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miércoles, 11 de julio de 2012

Hallsands, el pueblo que el mar, con la ayuda del hombre, se llevó

El día 25 de enero de 1917, un fuerte temporal de levante con olas de 12 metros llegó hasta la costa sur del condado de Devon, en Inglaterra. Las fuertes tormentas coincidieron con una marea viva excepcionalmente alta que hizo que el nivel del mar llegara a subir metro y medio por encima de lo habitual.

Hallsands en 1894 | hallsands.org.uk

Hallsands era un pequeño pueblo pesquero más de este trozo de costa inglesa. Había comenzado a poblarse durante el siglo XVII, si bien se tiene constancia de la existencia de una capilla en la zona desde 1506. Con el tiempo, Hallsands había ido creciendo hasta alcanzar en 1891 una población de 159 personas repartidas en 37 casas. Como cualquier otro pueblo inglés, tenía su propio pub, el London Inn, y una tienda, aunque no tenía escuela, por lo que los niños del pueblo tenían que caminar 3 kilómetros para ir a la más cercana.

Se trataba de una comunidad modesta, pero en la que unos se ayudaban a los otros, especialmente en momentos de necesidad. Su principal fuente de ingresos era la pesca, en especial la del cangrejo. Era una actividad en la que todos colaboraban, incluidos niños y mujeres. Ya fuera ayudando a sacar las barcas del agua, tirara de las redes o a seleccionar el pescado. El de mayor valor se reservaba para venderlo y el resto se destinaba al autoconsumo o para las trampas de los cangrejos.

La aldea se había levantado en una estrecha franja de arena situada entre la pared de un acantilado y el mar. Las primeras casas se habían construido pegadas a esta pared sobre unas estribaciones rocosas de la misma en forma de plataforma que se alzaban 3 metros sobre el nivel de la pleamar. Poco a poco, el pueblo fue creciendo y se fueron levantando más casas, esta vez, directamente sobre la arena compactada. Después, se construiría un camino en frente de estas casas y más casas entre este camino y la playa. Para protegerlas del mar y las mareas, se alzaron unos muros.

La playa de Hallsands en 1885, en uno de los niveles más bajos antes de que comenzara el dragado | hallsands.org.uk

Parece ser que la orientación este del acantilado, que hacía que la aldea estuviera resguardado de los vientos predominantes en la zona, del oeste o suroeste, favoreció su crecimiento. Precisamente, durante la mañana del 26, los vientos habían estado soplando en esa dirección, aunque la situación cambió al llegar la tarde. El temporal no amainó, como muchos habían esperado, sino justamente lo contrario. El viento adquirió una fuerza mucho mayor y fatalmente giró, comenzando a soplar desde el noreste. Con la llegada de la pleamar, excepcionalmente alta, las olas comenzaron a llegar hasta las casas.

El cielo se obscureció, antes que otros días, dando paso a la que los vecinos de Hallsands describirían como una noche “terriblemente obscura”. El temporal continuó y el muro marítimo que protegía el pueblo acabó cediendo, las olas comenzaron romper contra las casas. Era “como estar en medio del mar” aseguraron algunos vecinos. La espuma blanca inundaba las plantas bajas y las olas arrastraban todo lo que encontraban. Los suelos se hundían, las vigas empezaron a ceder y algunas casas comenzaron a derrumbarse. El terror se apoderó de Hallsands.

Aún no había llegado la media noche y ya eran cuatro las casas que el mar se había llevado. En otros casos, las olas y el viento sólo habían conseguido arrancar los tejados o derrumbar su parte frontal. Mientras, sus propietarios conseguían escapar por la parte trasera y ponerse a salvo junto con algunas de sus pertenencias en lo alto del acantilado. Atrás dejaban todo lo demás. Otros, sin embargo, tendrían una noche bastante más complicada. Una mujer mayor minusválida tuvo que esperar hasta la mañana siguiente para ser rescatada. La situación también fue angustiosa para un grupo de 9 personas que pasaron la noche acurrucados en la planta superior de una de las casas, mientras las olas rompían contra las paredes de la planta inferior. Su única opción era la de rezar para que las paredes de la casa resistieran hasta que la marea remitiera.



La vida en Hallsands | BBC

El amanecer tampoco trajo la tranquilidad. Las casas continuaron cayendo tras otra. Para cuando el sábado 27 llegó a su fin, sólo quedaba en pie una de las 29 casas que el día anterior formaban Hallsands. “Es el fin de nuestro pueblo, tenemos que marchar”, respondería a un periodista un viejo pescador de Hallsands al día siguiente.

Hallsands fue, sin duda, el pueblo que resultó peor parado por el temporal, pero otros pueblos de la zona también sufrieron sus consecuencias. Ese fue el caso de Beesands, situado a tan sólo un kilometro y medio al norte, y que también era vulnerable a los temporales del este, aunque en menor medida que Hallsands. Allí, sus habitantes el viernes, conscientes de la que les venía encima protegieron las ventanas y las puertas de sus hogares. Pese a ello, varias casas y la iglesia del pueblo sufrieron graves desperfectos, aunque la peor parte se la llevó la carretera del pueblo, que fue borrada del mapa por el temporal.

En el pueblo de Torcross, tres kilómetros al norte de Beesands, se vivió una situación bastante similar. La carretera que discurría paralela a la costa desapareció y algunas de sus casas fueron dañadas. Aunque, afortunadamente, sus habitantes consiguieron refugiarse a tiempo tierra adentro.

Pasados unos días, la mayoría de los antiguos habitantes de Hallsands fueron realojados en Beesands. En mayo de 1918, se les ofreció 6.000 libras como compensación a cambio de que renunciaran a cualquier reclamación futura. Los intentos por incrementar esa cantidad resultaron infructuosos y algunos aún dudan hoy en día si recibieron toda ella. Finalmente, en agosto de 1922, comenzó la construcción del “nuevo” North Hallsands. La indemnización no dio ni para financiar la construcción de las 10 nuevas casas que tenía que tener el pueblo, por lo que sus propietarios tuvieron que pedir dinero prestado para acabar su construcción.


Fotos de Hallsands, antes del temporal de 1917 | Abandoned Communities

Pero el del 26 de enero de 1917 no había sido el peor temporal que había azotado la costa de Hallsands. Anteriormente, el pueblo había resistido muchos otros, pero entonces su principal defensa contra el mar, su playa de guijarros, se encontraba en un estado muy diferente. Todo había comenzado en la década de 1890, cuando el almirantazgo británico decidió ampliar el astillero de Keyham, cerca de Plymouth, a unos 50 kilómetros de Hallsands. Sir John Jackson, propietario de una de las mayores firmas de ingeniera de la época, se hizo con el lucrativo contrato y consiguió el permiso para extraer los materiales necesarios de la franja de costa que se extendía entre Hallsands y Beesands. Si bien, la Junta de Comercio, la institución que le concedió el permiso, se reservaba el derecho de rescindir el contrato si se demostraba que el dragado ponía en peligro la línea de la costa.

Los habitantes de la zona no fueron consultados y no tardaron en protestar ante su representante en el parlamento cuando las dragas aparecieron por sus playas. Por un lado, temían que las dragas arruinaran su modo de vida, ya fuera dañando sus trampas para cangrejos o ahuyentando la pesca. Por otro, sospechaban que si el nivel de la playa bajaba o se desestabilizaba, sus casas quedarían expuestas a los temporales.

En 1903, la playa ha desaparecido prácticamente | hallsands.org.uk

Sin embargo, un primer estudio descartó que el dragado supusiera riesgo alguno para Hallsands, si bien recomendaba que se evitara dragar justo en frente de Hallsands y Beesands. Sir John Jackson accedió a pagar 125 libras anuales al pueblo como compensación, con un “aguinaldo” navideño de 20 libras más. Jackson, además, accedió a pagar los daños que sus dragas produjeran en las trampas para cangrejos. El acuerdo llevó la tranquilidad a los pescadores de Hallsands y los trabajos pudieron continuar.

Se suponía que los guijarros, la grava y la arena que las dragas extraían serían remplazados por otros materiales que las corrientes del canal arrastrarían. Sin embargo, sucedía lo contrario. El mar arrastraba los guijarros de la playa hasta los huecos que las dragas dejaban un poco más adentro. En 1901, resultaba evidente que el nivel de la playa de Hallsands había descendido de forma considerable. Para entonces, se estima que Jackson habría extraído unas 600.000 toneladas de la costa de Devon.

Con el descenso de la playa, Hallsands quedaba a merced de los temporales marítimos. En otoño de 1901, las tormentas se llevaron parte del muro que protegía la aldea del mar y varias casas sufrieron daños importantes. Los habitantes de Hallsands exigieron una compensación ante la Junta de Comercio. John Jackson no admitió ningún tipo de responsabilidad, si bien accedía a pagar todos los daños causados directamente por sus dragas durante la extracción de materiales y los seis meses posteriores.

Al año siguiente, el Consejo del Distrito Rural de Kingsbridge volvió a escribir a la Junta de Comercio a causa de los desperfectos que había sufrido la carretera que unía Hallsands con Beesands. Ante las quejas, la junta decidió enviar al capitán Frederick para evaluar de nuevo la situación.


Después de la construcción de los nuevos muros de protección | BBC

Las conclusiones del capitán eran bastante descorazonadoras. En algunos puntos de la costa, las playas habían retrocedido hasta 10 metros, por lo que las rocas del fondo habían quedado al descubierto. En Hallsands, la playa había descendido entre 4 y 6 metros y según estimaciones actuales (PDF), había perdido el 97% de su volumen original. Además, de los datos recogidos por el capitán se desprendía que el ritmo de extracción se había acelerado y, sólo en la primera mitad de 1901, se habían extraído 104.000 toneladas, a los que habría que sumar unas 60.000 más que él estimaba se podrían haber extraído durante el tercer trimestre. El capitán aseguraba que la llegada de cualquier temporal desde el este provocaría inevitablemente desperfectos e inundaciones en casi todas las casas de Hallsands, pero también en las de Beesands. Frederick, concluyó que el dragado de materiales tenía que cesar de forma inmediata.

La Junta de Comercio decidió seguir las recomendaciones del estudio y ordenar en setiembre de 1901 el cese de las tareas de dragado y, en enero del año siguiente, revocó la licencia a Sir John Jackson. Al año siguiente, el nivel de la playa volvía a subir y parecía que la playa podría recuperarse. Sin embargo, las tormentas invernales volvieron a traer más daño y destrucción al pueblo.

Destrucción total | hallsands.org.uk

En abril de 1903, la Junta de Comercio hizo la llegar a los habitantes de Hallsands una ayuda de 3.000 libras (un tercera parte de esta cantidad aportada por la empresa de Sir John Jackson). El miembro del parlamento inglés que representaba a los habitantes de Hallsands aportó otras 250 libras más de su propio bolsillo. Este dinero fue destinado a indemnizar a los propietarios de las 6 casas que el mar había destruido y a la reparación de otras que habían sufrido desperfectos. El resto, 1.720 libras, se destinó a la construcción y mantenimiento de los muros marítimos.

Aunque los muros trajeron la tranquilidad de vuelta al pueblo, la playa continuaba retrocediendo. El día a día a día de los de los pescadores se hacía más difícil al verse obligados a varar sus barcas cada vez más adentro para ponerlas a salvo de los vientos y el oleaje.

Sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, la población de Hallsands se mantuvo bastante estable. Algunos historiadores atribuyen el hecho a que los vecinos fueran los propietarios de sus propias casas. Si las casas hubieran pertenecido a algún latifundista o persona poderosa muy probablemente se hubieran marchado, aunque entonces es muy probable que la actitud de las autoridades hubiera sido muy distinta y el pueblo no se hubiera encontrado tan indefenso ante Sir John Jackson Limited.

Las ruinas de Hallsands en la actualidad | wikipedia

Desde el mar | Gary Steer

Después de la construcción de los muros, Hallsands vivió unos años relativamente tranquilos. Hasta la noche del 26 de enero de 1917, una noche que los vecinos del pueblo describirían como “terriblemente obscura”…


PS(1): Se ha especulado sobre la posibilidad de que el mar hubiera acabado arrasando Hallsands, incluso aunque el dragado de su playa nunca se hubiera llevado a cabo. Steve Melia, historiador y autor del libro “Hallsands, a Village betrayed” admite que el litoral ya presentaba un cierto grado de inestabilidad, por lo que resulta imposible asegurar que el pueblo aún seguiría en pie hoy en día. Sin embargo, Melia y otros estudios actuales, atribuyen la destrucción de 1917 a la extracción de materiales de la zona intermareal de la playa de Hallsands. Para Steve Melia, toda la catástrofe tiene un único culpable: John Jackson, al que acusa de todo tipo de prácticas ilegales.

PS(2): En el emplazamiento del antiguo Hallsands, hoy en día se levantan tres casas, cuyos propietarios tienen que reparar todos los veranos por culpa de los temporales invernales. Aunque, precisamente, hace sólo unos días, una de ellas se ha visto amenazada por un desprendimiento de tierras  que ha hecho temer pueda acabar como sus compañeras, en el fondo del mar.


Visto en Abandoned towns the World Travel/Telegraph gracias a mi amiga Arbocenk.

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+info:
- Hallsands in en.wikipedia.org
- How Hallsands was lost to the sea in BBC
- Hallsands, the village that collapse into the sea in BBC
- The Story of Old Hallsands in Old Hallsands, the story of its destruction by Steve Melia
- Houses Demolished – Hallsands Village Almost Wiped Out, artículo del 1917 sobre la destrucción del pueblo
- Hallsands in Abandoned Comunities
- The Day the Sea Came Down the Chimney by Steve Melia
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jueves, 21 de julio de 2011

La profeta sudafricana que quiso liberar a su pueblo y casi lo acaba exterminando

Un día de abril en 1856, los espíritus de tres de sus antepasados se le aparecieron a la joven Nongqawuse. Los espectros le pidieron que dijera a su pueblo, los xhosa, que tenían que arrasar sus cosechas y exterminar su ganado porque había sido criado por las manos contaminadas de los que había estando practicando brujería. A cambio, los que habían muerto regresarían de sus tumbas y barrerían a los ingleses hasta el mar. La profecía no tardó en llegar a oídos del Gran Jefe xhosa, Sarhili, que se convenció y sacrificó sus animales.

La joven Nongqawuse con su compañera de movimiento Nonkosi | Wikipedia

Desde la llegada de los colonos blancos a las tierras de los xhosa, los enfrentamientos con ellos habían sido casi constantes. En 1850 ya se contabilizaban 8 guerras, la última había concluido en 1853 y, como en todas las anteriores, lo había hecho con la derrota y pérdida de tierras para los xhosa. Todas estas derrotas habían acabando dividiendo al pueblo xhosa y minando su moral colectiva. La situación de incertidumbre en la que vivían, siempre con el temor de verse obligados a abandonar las tierras en las que habían nacido, sólo agravaba esta situación.

Los primeros colonos blancos habían llegado a la región durante la segunda mitad del siglo XVIII. En su mayoría eran bóers provenientes de la colonia de la Ciudad del Cabo. Los xhosa y los bóers tenían una economía muy similar, basada en la agricultura y la ganadería, y no tardó en desatarse entre ellos una feroz competencia por las tierras de cultivo y los pastos. Los robos de ganado de unos a otros eran muy comunes y las acciones de represalia se convirtieron en una práctica habitual que, en muchos casos acabó en guerra. Sólo durante la siembra o la cosecha, cuando unos y otros tenían que encargarse de las tareas del campo, la intensidad de los conflictos parecía bajar.

En esta lucha, los colonos contaban con sus caballos, que les proporcionaban una mayor movilidad, y la superioridad tecnológica de sus armas. Los xhosa, por su parte, tenían a su favor la experiencia de sus guerreros que se habían enfrentado antes a los zulú y a otros pueblos vecinos y su mejor movilidad en terrenos accidentados. Cuando los xhosa se hicieron con armas de fuego y caballos, las cosas se igualaron un poco más, pero no fue suficiente para equilibrar la situación.

En 1814, cuando la Colonia del Cabo pasó a manos británicas, la situación no hizo sino empeorar para los xhosa. Hasta entonces la población de la colonia era sólo de unas 60.000 personas, 27.000 de las cuales eran blancos, pero con el cambio de poder llegó también la primera gran oleada de colonos británicos y la llegada de un ejército profesional a la región, mejor equipado y preparado que las milicias bóer y cuyos soldados no tenían granjas a su cargo que limitaran el alcance y duración de sus acciones de castigo.

Visión idealizada de la llegada de los holandeses a Sudáfrica en 1652 | Wikipedia


Pero con el cambio de manos de la colonia, el clima social se fue enrareciendo. El aumento de población produjo que las tierras disponibles comenzaran a escasear. Tampoco fueron fáciles las relaciones entre el nuevo gobierno colonial inglés y los antiguos colonos de origen holandés. Muchas veces, los bóers se sentían abandonados por el nuevo gobierno, que mostraba una cierta indiferencia hacia sus problemas con los nativos.

Finalmente, la abolición de la esclavitud y las escasas compensaciones económicas que recibieron los que poseían esclavos acabaron acentuando el resentimiento de los bóer. Un resentimiento que sería uno de los motivos del Gran Trek, la marcha de unos 7.000 bóers que en 1835 decidieron abandonar sus tierras en la Colonia del Cabo y aventurarse más allá de lo conocido en búsqueda de nuevas tierras en las que poder asentarse fuera del control colonial británico.

Aunque otros historiadores consideran que el Trek fue también una huida de la conflictiva frontera oriental de la colonia y de los continuos enfrentamientos con los xhosa. De hecho, para los que se quedaron, la situación en la frontera no mejoró demasiado, continuando las disputas entre colonos y nativos, con un gobierno colonial que, o bien era incapaz, o continuaba sin mostrar demasiado interés por poner orden en la región.

Sin embargo, estos enfrentamientos armados no eran el único problema al que tenían que hacer frente los xhosa en tiempos de la profecía de Nongqawuse. Desde hacía un par de años, una enfermedad pulmonar, la perineumonía contagiosa bovina, había comenzado a cebarse con su ganado. Una enfermedad que además provocaba una muerte bastante angustiosa a los animales. Se trataba de enfermedad que habían traído los animales de los colonos blancos, pero muchos xhosa creían que las muertes eran producto de la brujería.

La muerte de los animales representaba un drama en una sociedad en el que uno de los pilares en los que basaba su supervivencia era la ganadería. Así que los xhosa desesperados probaban lo que fuera con tal de intentar proteger sus rebaños: llevarlos a zonas más aisladas, quemar los pastos alrededor de sus corrales,… pero todas estas medidas parecían servir de poco, lo que acrecentaba el sentimiento de desesperanza, de que poco podían hacer para evitar la muerte de sus animales, de que tarde o temprano la enfermedad acabaría con todos ellos.

Escena de la Octava Guerra Xhosa | Wikipedia

Fue, precisamente, en medio de este clima de desesperación cuando los antepasados hablaron a Nongqawuse. Un clima que los estudiosos coinciden en señalar como un factor necesario, aunque no suficiente, para todo lo que sucedería después.

En un principio, fueron pocos los que creyeron a Nongqawuse, así que los espíritus, pasado un tiempo, le pidieron que la próxima vez acudiera acompañada de su tío Mhalakaza, que con el tiempo se acabaría convirtiendo en el mensajero “oficial” del movimiento. Cuando este acudió, los espíritus le pidieron que transmitiera la profecía al Gran Jefe Sarhili.

Sarhili era un rey justo, respetado y amado por su pueblo. Aunque, al parecer, desde pequeño había estado bajo la influencia de hechiceros y adivinos, quizás, por eso, fue más fácil para Mhalakaza convencerlo. Cuando el Gran Jefe decidió sacrificar sus reses (aunque parece que no tocó sus campos de cultivo), fueron muchos los que siguieron su ejemplo.

Pasado un tiempo, Nongqawuse volvió a regresar al río donde los espíritus le habían hablado la primera vez y volvió a escuchar escuchó uno ruidos que parecían venir del más allá. La joven los interpretó como una señal de que las matanzas debían continuar y así fue.

Según la visión de Nongqawuse, los antepasados muertos, entre los que había grandes líderes xhosa, volverían el 16 de agosto de 1856. Ese día no sólo ayudarían a sus descendientes a expulsar a los blancos, sino que además traerían consigo nuevos y mejores rebaños de ganado para reemplazar a los que habían sido sacrificados. De repente, del suelo aparecerían nuevos campos de maíz listos para ser cosechados, los viejos se volverían jóvenes y, los problemas y enfermedades desaparecerían, así como también lo harían los que no habían creído.

Los antepasados traerían consigo animales sanos, más y mejores, por eso era necesario matar los que habían sido criados por manos impuras, por manos que habían practicado la brujería, para evitar que los contaminaran. Por eso era también necesario arrasar los campos, para evitar que los nuevos animales se contaminaran comiendo piensos y forrajes contaminados. Pero todo esto no sería posible si no se abandonaba la brujería. Es decir, las matanzas de animales serían más un ritual de purificación que un sacrificio en honor de los antepasados.

Pero Nongqawuse no estaba sola, según el historiador J. B. Peires, autor del libro “The Dead Will Arise: Nongqawuse and the Great Xhosa Cattle-Killing Movement of 1856-7”, había, por lo menos, otros cinco profetas en activo en los tiempos de la perineumonía bovina en el territorio xhosa. Algunos de ellos defendiendo que los rusos estaban ganando a los ingleses en la Guerra de Crimea con la ayuda de los espíritus de los guerreros xhosa muertos en las guerras pasadas. De hecho, algunos afirmaban que Rusia era una nación negra y que, una vez acabaran con los ingleses en Crimea, expulsarían a los ingleses de Sudáfrica para devolver a los Xhosa las tierras de sus antepasados.

Mapa de la Colonia del Cabo en 1809 | Wikipedia 

La muerte en la Guerra de Crimea en 1854 de George Cathcart, que había sido gobernador de la Colonia del Cabo entre 1852 y 1853, fue interpretada como una obra de los espíritus de los guerreros. Con el tiempo, parece algunos acabaron identificado aquellos espíritus que habían hablado con Nongqawuse con los fantasmas de los “rusos negros” que luchaban contra los ingleses muy lejos de Sudáfrica. Muchos creían que la guerra parecía inminente.

No obstante, Nongqawuse y los demás profetas tampoco eran los primeros en hacer extrañas profecías sobre una expulsión sobrenatural de los ingleses. Durante la Quinta Guerra Xhosa, un profeta llamado Makana aconsejó al jefe Ndlambe atacar a la guarnición inglesa acuartelada en Grahamstown sin miedo, porque los dioses estaban de su parte y las balas inglesas se convertirían en agua.

Fueron muchos los que creyeron a Makana y finalmente el jefe Ndlambe decidió atacar la ciudad a plena luz del día. Los xhosa eran unos 6.000 y los ingleses apenas unos 350. Sin embargo, y pese a su inferioridad numérica, los ingleses consiguieron resistir hasta la llegada de más refuerzos. Pese a que la victoria estuvo cerca para los xhosa, el asalto acabó en fracaso y acabaron perdiendo un número muy grande de hombres. Después de la derrota Makana se entregó a los ingleses, que lo encerraron en la prisión de Robben Island. Como resultado de la derrota, los ingleses volvieron a mover la frontera de la colonia un poco más hacía el este y las nuevas tierras fueron ocupadas por 5.000 colonos traídos desde las Islas Británicas.

Durante la octava guerra (1850-1853), volvió a repetirse una historia casi idéntica. Esta vez fue un profeta llamado Mlanjeni el que aseguró que los xhosa serían invulnerables a las balas británicas. Estas profecías causaron una cierta agitación entre el pueblo y acabaron desembocando en una nueva guerra. Después de unas primeras victorias, la llegada de refuerzos desde Ciudad del Cabo acabó decantando la situación en favor de los ingleses. Los xhosa, una vez más, acabaron derrotados.

En el caso de Nongqawuse, no todos llegaron a creer su profecía, aunque fueron muchos los que acabaron sacrificando su ganado por una mera cuestión de obediencia. Para otros, los que no tenían ganado, fue mucho más fácil creer y además se convertían en grupo de presión sobre los que no la querían seguir y sí que tenían animales. También hubo los que se opusieron e intentaron poner fin a las matanzas, algunos de los cuales aún tenían muy presente anteriores profecías, pero su éxito fue escaso. Las zonas donde hubo menos seguimiento, fueron a las que la perineumonía llegó más tarde.

Mientras, los meses pasaban y la excitación iba creciendo a medida que se acercaba el 16 de agosto, el día de la “resurrección en el que tantas cosas tenían que pasar,… pero, ese día, el Sol salió del mismo color que siempre, no rojo como Nongqawuse había dicho. Fue un día de tensa espera durante el cual cualquier ruido se asociaba como una posible señal de la llegada de los “rusos negros o de la de los espíritus de los antepasados, pero nada sucedió.

Después de la decepción inicial, se comenzaron a proponer nuevas fechas. Se culpó a los que habían vendido sus animales, en vez de matarlos. Era necesario que los sacrificaran para que la profecía se cumpliera. Así que, las matanzas de ganado tenían que continuar. Pero volvió a llegar el nuevo día “señalado”, el 18 de febrero del 1857, y otra vez nada pasó. Para entonces, el mal ya estaba hecho y, aunque el jefe Sarhili definitivamente perdió la fe en la profecía y ordenó al resto de jefes que prohibieran las matanzas de ganado, ya era demasiado tarde.

Las consecuencias habían sido terribles. El 85% de los xhosa había matado sus animales, unas 400.000 cabezas de ganado. La población en la región de Kaffraria había pasado de unas 105.000 personas a tan sólo unos 25.000. Según el historiador J. B. Peires, de los 80.000 que faltaban, la mitad habían muerto víctimas de la hambruna y la otra mitad había decidido emigrar a la Colonia del Cabo en busca de alimentos y ayuda. Testimonios de la época dejaron constancia de aquellos “esqueletos andantes” que deambulaban por la colonia. Según parece, en algunos casos, la situación llegó a ser tan crítica que se recurrió al canibalismo. Aunque el gobernador prohibió a los colonos que los ayudaran no ser que los xhosa aceptaran contratos laborales con ellos.

Sir George Gray (14 de Abril 1812 – 19 de Setiembre 1898), cuando era gobernador de la Colonia del Cabo | Wikipedia

Las tierras que quedaron abandonadas después del conflicto acabaron siendo ocupadas por los legionarios alemanes que habían combatido al lado de los británicos en Crimea y otros 2.000 más provenientes del norte de Alemania.

Si bien, en un principio, los seguidores de Nongqawuse culparon a los que no habían seguido sus mandatos, con el tiempo, se acabaron volviendo contra ella. Nongqawuse sobrevivió, pero acabó siendo arrestada por los ingleses que la encerraron en la prisión de Robben Island. Con el tiempo, fue liberada y vivió hasta su muerte en 1898 en una granja en lo que hoy es la Provincia Oriental del Cabo. Su tío, Mhalakaza, parece que murió de hambre.

El Gobernador Grey culpó del desastre al Gran Jefe xhosa Sarhili. Grey defendía que todo había sido una treta de este para llevar a su pueblo a un nivel de desesperación tal que fuera más fácil levantarlo contra los ingleses. Muchos estudiosos defienden esta teoría y aseguran que muchos jefes xhosa estaban preparándose para la guerra con los europeos y tenían planeado lanzar a toda la nación xhosa en armas contra la colonia. Aunque son menos, otros estudiosos, y la mayoría de xhosa actuales, defienden precisamente lo contrario y acusan a Grey de ser haber utilizado a Nongqawuse en su propio beneficio para debilitar a la nación Xhosa, como acabó, de hecho, acabó sucediendo.

Mhalakaza, el tío de Nongqawuse, también es un personaje muy cuestionado, al que algunos consideran el auténtico instigador del movimiento. Un manipulador que con sus tretas consiguió convencer a Sarhili y a otros muchos jefes xhosa que acudieron a “ver los espíritus” que se le aparecían a su sobrina. Aunque los más afortunados, como mucho, llegaron a ver unas sombras negras sobre el agua, porque Mhalakaza nunca permitió a los visitantes acercarse, y otros se tuvieron que conformar con ver a Nongqawuse conversando con los espíritus.

J. B. Peires sostiene que el movimiento se basó principalmente en creencias ancestrales xhosa pero con influencias cristianas que habían sido introducidas por los misioneros. Para los xhosa los antepasados nunca acababan de “irse” del mundo de los vivos, más bien pasaban a una posición “superior” de él, donde se convertían en los responsables de la buena salud y la prosperidad de los vivos. O de castigar a los que tenían un comportamiento incorrecto.

Del Cristianismo, parece que tomaron prestada la idea de la resurrección. El regreso de los muertos a la vida parece que ya era una idea presente entre los xhosa, pero los misioneros ayudaron a darle más credibilidad y consistencia. No en vano, la resurrección había sido una de las ideas cristianas que había despertado más interés entres los xhosa.

También, resulta evidente el carácter milenarista del movimiento: el anuncio de la intervención de una gran fuerza que corregirá todos los males de una sociedad en crisis. Una sociedad que tenía que hacer frente a una catástrofe natural, como fue la perineumonía bovina, a la que sus élites eran incapaces de dar una solución. Un pueblo derrotado una y otra vez por los ingleses.

La profecía de Nongqawuse ofrecía una solución religiosa después de que la militar hubiera fracasado una y otra vez. De hecho, los xhosa aún volverían a ir a la guerra con los británicos una última vez en 1877. Pero esta vez, el resultado era aún más predecible, si cabe, que en anteriores ocasiones. Después de las hambrunas que habían seguido a las matanzas de ganado, la nación xhosa se encontraba más debilitada y dividida que nunca. La guerra acabó en derrota para los xhosa, como las ocho anteriores y, como consecuencia de ella, finalmente, todas las tierras de los xhosa pasaron a formar parte de la colonia.

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+info:
- Nongqawuse in en.wikipedia.org
- Xhosa cattle-killing movement and famine in en.wikipedia.org
- Xhosa Wars in en.wikipedia.org
- The Central Beliefs of the Xhosa Cattle-Killing (PDF) by J. B. Peires
- The National Suicide of the Xhosa in Christian Action Magazine
- New Country, New Race, New Men: War, Gender and Millenarism in Xhosaland, 1855-1857 (PDF) by Helen Bradford
- The Dead Will Arise: Nongqawuse and the Great Xhosa Cattle-Killing Movement of 1856-7 in Google Books
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lunes, 29 de marzo de 2010

La plaga de baile de 1518

Un día de julio de 1518, en una calle de Estrasburgo, una mujer llamada Frau Troffea comenzó a bailar de manera fervorosa. Pero no era una danza normal, pues según cuentan los cronistas, Troffea bailaría durante más de cuatro días, apenas parando para comer. Para entonces, ya no lo hacía sola, sino que eran 34 personas más las que la acompañaban, y el número no paraba de aumentar. Pasado un mes, ya eran más de 400, entre hombres, mujeres y niños.

El baile de la boda (1566) de Pieter Brueghel

Todos los indicios parecían indicar que el baile de San Vito había llegado a la ciudad. Una enfermedad temida, que hacía que los que la sufrían bailaran y se retorcieran de forma compulsiva en medio de alucinaciones y visiones, gritando de forma furiosa y, en muchas ocasiones, echando espuma por la boca, proporcionando a los afectados una apariencia de locura o, peor aún, de poseídos.

A medida que la plaga empeoraba, las autoridades buscaron el consejo de los médicos de la ciudad. Sorprendentemente, entre todos creyeron que lo más adecuado para estos enfermos del baile era que siguieran bailando, según el parecer generalizado, los enfermos sólo se curarían si no paraban de bailar durante las 24 horas del día. Para ello, habilitaron varios salones y construyeron un escenario de madera. Todo para que pudieran bailar a su aire. Y por si esto fuera poco, las autoridades contrataron a músicos para que tocaran y a bailarines profesionales para que los acompañaran.

La música servía, además de cómo estimulo para evitar que dejaran de moverse, como cura para sus males. En aquellos tiempos, se creía que la música era capaz de sanar, no sólo los males del cuerpo, sino también los del alma.

Para finales de verano, la plaga de danzantes ya se había extendido hasta varias docenas de ciudades y pueblos de Alsacia, y los bailarines comenzaban a morir aquejados de infartos, derrames cerebrales o, simplemente, de agotamiento. Muchos de los que resistieron acabaron siendo llevados a pie o en carro hasta alguna capilla cercana dedicada a San Vito. Santo al que muchos rezaban como último recurso y que se convirtió en el patrón de los danzantes. Finalmente, a principios de septiembre, la epidemia comenzó a remitir.

Por extraña que parezca, esta plaga de baile no es la primera de la que se tiene constancia. En 1374, en una docena de ciudades de la cuenca del Rin, coincidiendo con unas gravísimas inundaciones que habían traído la desesperación y el hambre a la región, cientos de personas fueron poseídas por una compulsión irrefrenable que también las obligaba a bailar. Se retorcían, giraban y contorsionaban durante horas, incluso días, chillando en medio de visiones y alucinaciones. En cuestión de semanas, la epidemia se extendió a grandes áreas del noreste de Francia y Holanda. Tuvieron que pasar meses hasta que la epidemia remitió.

Estrasburgo en 1493

Durante el siglo XV, fueron sólo unos cuantos los estallidos de este tipo de plagas de los que se tiene constancia. El más importante, en 1491, en un convento de monjas de los Países Bajos. Varias monjas fueron “poseídas por el espíritu de familiares malvados” que hacían que corrieran como perros, saltaran de los árboles imitando a los pájaros o maullaran como si fueran gatos. Aunque estas “posesiones” no se limitaron a los conventos, fueron las monjas las más afectadas. Durante los dos siglos siguientes, episodios similares se repitieron en otros conventos de París o Roma.

En el caso de Estrasburgo, como ocurrió en 1374 en la cuenca del Rin, la plaga tampoco vino sola, sino que lo hizo precedida por una sucesión de hambrunas provocadas por una serie de inviernos y veranos extremos. En este caso, fueron las heladas y las granizadas las que habían echado a perder las cosechas. El precio del pan había llegado hasta precios máximos y el hambre causaba grandes mortandades. Los que sobrevivían tampoco lo tenían fácil y muchos acababan arruinados por las deudas. La ciudad estaba llena de campesinos que lo habían perdido todo y que no tenían otra opción que mendigar por sus calles. A las ya temidas y conocidas lepra y viruela se les unían nuevas enfermedades como la sífilis, que se cebaba con ellos.

Las monjas, sin embargo, parecían estar protegidas de muchas de las calamidades de la época. Aunque los propios conventos podían no resultar el ambiente más sano, psicológicamente hablando. Muchas no estaban allí por decisión propia, sino por decisión de sus padres. Sin embargo, una vez dentro, les era muy difícil salir. Aunque, a veces, las que mostraban una desesperación mayor no tenían porque ser las que no parecían tener ningún tipo de vocación, sino, precisamente, a las que les sobraba, atormentadas y obsesionadas por el temor de no entregarse lo suficiente.

Las plagas de baile, o las posesiones en los conventos, son episodios tan extraños que lo más fácil es pensar que no existieron. Sin embargo, se dispone de una gran variedad de fuentes documentales que dan cuenta de su existencia. En muchos casos, las plagas fueron descritas de forma independiente por médicos, cronistas, monjes y sacerdotes. En el caso de Estrasburgo, incluso, figuran en las actas municipales las acciones tomadas por las asustadas autoridades.

Martirio de San Vito de Richard de Montbaston (S.XIV)

Pero, ¿qué era lo que producía estas maratones de baile?

Se ha especulado sobre la posibilidad que los bailarines formaran, en realidad, parte de algún tipo de culto herético. Aunque los testimonios de su época coincidían en describir a los danzantes como enfermos, no como herejes. Ni siquiera la Iglesia de la época, siempre dispuesta a combatir las herejías con contundencia, los veía como tales. Tampoco existe ninguna evidencia, según cuestiona el profesor John Waller de la Universidad de Michigan en su libro “A Time to Dance, a Time to Die”, de que los danzantes lo hicieran por voluntad propia.

Otros estudiosos han recurrido al cornezuelo (también conocido como ergot) para explicar las epidemias. Los partidarios de esta hipótesis sostienen que los enfermos podrían haber consumido pan contaminado con este hongo que contiene sustancias psicotrópicas. Durante la Edad Media, las intoxicaciones con él eran muy frecuentes. El ergotismo, en aquel tiempo conocido como el “fuego de San Antonio”, podía producir necrosis de los tejidos y gangrena en las extremidades. Muchos conseguían sobrevivir, pero quedaban mutilados de por vida, en algunos casos perdiendo todas sus extremidades.

Sin embargo, en la actualidad, se ha llegado a un cierto consenso entre psicología, historia y antropología, y la mayoría de los que han estudiado la cuestión defiende que las verdaderas causas de las plagas de baile, así como las oleadas de posesiones en los conventos de Europa, eran más psicológicas y culturales que fisiológicas. Según esta versión, las epidemias habrían sido el resultado de un trastorno psicogénico masivo, un tipo de histeria colectiva que acostumbra a aparecer después de largos periodos de angustia y tensión.

Uno de los motivos más importantes que les permite argumentar así es la falta de auto-control que mostraban los afectados. Según Waller, defensor también de esta versión, este comportamiento podría ser debido a que los danzantes habían caído en un estado de trance disociativo y presentaban un estado de consciencia alterado. De no ser así, es difícil de entender que alguien pudiera bailar durante días, hasta tener los pies magullados y sangrando, y no parar. Durante la epidemia de 1374, los testimonios coinciden en señalar que los bailarines no parecían totalmente conscientes, sino que mostraban una actitud frenética y salvaje, poseídos por sus visiones.

Waller reconoce que es factible que el cornezuelo pudiera haber inducido las alucinaciones y convulsiones, pero cree bastante difícil que fuera este hongo el causante de las interminables maratones de baile, puesto que uno de los síntomas del ergotismo es la reducción de la cantidad de sangre que llega hasta las extremidades, lo cual, aparte de producir fuertes dolores, dificulta moverse y, por supuesto, bailar.

Grabado de Hendrik Hondius I de una obra de Pieter Brueghel. Original

Waller achaca la irrupción de la epidemia de baile al contexto cultural y social de la época general y, en particular, a la situación extrema por la que pasaba Estrasburgo. Se trataba de una sociedad demasiado susceptible a la influencia de santos y demonios, lo que la convertía en terreno abonado para la aparición de supersticiones, miedos y falsas creencias. Se creía, por ejemplo, que si alguien provocaba la ira de San Vito, el santo enviaría una epidemia del baile compulsivo que lleva su nombre (¿?). Según Waller, los ciudadanos de Estrasburgo, antes del estallido, estaban convencidos, de alguna manera, que la ira del santo se había desatado sobre la ciudad.

De esta manera, los más vulnerables comenzaron a temer la posibilidad de ser presa de esa maldición, y eso los convirtió en más propensos a caer en un estado de trance involuntario. Un estado que en grupos sometidos a una situación de angustia y temor, como era el caso, puede resultar extremadamente contagioso. Además, en este caso, la decisión de las autoridades de reunir a todos los afectados y hacerlos bailar en las partes más bulliciosas de la ciudad, no hizo sino que facilitar este contagio, ayudando a que la epidemia se extendiera sin control. Todo lo contrario de lo que recomiendan los expertos en la actualidad.

Cuando una persona entraba en trance, aunque era de forma involuntaria, actuaba como se esperaba de los afectados por la maldición, bailando de manera descontrolada durante días. Y, a cada nueva persona “poseída”, los que quedaban, más convencidos estaban que la maldición era una realidad.

En definitiva, según Waller, todo fue una consecuencia de la desesperación, la devoción y, sobre todo, de la sugestión. Así, la plaga comenzó a perder fuerza al mismo tiempo que las creencias sobrenaturales que la habían producido comenzaron a perderla. Durante la década siguiente, la ciudad de Estrasburgo se convirtió al protestantismo y dejó de ser susceptible, según Waller, a este tipo de epidemias al abandonar la adoración de santos.

¿? Extrañamente, San Vito era el santo al que se invoca contra ese baile, “su” baile .

PS: A partir de una recomendación de v., llegué a este otro tema. ¡Gracias, v.!

Enlace permanente a La plaga de baile de 1518

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+info:
- Dancing Plague of 1518 in en.wikipedia.org
- Looking Back: Dancing plagues and mass hysteria in thephychologist.org.uk
- Dancing Plague” and other Odd Afflictions Explained in Discovery Channel
- Dancing death in BBC
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lunes, 8 de marzo de 2010

Centralia, el pueblo que arde bajo los pies

Un día de 1979, Centralia se dio cuenta de la verdadera magnitud del peligro que llevaba años ardiendo bajo sus pies. El propietario de una de las gasolineras del pueblo introdujo una vara metálica en uno de los tanques subterráneos para comprobar su nivel de combustible. Lo había hecho mil veces, pero esta vez le sorprendió lo caliente que estaba la vara cuando la sacó. Desconcertado, decidió comprobar la temperatura con un termómetro... Algo raro sucedía, al sacarlo, el termómetro marcaba 78°C.

Cartel que advertía del fuego
Nadie sabe con total seguridad como empezó el principio del fin para Centralia. Aunque parece ser que fue en mayo de 1962 en un vertedero de basuras situado a las afueras del pueblo. Como hacía todos los años, el ayuntamiento había contratado los servicios de una empresa de control de incendios para que limpiara el vertedero municipal. Otros años, cuando el basurero se encontraba en otro lugar, no había habido problemas. En 1962, sin embargo, el basurero ocupaba una antigua mina a cielo abierto abandonada.

Centralia, como la mayoría de ciudades del noreste de Pensilvania, se había dedicado durante mucho tiempo a la minería de la antracita. En 1962, con el progresivo abandono del carbón como medio de calefacción en favor del gas y petróleo, la mayoría de las minas comenzaron a dejar de ser rentables y comenzaron a abandonarse. Sin embargo, Centralia aún contaba con una población de unas 1.400 personas.

Como habían hecho otras veces, los bomberos amontonaron la basura en uno de los rincones del vertedero y la prendieron fuego dejándola arder durante un rato. Después, apagaron las cenizas con una manguera. Era lo habitual, pero esta vez, el fuego parece ser que no se extinguió correctamente, sino que siguió ardiendo en el subsuelo y llegó a través de un agujero hasta una mina abandonada de carbón vecina. Antes de entrar en funcionamiento, el vertedero había sido inspeccionado para asegurarse que todos los agujeros de antiguas prospecciones que había en el suelo hubieran sido sellados con material incombustible para evitar, precisamente, esto. Sin embargo, al parecer, nadie reparó en el agujero por el que el incendio se extendió hasta la mina.

Centralia en 1906
En un principio, el fuego podría haber sido extinguido fácilmente, simplemente, excavando totalmente la zona afectada. Según parece, un ingeniero de minas se ofreció a hacerlo por tan sólo 175 dólares. Más tarde, otro minero del pueblo también se ofreció y, aún más barato, sólo a cambio de una parte del carbón. Sin embargo, el incendio había pasado a convertirse en un asunto estatal y una maraña burocrática impedía tomar las decisiones de forma rápida. A medida que pasaba el tiempo, el fuego más se extendía y la posible solución más se encarecía y se complicaba.

En julio de ese año, el Departamento de Medio Ambiente llevó a cabo una serie de sondeos para comprobar el alcance y la temperatura del incendio. Algunos, sin embargo, piensan que estas perforaciones no hicieron sino que ayudar a la combustión al proporcionarle una vía de aire natural. También, son muchos los que critican la manera, un tanto desorganizada, como se llevó la lucha contra el fuego. En muchos casos, las zanjas se excavaban guiándose por el humo que se desprendía del suelo, cuando lo más normal hubiera sido realizar antes unas perforaciones para determinar cuál era el lugar más adecuado.

A menudo, pasaba que cuando se acababa de excavar una zanja, el fuego ya había pasado al otro lado. Tony Gaughan, autor del libro “Slow Burn”, culpa del fracaso de esta estrategia a la lentitud con la que se llevaban a cabo los trabajos. Se empleaba un único turno, en vez de tres, que además guardaba todas las fiestas y puentes. Un ritmo más propio de un trabajo rutinario que de una emergencia.

El 22 de mayo de 1969, tuvieron que ser evacuadas las tres primeras familias de Centralia. Ese mismo año, se comenzó a probar una técnica diferente: inyectar agua con cenizas volantes, arena húmeda y arcilla sobre el incendio para formar una barrera que bloqueara el paso del oxígeno y “ahogara” el fuego. Al mismo tiempo, se estaba excavando una pequeña trinchera que podía haber puesto la situación bajo control. Sin embargo, parece ser que un problema para la asignación de fondos entre el gobierno del estado y el condado retrasó los dos intentos. Mientras, el fuego seguía extendiéndose.

Una de las minas de carbón en 1864
Otra explotación minera en 1963. Originales en OffRoaders.com
Aunque, en un primer momento, la mayoría de los habitantes de Centralia habían preferido ignorar la existencia del fuego y minimizar su verdadera magnitud. Las cosas cambiarían durante la década de los 70, cuando el monóxido y el dióxido de carbono comenzaron a entrar en las casas y la gente comenzó a caer enferma. La temperatura en los sótanos de muchas casas era tan alta que no necesitaban caldera de agua. El Departamento de Medioambiente de Pensilvania reaccionó instalando detectores de gases en la mayoría de los hogares de la zona más caliente. Pero a pesar de la gravedad de la situación, algunos vecinos rechazaron la instalación de los detectores. No querían ser esclavos de una máquina, aseguraban. Otros, sin embargo, prefirieron comprar canarios.

En 1980, después de casi 20 años, el fuego seguía quemando y se tuvo que trasladar a otras 27 familias fuera del pueblo. Pero fue al año siguiente cuando un accidente hizo saltar hizo saltar las alarmas definitivamente. Fue el 14 de febrero, cuando la tierra se abrió bajo los pies de Todd Domboski, un niño de 12 años. Era un agujero de más de un metro de diámetro y de unos 46 de profundidad. Afortunadamente, Todd pudo agarrarse a unas raíces hasta que fue rescatado por su primo. De haber caído hasta el fondo, habría muerto casi de manera instantánea a causa de la gran cantidad de monóxido de carbono acumulada en la parte más profunda. El hundimiento del terreno y la formación de cavidades era otro de los peligros con los que el incendio amenazaba al pueblo, a medida que el carbón quedaba reducido a cenizas.

El incidente, que atrajo la atención de los medios a nivel nacional, acabó por dividir a Centralia en dos. A un lado, los partidarios de la evacuación del pueblo y, al otro, los que no querían marcharse. En 1983, un estudio independiente aseguraba que el incendio era mucho mayor de lo que se creía y ya había llegado al subsuelo del pueblo. Se recomendó la excavación de una trinchera que cruzara la ciudad de norte a sur, dividiéndola en dos, el coste era de unos 62 millones de dólares y no se tenía garantía de éxito. La otra opción, excavar totalmente la zona afectada, era más segura, pero su alto coste, más de 650 millones, la descartaba.

Tramo abandonado y humeante de la Ruta 61
Centralia, con calles, pero casi sin casas. Vista en Google maps
Ante esta situación, finalmente el gobernador planteó un plan voluntario para el desalojo y compra de todo el pueblo. La propuesta se votó en referéndum y los propietarios de Centralia la aceptaron por 345 votos a favor y 200 en contra. El Congreso de los Estados Unidos aportó los 42 millones de dólares necesarios para comprar todas las casas, demolerlas y reubicar a los vecinos. Hasta la fecha se llevaban gastados, intentando controlar el fuego, unos siete.

La mayoría de los vecinos, más de 1.000, fueron realojados en los pueblos cercanos de Mount Carmel y Ashland. Se demolieron más de 500 edificaciones. Sin embargo, unas pocas familias, 63 vecinos, prefirieron quedarse, no estaban dispuestos a abandonar sus casas, pese a las advertencias oficiales. No creían que el fuego constituyera un peligro real para la parte de la ciudad en la que ellos estaban. Además, eran bastantes los que creían que todo era un complot del gobierno y las compañías mineras para arrebatarles sus derechos mineros, que ellos habían estimado podrían estar en torno a varios miles de millones de dólares. Después de todo, ¿por qué el gobierno, que sí que fue capaz de extinguir un fuego similar en un municipio cercano, descartó el empleo de esos métodos en Centralia?

Locust Avenue en 1983 y 2001. Autor David DeKok
East Center Street en 1986
East Center Street 20 años después, 2006. Más fotos del antes y el después en OffRoaders.com
La primera casa fue derribada en diciembre de 1984. Para entonces, había fuego debajo de unas 140 hectáreas. Para 1991, ya eran 250 el número de hectáreas afectadas. Ese año, el gobierno del estado compró otras 26 casas situadas al oeste de la ciudad, junto a la Ruta 61. Al año siguiente, 1992, el gobernador de Pensilvania decidió expropiar el resto de casas y terrenos que quedaban al considerar que el fuego se había convertido en un peligro demasiado grande. Los irreductibles vecinos que quedaban recurrieron la decisión ante la justicia, pero fracasaron. Sin embargo, no se marcharon, se quedaron convertidos en ocupas en lo que habían sido sus hogares, aunque con la ventaja de no tener que pagar impuestos ni tampoco renta ya que las casas ya no eran suyas.

En 1997, sólo quedaban 44 personas, una población que iría menguando poco a poco desde entonces. En 2000 ya eran sólo 21 personas de 7 familias las que ocupaban 10 casas. Cuatro años más tarde, había una casa y tres habitantes menos.

En la actualidad, no existe ningún plan para combatir el fuego, por lo que sigue extendiéndose sin control. Se espera que dentro de unos 100 años alcance las 1.500 hectáreas. Las predicciones son que, a partir de entonces, todavía arda otros 150 años más hasta quedarse sin combustible. Sobre la superficie, Centralia tiene más la apariencia de una campiña con calles asfaltadas que de pueblo. Sus calles y aceras se encuentras cubiertas por la maleza, aunque hay algunas que parecen haber sido segadas y limpiadas. Han crecido árboles nuevos y apenas quedan unas cuantas casas en pie, de las cuales sólo cinco están ocupadas, además de un edificio municipal. El resto de edificios han sido demolidos por la acción del hombre o de la propia naturaleza. Un de las iglesias del pueblo –llegó a haber once–, que no está afectada por el incendio, continúa celebrando los servicios dominicales y también se encuentran en buen estado los cuatro cementerios.

A simple vista, los únicos signos visibles del fuego que quema bajo tierra son varias chimeneas metálicas en la parte sur del pueblo, además de las señales que avisan del peligro por fuego subterráneo, suelo inestable o el monóxido de carbono. También en la parte sur, puede verse humo y vapor saliendo de un agrietado tramo de la Ruta 61 y a través de las numerosas grietas que hay por toda la zona próxima. Después de varias reparaciones, este tramo de la autopista fue cerrado al tráfico a mediados de los 90, cuando se construyó un desvío para evitar la zona problemática (ver mapa).

Gases del incendio saliendo del subsuelo
Una de las chimeneas cerca del cementerio de Oddfellows. Original Donald Davis en OffRoaders.com
Después de años de retraso, el gobierno de Pensilvania parece estar decidido a acabar con la situación de la docena de irreductibles que aún resiste en el pueblo, desalojándolos y demoliendo lo que queda de la ciudad. Algunos no le dan mucha importancia a este intento y creen que no pasará nada como la otra vez. Especialmente, los mayores creen que podrán acabar sus días en el pueblo que les vio nacer.

De todas maneras, se espera que muchos de los antiguos vecinos regresen al pueblo en 2016, aunque sólo sea por un día, para abrir una cápsula del tiempo enterrada en 1966 cerca del monumento a los veteranos.

PS: En 2002, el servicio nacional de correo de Estados Unidos revocó el código postal de Centralia, el 17.927.

¡Muchas gracias a KilFer por descubrirme el tema!

Enlace permanente a Centralia, el pueblo que arde bajo los pies

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+info:
- Centralia en es.wikipedia.org y en.wikipedia.org
- Centralia Pennsylvania in OffRoaders.com
- Few Remain as 1962 Pa. Coal Town Fire Still Burns in abcNews
- Centralia in Everything2.com
- Fire in the Hole in Smithsonian.com
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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Las tormentas de arena que arrasaron las Grandes Llanuras durante casi una década

En 1931 la lluvia paró y comenzaron las “ventiscas negras”. Potentes tormentas de polvo que arrastraban millones de toneladas de polvo negro que convertían el día en noche en las llanuras del sur de Estados Unidos. La parte superficial del suelo, que estaba seca, era levantada y arrastrada por el viento en cuestión de minutos. Las nubes eran tan densas que, en ocasiones, los gallos se iban a dormir durante el día, pensándose que era de noche. Era sólo el comienzo de la “Dust Bowl” (cuenca de polvo), los “sucios años 30”.

“Dust Storm”, Artist Herschel (1938), original

Los primeros europeos en llegar a las Grandes Llanuras creyeron que no eran apropiadas para la agricultura al estilo europeo, por lo que la región recibió el nombre del Gran Desierto Americano. Más tarde, la relativa falta de agua y de madera hizo que la región resultara menos atractiva que otras a ojos de los pioneros, que prefirieron pasar de largo en su camino hacia el Oeste. Sin embargo, al finalizar la Guerra Civil Americana (1861-1865), y pese a la pobre reputación de la zona, el número de asentamientos comenzó a crecer animado por la Homestead Act, una ley que concedía tierras a todos aquellos que estuvieran dispuestos a cultivarlas.

Esta expansión coincidiría con un período inusualmente húmedo en la región que convenció a gobierno, a colonos y a expertos de que el clima de la región había cambiado para bien y para siempre. La teoría de que “la lluvia seguía el arado”, que afirmaba que el asentamiento humano y el cultivo de la tierra hacían incrementar las precipitaciones, parecía confirmarse.

Sin embargo, la llegada a partir de 1886 de una serie de duros inviernos marcó el fin de esta bonanza. Hasta entonces, los colonos se habían dedicado principalmente a la ganadería, mientras que la agricultura había sido mucho más minoritaria. Pero la sobreexplotación de los pastos y una breve sequía en 1890 propiciaron una expansión de las tierras de cultivo.

La inmigración volvió a crecer a comienzos del siglo XX coincidiendo con otro período húmedo. Tal vez, la teoría de que “la lluvia seguía el arado”, después de todo, sí que era cierta. Los avances técnicos incrementaron el nivel de automatización de las explotaciones lo que permitió el cultivo a una escala mucho mayor que las de antes. Asimismo, la Primera Guerra Mundial había incrementado la demanda y el precio de los productos agrícolas hasta máximos históricos, lo que animó a los granjeros a convertir más tierras en tierras de cultivo. En algunas zonas, la extensión de tierras cultivadas se dobló entre 1900 y 1920, para volverse a triplicar entre 1925 y 1930.

“Black Sunday” en Spearman, Texas

Desafortunadamente, esta expansión, que había convertido las antiguas praderas en campos de cultivos, se había llevado a cabo empleando técnicas que los agricultores habían traído de sus lugares de origen, pero que no eran adecuadas para las semiáridas llanuras. Se trataba de técnicas que favorecían la erosión del suelo, como la de dejar los campos de algodón “desnudos”, sin protección, durante los meses de invierno, que es cuando los vientos soplaban con más fuerza.

Sin embargo, los efectos del peligroso incremento de la exposición a la erosión del suelo se hicieron evidentes cuando las lluvias “desaparecieron y la tierra se secó. La sequía había comenzado en 1930 en los estados del este de Estados Unidos, pero fue al año siguiente cuando comenzó a dirigirse hacia el oeste. Con la llegada de la sequía llegaron también las “ventiscas negras”, las grandes tormentas de cegador y punzante polvo negro. En 1932, ya se registraron 14. Al año siguiente, 38. Pero fue en 1934 cuando la frecuencia de las tormentas alcanzó niveles alarmantes, afectando a más del 75% del país.

La del 1934 fue la peor sequía de la historia de los Estados Unidos. Aunque la sequía sola no hubiera podido causar la devastación que vendría. Sus efectos se vieron multiplicados por el mal uso que se había dado al suelo. La capa de pasto, que había cubierto las praderas desde hacía siglos, dando consistencia al suelo y manteniendo su humedad, había sido eliminada. En unos casos reemplazada por grandes extensiones de interminables surcos rectilíneos y en otros, simplemente, desaparecido por la sobreexplotación ganadera.

A causa de la sequía, las cosechas se echaron a perder y la tierra suelta de los campos arados quedó expuesta a la fuerza de los vientos sin ningún tipo de protección. Así que cuando el viento sopló, el suelo, convertido en polvo, “voló con él, formando nubes que, a su vez, hacían aún más difícil que volviera a llover.

Un granjero con sus dos hijos durante una tormenta en Oklahoma (1936). Foto original

La sequía afectó a diferentes estados en diferentes períodos y olas, pero su efecto fue mayor en la parte sur de las Grandes Llanuras. En Texas, Oklahoma, Kansas, Colorado y Nuevo México la sequía convirtió cuarenta millones de hectáreas en terreno baldío. Además, sus efectos se vieron agravados porque la situación económica de la zona ya no era la de años antes. A principios de la década, la Gran Depresión había hecho que muchos agricultores entraran en pérdidas. Para intentar compensarlas, estos comenzaron a cultivar más tierras, pero el aumento de producción provocó que los precios bajaran, lo que volvió a obligar a los agricultores a incrementar la producción para poder hacer frente a los prestamos de su maquinaría y su tierra.

En otoño del 1934, el pienso para ganado empezaba a escasear y el gobierno comenzó a comprar miles de reses a los ganaderos para sacrificarlas. Aunque no era fácil desprenderse de sus rebaños, de su modo de vida, el sacrificio de los animales ayudó a muchos a evitar la bancarrota. De todos los programas que puso en práctica el gobierno, este fue el que más ayudó a los granjeros.

Con el paso del tiempo, la situación, lejos de mejorar, empeoraba. Durante los meses de marzo y abril de 1935, una tormenta era seguida por otra, en una rápida sucesión casi sin pausa que parecía no terminar. Pero la del 14 de abril fue la peor. Ese día, sin embargo, amaneció claro en las Grandes Llanuras, las tormentas parecía que, por fin, daban un respiro después de varias semanas. Y la gente decidió aprovechar un día así. Era domingo y algunos decidieron pasar el día fuera, acudir a la iglesia o simplemente dedicarse a sus faenas.

Era un día templado y agradable hasta que a media tarde la situación cambió, la temperatura cayó en picado y los pájaros comenzaron a piar y volar de forma nerviosa. Entonces, de repente, una enorme nube negra apareció en el horizonte aproximándose a gran velocidad. La tormenta pilló a todos por sorpresa. Algunos consiguieron llegar hasta sus casas. Otros, sin embargo, no tuvieron tanta suerte y la escasa visibilidad hizo que tuvieran que detenerse y buscar refugio por el camino.

Tormenta de polvo en Stratford, Texas. 18 de abril de 1935. Foto original

Tormenta de polvo, que duró casi 3 horas, en Prowers County. Foto original

Los daños causados por la polvareda y los vientos, de hasta 100 km/h, fueron enormes y costó meses calcular las pérdidas que provocó. El 14 de abril de 1935 pasaría a ser conocido como “Black Sunday”.

A causa de las tormentas, el polvo acababa en todos los sitios: en la comida, en el agua, en las casas, incluso en los pulmones de animales y personas, que comenzaron a morir de sofoco y de “neumonía de polvo”. Algunos animales muertos tenían el estomago recubierto por una capa de polvo de varios centímetros de grosor. La gente llegaba a toser “terrones” de polvo.

Los desesperados granjeros intentaban impedir que el polvo entrara en sus casas colocando sábanas húmedas en ventanas y puertas, o sellando con cintas de goma y arrapos los marcos. Pero era imposible, el polvo se colaba por cualquier grieta o rendija y había que sacarlo a cubos de las casas. Aunque fuera era aún peor. Las puertas exteriores se bloqueaban por la cantidad de polvo que se acumulaba delante de ellas. La gente tenía que salir por las ventanas y retirar la tierra con palas de las puertas. El polvo lo cubría todo.

Durante un tiempo, los granjeros seguían arando y sembrando, esperanzados de que las lluvias volverían tarde o temprano, pero con el paso de los años las esperanzas se fueron desvaneciendo y comenzó un éxodo masivo desde las llanuras, la mayor migración de la historia de los Estados Unidos.

Familias cargadas con sus pertenencias huían en sus coches hacia los estados de la costa oeste, huyendo del polvo y del desierto. Otras, que se hubieran quedado, se vieron forzadas a irse al perder sus tierras por no poder pagar sus préstamos. Pese a que 3 de cada 4 granjeros se quedaron en las llanuras, en 1940, ya eran dos millones y medio los que habían huido hacia los estados del Pacífico.

Maquinaría enterrada en el polvo. Dakota del Sur (1936)

No obstante, en los estados a los que llegaron (California, Washington y Oregon) los “okies” , como se llamaba a estos emigrantes (a veces con connotaciones peyorativas), ya había mucha gente sin empleo y no fueron muy bien recibidos. Los habitantes de estos estados veían como una amenaza para su ya, en mucho casos, precaria situación la llegada de estos desesperados dispuestos a trabajar a cualquier precio. Sin embargo, los que más se vieron afectados en la zonas rurales fueron los emigrantes mexicanos, de los que unos 120.000 fueron repatriados durante de la década de 1930.

Las granjas de California eran mucho más modernas que las que los “okies” habían dejado atrás y en muchos casos eran propiedad de empresas. Aparte de que el grado de mecanización de estas granjas era mucho mayor, los cultivos tampoco eran los que ellos conocían. En vez de campos de trigo, en sitios como California, predominaban los campos de frutales, nogales y huertas. Ante la imposibilidad de optar a otro tipo de trabajo los “okies” que decidieron quedarse en el campo acabaron ocupando los trabajos que antes hacían los mexicanos. A cambio de una cantidad que iba de entre los 75 centavos al dólar y cuarto al día, recogían fruta y algodón.

Con ese miserable sueldo tenían que pagar 25 centavos por el alquiler de una choza sin agua corriente ni suelo, y, en grandes explotaciones, además, eran obligados a comprar la comida en las tiendas del propio rancho a precios más altos de lo habitual.

Los emigrantes desesperados sin trabajo se amontonaban en improvisados campamentos en los laterales de las carreteras. Los vecinos presionaban a los sheriffs para que los echaran y, en ocasiones, quemaban sus chabolas. Para aliviar la situación, la administración Roosevelt construyó 13 campamentos de tiendas sobre plataformas de madera con capacidad para 300 familias cada uno.

Otros emigrantes que llegaron a California, al ver como estaba el campo, prefirieron dirigirse a las grandes ciudades, donde se asentaron en poblados de chabolas conocidos como “Little Oklahomas”. Eran poblados construidos en solares que habían sido divididos en pequeñas parcelas y que los terratenientes locales vendían por 5 dólares a los recién llegados. En estos campamentos, se sobrevivía sin electricidad, agua corriente o alcantarillado. Las condiciones sanitarias eran del todo precarias, por lo que eran habituales los estallidos de tifus, malaria, viruela o tuberculosis provocados por el agua contaminada o la basura.


Dust Bowl Storms 1930 in youtube.com

En 1936, la situación seguía siendo grave, pero se dieron los primeros pasos para solucionar el problema de la erosión. Hugh Bennett, un experto en agricultura, propuso un innovador plan con nuevas técnicas para intentar preservar el suelo. Entre las nuevas técnicas figuraba la rotación de cultivos, arar siguiendo las curvas de relieve del terreno o alternar los campos de diferentes tipos de cultivo. No obstante, muchos de los granjeros se mostraron reacios a adoptar estas técnicas hasta que el Congreso acordó incentivarlos económicamente por ello (1 dólar por 0.4 hectáreas).

Al año siguiente, 1937, el presidente Roosevelt ordenó la plantación de cinturones” de árboles para proteger el suelo de la erosión provocada por el viento . Los árboles se plantaban a lo largo de las vallas que separaban las propiedades o entre los campos formando “windbreaks” (“rompevientos”). El plan se prolongaría varios años y en 1942 ya se habían plantado unos 220 millones de árboles.

En 1938 ya se veían los primeros efectos positivos de todas estas políticas, la pérdida de suelo se había reducido un 65%, pero la sequía continuaba.

La solución final vendría del cielo, en otoño de 1939 comenzó a llover. La llegada de las primeras lluvias fue un acontecimiento único, que los que vivieron los años polvorientos aún recuerdan. Con la vuelta de la lluvia, volvió la vida a las Grandes Llanuras y el color dorado de las cosechas volvió a invadirlo todo. Se acabaron así casi diez años se sequía y de polvo.

PS: La mayoría de la tierra que el viento se llevó acabó en el Océano Atlántico.
PS(i): Para hacerse una idea de cómo eran las tormentas de arena en color: impresionantes fotos de la tormenta de arena que este mes de setiembre llegó a Australia. Una tormenta de 500km de ancho por 1.000 de largo y que llegó hasta Sydney.

Enlace permanente a Las tormentas de arena que arrasaron las Grandes Llanuras durante casi una década

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+info:
- Dust Bowl en es.wikipedia.org in en.wikipedia.org
- Drought in the Dust Bowl Years in US National Drought Mitigation Center
- Surviving the Dust Bowl in PBS.org
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