandes Llanuras creyeron que no eran apropiadas para la agricultura al estilo europeo, por lo que la región recibió el nombre del Gran Desierto Americano. Más tarde, la relativa falta de agua y de madera hizo que la región resultara menos atractiva que otras a ojos de los pioneros, que prefirieron pasar de largo en su camino hacia el Oeste. Sin embargo, al finalizar la Guerra Civil Americana (1861-1865), y pese a la pobre reputación de la zona, el número de asentamientos comenzó a crecer animado por la Homestead Act, una ley que concedía tierras a todos aquellos que estuvieran dispuestos a cultivarlas.

Esta expansión coincidiría con un período inusualmente húmedo en la región que convenció a gobierno, a colonos y a expertos de que el clima de la región había cambiado para bien y para siempre. La teoría de que “la lluvia seguía el arado”, que afirmaba que el asentamiento humano y el cultivo de la tierra hacían incrementar las precipitaciones, parecía confirmarse.

Sin embargo, la llegada a partir de 1886 de una serie de duros inviernos marcó el fin de esta bonanza. Hasta entonces, los colonos se habían dedicado principalmente a la ganadería, mientras que la agricultura había sido mucho más minoritaria. Pero la sobreexplotación de los pastos y una breve sequía en 1890 propiciaron una expansión de las tierras de cultivo.

La inmigración volvió a crecer a comienzos del siglo XX coincidiendo con otro período húmedo. Tal vez, la teoría de que “la lluvia seguía el arado”, después de todo, sí que era cierta. Los avances técnicos incrementaron el nivel de automatización de las explotaciones lo que permitió el cultivo a una escala mucho mayor que las de antes. Asimismo, la Primera Guerra Mundial había incrementado la demanda y el precio de los productos agrícolas hasta máximos históricos, lo que animó a los granjeros a convertir más tierras en tierras de cultivo. En algunas zonas, la extensión de tierras cultivadas se dobló entre 1900 y 1920, para volverse a triplicar entre 1925 y 1930.

“Black Sunday” en Spearman, Texas

Desafortunadamente, esta expansión, que había convertido las antiguas praderas en campos de cultivos, se había llevado a cabo empleando técnicas que los agricultores habían traído de sus lugares de origen, pero que no eran adecuadas para las semiáridas llanuras. Se trataba de técnicas que favorecían la erosión del suelo, como la de dejar los campos de algodón “desnudos”, sin protección, durante los meses de invierno, que es cuando los vientos soplaban con más fuerza.

Sin embargo, los efectos del peligroso incremento de la exposición a la erosión del suelo se hicieron evidentes cuando las lluvias “desaparecieron y la tierra se secó. La sequía había comenzado en 1930 en los estados del este de Estados Unidos, pero fue al año siguiente cuando comenzó a dirigirse hacia el oeste. Con la llegada de la sequía llegaron también las “ventiscas negras”, las grandes tormentas de cegador y punzante polvo negro. En 1932, ya se registraron 14. Al año siguiente, 38. Pero fue en 1934 cuando la frecuencia de las tormentas alcanzó niveles alarmantes, afectando a más del 75% del país.

La del 1934 fue la peor sequía de la historia de los Estados Unidos. Aunque la sequía sola no hubiera podido causar la devastación que vendría. Sus efectos se vieron multiplicados por el mal uso que se había dado al suelo. La capa de pasto, que había cubierto las praderas desde hacía siglos, dando consistencia al suelo y manteniendo su humedad, había sido eliminada. En unos casos reemplazada por grandes extensiones de interminables surcos rectilíneos y en otros, simplemente, desaparecido por la sobreexplotación ganadera.

A causa de la sequía, las cosechas se echaron a perder y la tierra suelta de los campos arados quedó expuesta a la fuerza de los vientos sin ningún tipo de protección. Así que cuando el viento sopló, el suelo, convertido en polvo, “voló con él, formando nubes que, a su vez, hacían aún más difícil que volviera a llover.

Un granjero con sus dos hijos durante una tormenta en Oklahoma (1936). Foto original

La sequía afectó a diferentes estados en diferentes períodos y olas, pero su efecto fue mayor en la parte sur de las Grandes Llanuras. En Texas, Oklahoma, Kansas, Colorado y Nuevo México la sequía convirtió cuarenta millones de hectáreas en terreno baldío. Además, sus efectos se vieron agravados porque la situación económica de la zona ya no era la de años antes. A principios de la década, la Gran Depresión había hecho que muchos agricultores entraran en pérdidas. Para intentar compensarlas, estos comenzaron a cultivar más tierras, pero el aumento de producción provocó que los precios bajaran, lo que volvió a obligar a los agricultores a incrementar la producción para poder hacer frente a los prestamos de su maquinaría y su tierra.

En otoño del 1934, el pienso para ganado empezaba a escasear y el gobierno comenzó a comprar miles de reses a los ganaderos para sacrificarlas. Aunque no era fácil desprenderse de sus rebaños, de su modo de vida, el sacrificio de los animales ayudó a muchos a evitar la bancarrota. De todos los programas que puso en práctica el gobierno, este fue el que más ayudó a los granjeros.

Con el paso del tiempo, la situación, lejos de mejorar, empeoraba. Durante los meses de marzo y abril de 1935, una tormenta era seguida por otra, en una rápida sucesión casi sin pausa que parecía no terminar. Pero la del 14 de abril fue la peor. Ese día, sin embargo, amaneció claro en las Grandes Llanuras, las tormentas parecía que, por fin, daban un respiro después de varias semanas. Y la gente decidió aprovechar un día así. Era domingo y algunos decidieron pasar el día fuera, acudir a la iglesia o simplemente dedicarse a sus faenas.

Era un día templado y agradable hasta que a media tarde la situación cambió, la temperatura cayó en picado y los pájaros comenzaron a piar y volar de forma nerviosa. Entonces, de repente, una enorme nube negra apareció en el horizonte aproximándose a gran velocidad. La tormenta pilló a todos por sorpresa. Algunos consiguieron llegar hasta sus casas. Otros, sin embargo, no tuvieron tanta suerte y la escasa visibilidad hizo que tuvieran que detenerse y buscar refugio por el camino.

Tormenta de polvo en Stratford, Texas. 18 de abril de 1935. Foto original

Tormenta de polvo, que duró casi 3 horas, en Prowers County. Foto original

Los daños causados por la polvareda y los vientos, de hasta 100 km/h, fueron enormes y costó meses calcular las pérdidas que provocó. El 14 de abril de 1935 pasaría a ser conocido como “Black Sunday”.

A causa de las tormentas, el polvo acababa en todos los sitios: en la comida, en el agua, en las casas, incluso en los pulmones de animales y personas, que comenzaron a morir de sofoco y de “neumonía de polvo”. Algunos animales muertos tenían el estomago recubierto por una capa de polvo de varios centímetros de grosor. La gente llegaba a toser “terrones” de polvo.

Los desesperados granjeros intentaban impedir que el polvo entrara en sus casas colocando sábanas húmedas en ventanas y puertas, o sellando con cintas de goma y arrapos los marcos. Pero era imposible, el polvo se colaba por cualquier grieta o rendija y había que sacarlo a cubos de las casas. Aunque fuera era aún peor. Las puertas exteriores se bloqueaban por la cantidad de polvo que se acumulaba delante de ellas. La gente tenía que salir por las ventanas y retirar la tierra con palas de las puertas. El polvo lo cubría todo.

Durante un tiempo, los granjeros seguían arando y sembrando, esperanzados de que las lluvias volverían tarde o temprano, pero con el paso de los años las esperanzas se fueron desvaneciendo y comenzó un éxodo masivo desde las llanuras, la mayor migración de la historia de los Estados Unidos.

Familias cargadas con sus pertenencias huían en sus coches hacia los estados de la costa oeste, huyendo del polvo y del desierto. Otras, que se hubieran quedado, se vieron forzadas a irse al perder sus tierras por no poder pagar sus préstamos. Pese a que 3 de cada 4 granjeros se quedaron en las llanuras, en 1940, ya eran dos millones y medio los que habían huido hacia los estados del Pacífico.

Maquinaría enterrada en el polvo. Dakota del Sur (1936)

No obstante, en los estados a los que llegaron (California, Washington y Oregon) los “okies” , como se llamaba a estos emigrantes (a veces con connotaciones peyorativas), ya había mucha gente sin empleo y no fueron muy bien recibidos. Los habitantes de estos estados veían como una amenaza para su ya, en mucho casos, precaria situación la llegada de estos desesperados dispuestos a trabajar a cualquier precio. Sin embargo, los que más se vieron afectados en la zonas rurales fueron los emigrantes mexicanos, de los que unos 120.000 fueron repatriados durante de la década de 1930.

Las granjas de California eran mucho más modernas que las que los “okies” habían dejado atrás y en muchos casos eran propiedad de empresas. Aparte de que el grado de mecanización de estas granjas era mucho mayor, los cultivos tampoco eran los que ellos conocían. En vez de campos de trigo, en sitios como California, predominaban los campos de frutales, nogales y huertas. Ante la imposibilidad de optar a otro tipo de trabajo los “okies” que decidieron quedarse en el campo acabaron ocupando los trabajos que antes hacían los mexicanos. A cambio de una cantidad que iba de entre los 75 centavos al dólar y cuarto al día, recogían fruta y algodón.

Con ese miserable sueldo tenían que pagar 25 centavos por el alquiler de una choza sin agua corriente ni suelo, y, en grandes explotaciones, además, eran obligados a comprar la comida en las tiendas del propio rancho a precios más altos de lo habitual.

Los emigrantes desesperados sin trabajo se amontonaban en improvisados campamentos en los laterales de las carreteras. Los vecinos presionaban a los sheriffs para que los echaran y, en ocasiones, quemaban sus chabolas. Para aliviar la situación, la administración Roosevelt construyó 13 campamentos de tiendas sobre plataformas de madera con capacidad para 300 familias cada uno.

Otros emigrantes que llegaron a California, al ver como estaba el campo, prefirieron dirigirse a las grandes ciudades, donde se asentaron en poblados de chabolas conocidos como “Little Oklahomas”. Eran poblados construidos en solares que habían sido divididos en pequeñas parcelas y que los terratenientes locales vendían por 5 dólares a los recién llegados. En estos campamentos, se sobrevivía sin electricidad, agua corriente o alcantarillado. Las condiciones sanitarias eran del todo precarias, por lo que eran habituales los estallidos de tifus, malaria, viruela o tuberculosis provocados por el agua contaminada o la basura.


Dust Bowl Storms 1930 in youtube.com

En 1936, la situación seguía siendo grave, pero se dieron los primeros pasos para solucionar el problema de la erosión. Hugh Bennett, un experto en agricultura, propuso un innovador plan con nuevas técnicas para intentar preservar el suelo. Entre las nuevas técnicas figuraba la rotación de cultivos, arar siguiendo las curvas de relieve del terreno o alternar los campos de diferentes tipos de cultivo. No obstante, muchos de los granjeros se mostraron reacios a adoptar estas técnicas hasta que el Congreso acordó incentivarlos económicamente por ello (1 dólar por 0.4 hectáreas).

Al año siguiente, 1937, el presidente Roosevelt ordenó la plantación de cinturones” de árboles para proteger el suelo de la erosión provocada por el viento . Los árboles se plantaban a lo largo de las vallas que separaban las propiedades o entre los campos formando “windbreaks” (“rompevientos”). El plan se prolongaría varios años y en 1942 ya se habían plantado unos 220 millones de árboles.

En 1938 ya se veían los primeros efectos positivos de todas estas políticas, la pérdida de suelo se había reducido un 65%, pero la sequía continuaba.

La solución final vendría del cielo, en otoño de 1939 comenzó a llover. La llegada de las primeras lluvias fue un acontecimiento único, que los que vivieron los años polvorientos aún recuerdan. Con la vuelta de la lluvia, volvió la vida a las Grandes Llanuras y el color dorado de las cosechas volvió a invadirlo todo. Se acabaron así casi diez años se sequía y de polvo.

PS: La mayoría de la tierra que el viento se llevó acabó en el Océano Atlántico.
PS(i): Para hacerse una idea de cómo eran las tormentas de arena en color: impresionantes fotos de la tormenta de arena que este mes de setiembre llegó a Australia. Una tormenta de 500km de ancho por 1.000 de largo y que llegó hasta Sydney.

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+info:
- Dust Bowl en es.wikipedia.org in en.wikipedia.org
- Drought in the Dust Bowl Years in US National Drought Mitigation Center
- Surviving the Dust Bowl in PBS.org
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